miércoles, 25 de marzo de 2020

SOBRE LA SABIDURÍA…


Volvamos a la cita de Bertrand Russell sobre lo que puede hacer que una civilización científica sea una buena civilización:

“para que una civilización científica sea una buena civilización, es necesario que el aumento de conocimiento vaya acompañado de sabiduría. Entiendo por sabiduría una concepción justa de los fines de la vida. Esto es algo que la ciencia por sí misma no proporciona. El aumento de la ciencia en sí mismo no es, por consiguiente, bastante para garantizar ningún progreso genuino, aunque suministre uno de los ingredientes que el progreso exige”[1] 


Y él nos da su definición de sabiduría. Nos dice que es algo que la ciencia no nos puede dar, pero que uno puede concebir según unos fines justos… ¿Con qué criterios decidiremos que son justos? ¿Puede el hombre con las solas fuerzas de su razón llegar a esa concepción justa?...
Los autores que iniciaron el pensamiento filosófico entendían la sabiduría de otro modo. Veamos.

Cuenta Diógenes Laercio en su obra “Vidas de filósofos ilustres” la siguiente anécdota, a propósito de Tales, uno de los llamados siete sabios de Grecia:
“Fue el caso que ciertos jóvenes jonios compraron a unos pescadores de Mileto un lance de red[2], y como en ella sacasen un trípode[3], se movió controversia sobre ello, hasta que los milesios consultaron el oráculo de Delfos, cuya deidad respondió:
¿A Febo preguntáis, prole milesia,
cuyo ha de ser el trípode?. Pues dadlo
a quien fuese el primero de los sabios.
Diéronlo, pues a Tales; Tales lo dio a otro sabio; este a otro, hasta que paró en Solón; el cual, diciendo que ‘Dios era el primer sabio’, envió el trípode a Delfos [= Apolo Délfico]”[4].

Esto mismo nos viene a decir Aristóteles cuando afirma que “su posesión [la de la sabiduría] podría con justicia se considerada impropia del hombre. Pues la naturaleza humana es esclava en muchos aspectos; de suerte que, según Simónides, «sólo un dios puede tener este privilegio», aunque es indigno de un varón no buscar la ciencia a él proporcionada” (Met 982b 30).

Dios es el primer sabio, el más sabio: es a él a quien compete, propiamente, la sabiduría. Forma parte de nuestra idea intuitiva de Dios el verlo como suma sabiduría, omnisciente.
 Frente a la sabiduría de Dios, el hombre se caracteriza por no-saber. No es que el hombre no sepa nada, sino que su saber es precario. Aquello que sabe le revela algo, pero no todo. De ahí que pueda sacar conclusiones erróneas. Por eso, frente a Dios, el hombre se sabe constitutivamente ignorante.
Ahora bien, todo aquello que constituye al hombre es posibilidad, algo que puede ser aceptado y asumido, o no. ¿Qué significa esto?
En primer lugar, que puede el hombre ignorar su propio no-saber, vivir de espaldas a él, no darse cuenta de sus carencias. Es decir, dispone de “saberes” ha adquirido bien por enseñanza de los otros o por experiencia propia, y los acepta pasivamente. Estos saberes conforman su mundo, dentro de cuyo círculo se mueve y desarrolla su vida. Un vivir en el que su no-saber está como olvidado por no poderlo ver.
Pero también puede caer en la cuenta de la precariedad de su saber, saber que no sabe. Esto es la filosofía: asumir ese no. Y desde el preciso instante en que uno asume ese no-saber crea la distancia necesaria para interrogarse sobre lo que presuntamente sabe. Interrogación que adopta la concreta dirección de buscar el fundamento de lo que se cree saber, aquello que soporta su juicio sobre las cosas. Porque sin fundamento el discurso (logos) no puede ser consistente, no puede cumplir su misión, que es la de manifestar lo que, realmente, hay.
Y esto nos descubre que asumir, aceptar, ese no saber es una forma de pertenecer a la sabiduría. No la poseemos, pero nos posee; que entre la precariedad del saber del hombre y la pura sabiduría hay una relación de de armonía, de amistad. Esta relación es lo que expresa el término “philos”, de filosofía.
Al mismo tiempo, este saberse perteneciendo a la sabiduría muestra la distancia que nos separa de ella. De ahí que esa asunción se transforme en anhelo, en deseo que señala una tarea inagotable, infinita, de conocimiento.
[Tal vez pudiera establecerse un cierto paralelismo con lo que ocurre con la felicidad. Somos más o menos felices, pero nuestra felicidad es una felicidad precaria; la felicidad está más allá de nuestras parciales felicidades; pertenecemos a ella como anhelo, como deseo, como amantes de la felicidad]
Ahora bien, este no-saber no es una simple carencia, sino que proporciona una clara noción de saber que permite el examen crítico de los supuestos saberes y decidir en qué medida se acercan a la verdad.
Sócrates, consciente de no saber, para comprobar la afirmación de la pitonisa de que no había nadie más sabio que él, examina los distintos saberes que se encuentra: el de los que se creen sabios, los sofistas, la de los poetas inspirados y el de los artesanos. Y su ignorancia nacida de esa clara noción de sabiduría le permite encontrar las preguntas adecuadas para examinar el saber del que hacen gala los tenidos por sabios.
Y encuentra que saber de los sofistas es mera presunción. Se trata de un discurso levantado sin fundamento que no puede dar cuenta de él.
Los poetas dicen algunas cosas realmente bellas y verdaderas, pero éstas no proceden de la sabiduría alcanzada por ellos, sino de la divinidad; animados por las dotes que en sí mismos ven, se creen sabios y capacitados para hablar de todo, pero en realidad no entienden ni aquello que han dicho bajo inspiración. En cuanto a los artesanos, su saber se ve oscurecido al creerse capacitados para hablar de cosas que iban más allá de su oficio.
La asunción de nuestro radical no-saber nos abre dos posibilidades:
a) la investigación sin término de la realidad para ir conquistando parcelas de saber
b) y la de escucha y contemplación de la realidad, haciéndole espacio para que se manifieste en nosotros.

Ambas posibilidades son compatibles. Y ambas nos muestran nuestra pertenencia a esa divinidad a la aspiramos y para la que estamos hechos.
Es lo que nos decía San Agustín en Las Confesiones: “nos has hecho para Vos y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Vos”.



[1] RUSSELL, Bertrand. La perspectiva científica, 9. Barcelona, 1969.
[2] Es decir, toda los peces que sacasen en un vez que echasen la red al agua.
[3] Un banquillo de oro con tres pies.
[4] Diógenes Laercio. Vidas de filósofos ilustres. (Tr. De J. Ortiz y Sainz), pg.12. Barcelona, 1986.

lunes, 9 de marzo de 2020

EL NACIMIENTO DE LA CIENCIA MODERNA...

La ciencia, tal y como hoy la conocemos, no ha existido siempre y en todo lugar. Nació en el seno de ese espacio cultural que se llamó la Cristiandad, allá por los siglos XVI – XVII. ¿Fue casual su nacimiento, es decir, podría haber ocurrido en cualquier otro lugar y tiempo?
Entre los grandes productos del espíritu humano hay que señalar la filosofía griega, el derecho romano y la religión de Israel, destinado a ser “luz de las naciones”. Tres productos que están en las raíces de nuestra civilización occidental. Correspondió al cristianismo absorber esos tres productos en una íntima unidad llena de posibilidades internas. Esa fue la labor de la intelectualidad de la llamada Edad Media.
Fue en ese suelo cristiano que nació y se desarrolló la ciencia moderna. Y si allí nació es porque allí se encontraban los gérmenes de esa nueva y magna formación intelectual que es nuestra ciencia.
Los teólogos medievales se ocuparon extensamente en ordenar y sistematizar la fe, recibida y plasmada en las Sagradas Escrituras, utilizando el pensamiento griego, a Platón y Aristóteles, como figuras cumbre, y en el caso de ese gigante de la teología que fue Santo Tomás de Aquino, a Aristóteles.
De ese esfuerzo y ocupación nació el convencimiento de que el mundo, la realidad, existe objetivamente, es decir, que no depende de nuestros gustos, cultura o deseos. Y esa es una de las condiciones que hacen posible la ciencia: la creencia de que existe un mundo real y objetivo.
Se trata de una condición llamémosle metafísica.
Junto a eso, también se vio como necesario que para que la realidad fuera inteligible, debía regirse por el principio de no contradicción, esto es, que una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo tiempo. La no aceptación de este principio nos llevaría al absurdo. No puedo dar por igualmente válidos los juicios “Ahora estoy escribiendo” y “Ahora no estoy escribiendo”.
Se trata de una condición lógica, de nuestro pensamiento, que a su vez coincide con una condición ontológica, del ser.
[Hay por supuesto otros principios que hacen posible la ciencia y ahora dejaremos a un lado para no perder el hilo de lo que intentamos hacer ver, que es cómo la ciencia fue posible sobre ese terreno roturado por el cristianismo].
Estos principios eran aplicados para establecer las verdades contenidas en las Escrituras, y referidas al hombre. Y en la medida que fueran establecidas serían universales y necesarias, válidas en todo tiempo y lugar, como ocurre hoy con las afirmaciones de las matemáticas o la física, válidas en el Japón o Kenia.
Junto a toda esa aportación helena para el nacimiento de la ciencia moderna está la aportación de la raíz hebrea o judía. Digamos que si los griegos aportaron las condiciones racionales que hicieron posible ese nacimiento de la ciencia, la religión hebrea aportaba la fuerza cultural.
El cristianismo había integrado la creencia del mundo como creación de Dios. La Biblia se nos abre con la afirmación de que “en el principio, Dios creó el cielo ya la tierra”. A partir de ahí nos vamos encontrando afirmaciones que indican que el mundo o la naturaleza son expresión de Dios. Así, por ejemplo, leemos en el salmo 19: “El cielo proclama la gloria de Dios; de su creación nos habla la bóveda celeste”; o en Sabiduría,13: “pues partiendo de la grandeza y la belleza de lo creado se puede reflexionar y llegar a conocer a su creador” etc.
Esa creencia en la racionalidad de Dios, frente a la arbitrariedad pagana del destino, dio fundamento al credo indispensable para hacer ciencia. Esa fe en la racionalidad de Dios se traducía en la fe en la regularidad de la naturaleza. Una naturaleza que ahora se presenta como el otro libro en que Dios se manifiesta, junto al libro escrito de la Biblia.
La novedad en la actitud científica naciente solamente podía surgir en una cultura que reconociera un solo Dios racional y confiable.
Para poder leer esa naturaleza como libro era preciso conocer la lengua en que estaba escrito. Y esa lengua son las matemáticas. Y esa era la aportación de la tradición griega, para quienes la única ciencia  que podía cumplir con los requisitos de necesidad y universalidad era el saber matemático. Y de ahí entendieron el conocimiento como lo deducido de principios elementales, sin valorar el obtenido por el experimento y la inducción.
Pero para que esa ciencia embragara con la experiencia de la realidad era necesario que la observación, por cuidadosa que fuera, incorporara el experimento y la deducción matemática.
La ciencia moderna, en su nacimiento, no surgió como contraria a la religión, sino como una rebelión contra la ciencia helénica, especialmente, la de Aristóteles. Un deseo de liberar el espíritu de las estrecheces que le imponía la pseudociencia natural griega. De hecho, muchos de esos representantes del nuevo espíritu fueron clérigos, y en cualquier caso, cristianos.
Fue la fe en un Dios racional y creador la que abrió la posibilidad de pensar el mundo de otro modo y proporcionar un saber que ha dado como resultado un poder creciente sobre el mundo, aunque no sabemos bien adónde nos puede llevar ese dominio, real o supuesto, sobre la naturaleza.



jueves, 20 de febrero de 2020

LA SOCIEDAD CIENTÍFICA, SEGÚN BERTRAND RUSSELL. (APUNTES)


Ya que hemos citado a Bertrand Russell en la entrada anterior, bueno será decir algo de este autor en relación a esa sociedad científica en la que vivimos y configura nuestra mentalidad…
Bertrand Russell (1872 – 1870) fue un matemático, filósofo y escritor británico que tiene un lugar en la historia del pensamiento por sus contribuciones a la fundamentación de las matemáticas y que quedaron plasmadas en su obra Principia Mathematica, escrita conjuntamente con Alfred N. Whitehead, y en la que se intenta fundamentar el conocimiento matemático en la lógica. También fue uno de los fundadores de la filosofía analítica y del atomismo lógico, muy en la línea del empirismo inglés…
Sin embargo, su popularidad, hasta ser uno de los iconos del siglo XX, no le vino por sus aportaciones científicas, sino por su actividad a favor del pacifismo, sus opiniones sobre la sexualidad y el matrimonio, el feminismo, su ateísmo, etc. Sobre todos esto temas escribió, dio conferencias y participó en manifestaciones públicas.
Toda esta labor le valió que en 1950 se le concediera el Premio Nobel de Literatura en reconocimiento de sus variados y significativos escritos en los que defiende ideales humanitarios y la libertad de pensamiento.
Pero vayamos a la obra que de él hemos citado: “La perspectiva científica”…
La perspectiva científica (The Scientific Outlook) la escribió Russell en 1931, después de su experiencia en la visita a Rusia y entrevista con Lenin en 1920, sus viajes a China, Japón y Estados Unidos, y en plena crisis económica en el mundo occidental. También estaba presente en su memoria la Primera Guerra Mundial, que le mostró como la ciencia podía estar al servicio de la sinrazón y la barbarie.
El libro pudiera parecer a simple vista una obra de divulgación científica, pero en realidad intenta ser una llamada de atención sobre los efectos que el progreso tecnológico puede tener en la sociedad y en el ser humano, en particular. Aunque resulte paradójico, la tecnología que ha proporcionado un poder considerable a la humanidad, bien podría volverse en contra del hombre.
La obra se divide en tres partes:
-       El conocimiento científico.
-       La técnica científica.
-       La sociedad científica.
Creo que el centro de gravedad de la obra está en la tercera parte, que consta de los siguientes capítulos:
XII. Sociedades creadas artificialmente.
XIII El individuo y el conjunto.
XIV Gobierno científico.
XV  La educación en una sociedad científica.
XVI Reproducción científica.
XVII La ciencia y los valores.
No se trata aquí de exponer el contenido del libro, que proporciona muchos temas de reflexión, sino simplemente presentar a alguien citado y decir algo sobre lo expuesto en una de sus obras.
El hombre actual tiene puesta su esperanza en la ciencia y la tecnología. Esperanza ¿en qué? En un mundo en el que se haya vencido el sufrimiento, donde reine la paz, en el que nadie carezca de lo necesario…es decir, una especie de paraíso en el que el hombre sea, por fin, feliz.
Y hacia aquí, hacia esa finalidad, apunta la ciencia y la tecnología, hacia lograr una sociedad científica. ¿Y qué caracteriza a una sociedad científica? Pues en primer lugar “aquella que emplea la mejor técnica científica en la producción, en la educación y en la propaganda”. Esto es: una sociedad artificial “creada deliberadamente, con una cierta estructura, para cumplir ciertos fines”.
Una sociedad por oposición a las sociedades nacidas de causas naturales, “sin plan consciente relativo a su fin y estructura colectivos”.

Las revoluciones de los inicios de la edad contemporánea respondían a esta idea de crear sociedades con determinadas características. Así fueron la Revolución americana y la Revolución francesa. Pero en estas revoluciones la pretensión quedó detenida en dar ciertas características políticas a la población. Sin embargo, hoy “la técnica científica ha aumentado tan enormemente el poder de los gobiernos, que es ahora posible producir en la estructura social cambios mucho más profundos e íntimos que ninguno de los soñados por Jefferson o Robespierre. La ciencia nos ha enseñado primero a crear máquinas; ahora, con la crianza mendeliana y la embriología experimental, nos enseña a crear nuevas plantas y animales. Poca duda puede caber de que métodos similares nos darán antes de mucho tiempo gran poder, dentro de ciertos límites, para crear nuevos individuos humanos que difieran en ciertas direcciones de los individuos producidos por la naturaleza… Y por medio de la técnica psicológica y económica se hace posible crear sociedades tan artificiales como la máquina de vapor, y completamente diferentes de todo lo que pueda crecer por su propio impulso sin intención deliberada por parte de los agentes humanos”.
Después de esta larga cita ya podemos la dirección que toman las reflexiones de Bertrand Russell. Sus observaciones y pensamientos están en relación con lo que hoy se llama “ingeniería social”: un deseo de crear que es “una forma de amor al poder” y que “mientras el poder de crear exista habrá hombres deseosos de aprovechar este poder, aun cuando la naturaleza por sí produzca mejor resultado que el que pudiera originarse con intención deliberada”.
Las nuevas dictaduras, las nacidas de las nuevas revoluciones, nos han mostrado que en la actualidad es posible para los hombres con energía e inteligencia retener el poder, aun en contra de la mayoría de la población, una vez en posesión de la maquinaria gubernamental. Ya no serán dictaduras de caudillos extraordinarios u oligarquías de nacimiento, sino oligarquías de opinión, que se pueden perfectamente ocultar tras formas democráticas.
Es fácil ver la relación que los pensamientos de B. Russell guardan con la novela que su amigo Aldous Huxley, Un mundo feliz (Brave New World).
La novela Huxley, considerada una “distopía”, describe lo que sería esa sociedad científica llevada al extremo. Publicada en 1932, al año siguiente de la publicación de la “Perspectiva científica de Russell, la novela se abría con un epígrafe, en francés, de Nicolás Berdiaev que decía:
Les utopies apparaissent comme bien plus réalisables qu'un ne le croyait autrefois. Et nous nous trouvons actuellement devant une question bien autrement angoissante: Comment éviter leur réalisation définitive?... Les utopies sont réalisables. La vie marche vers les utopies. Et peut-être un siècle nouveau commence-t-il, un siecle où les intellectuels et le clsse cultivée  rêveront aux moyens d'éviter les utopies et de retourner à une société non utopique, moins "parfaite et plus libre"
[Las utopías parecen ser mucho más alcanzables de lo que se creía anteriormente. Y actualmente nos enfrentamos a una pregunta mucho más aterradora: ¿cómo evitar su realización final? ... Las utopías son alcanzables. La vida camina hacia las utopías. Y quizás está comenzando un nuevo siglo, un siglo en el que los intelectuales y los educados soñarán con los medios para evitar las utopías y regresar a una sociedad no utópica, menos "perfecta y más libre".]
Como dirá Huxley, una utopía en la que se da la dictadura perfecta, aquella que tiene apariencia de democracia, pero que sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían en escapar. Sería esencialmente un sistema de esclavitud en el que gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre.
Resulta sorprendente la capacidad anticipadora de Bertrand Russell respecto de la marcha de las sociedades occidentales. Sin embargo, su anticlericalismo e irreligiosidad le hacen ignorar las necesidades del espíritu que confieren a los seres humanos su dignidad.
Tal vez todavía no hemos llegado adonde apunta Russell, pero si parece que vayamos en esa dirección.
Y aunque es cierto que los tecnólogos y hombres de ciencia suelen rendir su voluntad a la doctrinas gubernamentales, pues la mayoría de ellos son ciudadanos en primer lugar, y amantes de la verdad sólo en segundo lugar, la fuerza del Espíritu siempre puede confundir sus lenguas e impedir que su Torre de Babel alcance su objetivo.

domingo, 16 de febrero de 2020

VIVIMOS EN LA EDAD CIENTÍFICA…



Vivimos en la era de la ciencia. O de la tecnología. La tecnología concreta el proceder de la ciencia en artilugios que satisfacen necesidades o deseos de los humanos. El horno microondas, el teléfono móvil, la resonancia magnética, las puertas que se abren o cierran ante nuestra presencia, el televisor… Vivimos rodeados y encadenados a la ciencia y la tecnología, nos guste o nos disguste.
Para la mayoría de las personas nos resulta un enigma mucha de la tecnología que usamos, pero eso no despierta agradecimiento por el servicio que nos presta, aunque nos quejamos si en el móvil no tenemos cobertura o la bajada de unas imágenes tarda unos segundos más de lo que deseamos.
Decir que vivimos en la era de la ciencia significa que es a la ciencia y a los científicos a quienes reconocemos autoridad para decir la última palabra sobre lo que las cosas son. Ellos saben. Y porque saben confiamos en ellos, en su trabajo de acuerdo con el método científico para solucionar nuestros problemas y satisfacer nuestros deseos.
La ciencia está tan presente en nuestra sociedad, configura tanto nuestras vidas, que se la ve como algo natural, tan natural que ni se la ve. Algo análogo a la religiosidad del hombre medieval, cuando lo sorprendente era que alguien no creyera en Dios o cuestionara los preceptos de su religión. Se vivía en esa fe, al igual que se habita en la lengua materna, sin percibir ya su maravilla.
La ciencia ha demostrado tener un gran poder de manipulación, una gran capacidad para provocar cambios en las costumbres y organizaciones tradicionales, para fortalecer nuestras esperanzas en la realización de nuestros deseos, para modelar nuestro medio ambiente y nuestro medio social según juzgamos mejor.
Por eso en nuestro tiempo se ve en la ciencia y en la tecnología un motor de progreso, el medio que permitirá al hombre realizar sus sueños de bienestar y felicidad.
Sin embargo, cuando la mirada se dirige a las guerras que se han padecido en los dos últimos siglos, a la sobreexplotación de los recursos de nuestro planeta, a la destrucción de bosques o la manipulación de la sociedad, cuando uno mira todas esas cosas se da cuenta que ese poder también puede ir contra el hombre.
En el Fedro de Platón el rey Thamus era “aquel otro” que poseía la sabiduría que le permitía juzgar sobre el daño o provecho que aportan los descubrimientos y los inventos. Pero ahora no parece reconocerse a ningún otro que pueda hacer esa función.
Bertrand Russell decía que “para que una civilización científica sea una buena civilización, es necesario que el aumento de conocimiento vaya acompañado de sabiduría. Entiendo por sabiduría una concepción justa de los fines de la vida. Esto es algo que la ciencia por sí misma no proporciona. El aumento de la ciencia en sí mismo no es, por consiguiente, bastante para garantizar ningún progreso genuino, aunque suministre uno de los ingredientes que el progreso exige”[1]   
 Bien. Aunque decir que la sabiduría es una concepción justa de los fines de la vida es solamente señalar un camino que hay que recorrer, la necesidad de que la ciencia y la tecnología sean pensadas.



[1] RUSSELL, Bertrand. La perspectiva científica, 9. Barcelona, 1969.

jueves, 6 de febrero de 2020

EL PADRE MANUEL CARREIRA VÉREZ…

El pasado 3 de febrero falleció el padre Manuel Carreira, sacerdote jesuita y también astrofísico. Durante 32 años fue profesor de Filosofía de la Naturaleza, en la Universidad de Comillas y también de Física y Física y Astronomía en Washington y Cleveland. Durante quince años fue miembro de la directiva del observatorio del Vaticano y también asesor en proyectos de la Nasa.
Supe de él por sus intervenciones en el programa Lágrimas en la lluvia, moderado por el escritor Juan Manuel de Prada, y desde entonces me aficioné a sus vídeos publicados en youtube.
El padre Carreira era defensor de la compatibilidad de la fe y la razón, dos experiencias de la realidad que se complementan y ayudan mutuamente.
Cómo muchas personas de gran calidad intelectual, era quizás poco conocido por el gran público. Ojalá el vídeo que pongo pueda ayudar a que más gente se beneficie del saber de este hombre.
De momento, sirva esta entrada de oración agradecida por su persona…




jueves, 30 de enero de 2020

DEL DECIR MUERTO…




He aquí un texto de Platón, del Fedro de Platón. He seguido básicamente el texto tal y como lo ha traducido Emilio Lledó y que incluye en su magnífica obra “El surco del tiempo”. He hecho pequeñas modificaciones de acuerdo con la traducción del diálogo hecha por María Araujo, en las Obras Completas de Platón, de la editorial Aguilar (Madrid, 1974).
Invito a leerlo detenidamente, aunque sea un poco largo. Seguro que encontrarás muchas afirmaciones en las que detenerte y reflexionar…

274c Sócrates. Tengo que contarte algo que oí de los antiguos, aunque su verdad sólo ellos la saben. Por cierto que, si nosotros pudiéramos descubrirla, ¿nos seguiríamos ocupando de las opiniones humanas?
Fedro. Preguntas algo ridículo. Pero cuenta lo que dices haber oído.

Sóc. Pues bien, oí que había por Náucratis, en Egipto, uno de los antiguos dioses del lugar al que, por cierto, está consagrado el pájaro que llaman Ibis. El nombre de aquella deidad era Theuth. Fue éste quien, primero, descubrió el número y el cálculo, y, también, la geometría y la astronomía, y, además, el juego de las damas y el de los dados, y, sobre todo, las letras. Por aquel entonces, era rey de todo Egipto Thamus, que vivía en la gran ciudad de la parte alta del país, que los griegos llaman Tebas egipcia, y cuyo Dios es Ammón. Theuth vino al rey y le mostró sus artes, diciéndole que debían comunicarse a los demás egipcios. Pero Thamus le preguntó cuál era la utilidad de cada una, y a medida que su inventor las explicaba minuciosamente, él las aprobaba o desaprobaba, según le pareciese bien o mal lo que decía. Muchas fueron, según se dice, las observaciones que, a favor o en contra de cada arte hizo Thamus a Theuth, y sería muy largo exponerlas.
Pero cuando llegaron a lo de las letras, dijo Theuth: «Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y fortalecerá su memoria, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría». Pero el rey respondió: «¡Oh ingeniosísimo Theuth! A unos les es dado crear un arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta a los que pretenden hacer uso de él. Y ahora tú, que eres el padre de los caracteres de la escritura, por benevolencia hacia ellos, les atribuyes facultades contrarias a las que tienen. 275ª Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes los aprendan, pues al descuidar la memoria, ya que fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, no la verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además de tratar, porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad».
Fed. ¡Qué bien se te da, Sócrates, hacer discursos de Egipto, o de cualquier otro país que se te antoje!
Sóc. El caso es, amigo mío, que, según se dice que se decía en el templo de Zeus en Dodona, las primeras palabras proféticas habían salido de una encina. Pues a los hombres de entonces, que no eran sabios como vosotros los jóvenes, tal ingenuidad tenían que se conformaban con oír a una encina o a una roca, sólo con que dijese la verdad. Sin embargo, para ti tal vez hay diferencia según quién sea el que hable y de qué país. Pues no te fijas únicamente en si lo que dicen es así o de otra manera.
Fed. Tienes razón al reprenderme, y creo que con lo de las letras pasa lo que el tebano dice.
Sóc. Así pues, el que piensa que ha dejado un arte por escrito, y, de la misma manera, el que lo recibe como algo que será claro y firme por el hecho de estar en letras, rebosa ingenuidad y, en realidad, desconoce la predicción de Ammon, creyendo que las palabras escritas son algo más, para el que las sabe, que un recordatorio de aquellas cosas sobre las que versa la escritura.
Fed. Exactamente.
 Sóc. Porque es que es impresionante, Fedro, lo que pasa con la escritura, y por lo que tanto se parece a la pintura. En efecto, las producciones de ésta están ante nosotros como si tuvieran vida; pero si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios. Lo mismo pasa con las palabras escritas. Podrías llegar a creer que lo que dicen fueran como pensándolo, pero si alguien pregunta, queriendo aprender de lo dicho, apuntan siempre y únicamente a una y la misma cosa. Pero, eso sí, con que una vez algo haya sido puesto por escrito, las palabras ruedan por doquier, igual entre los entendidos que como entre aquellos a los que no les importa en absoluto, sin saber distinguir a quienes conviene hablar y a quienes no. Y si son maltratadas o vituperadas injustamente, necesitan siempre la ayuda del padre, ya que ellas solas no son capaces de defenderse ni de ayudarse a sí mismas.
Fed. Muy exacto es todo lo que has dicho.
276ªSóc. Entonces, ¿qué? ¿Podemos dirigir los ojos hacia otro tipo de discursos, hermano legítimo de éste, y ver cómo nace y cuánto mejor y más fuertemente se desarrolla?
Fed. ¿A cuál te refieres y cómo dices que nace?
Sóc. Es ese que se escribe con fundamento en el alma del que aprende; capaz de defenderse a sí mismo y sabiendo con quiénes hablar y ante quiénes callarse.
Fed. ¿Te refieres al discurso lleno de vida y de alma, que tiene el que sabe y del que el escrito se podría justamente decir que es el reflejo?
Sóc. Sin duda. Pero dime ahora esto. ¿Un labrador sensato que cuidase de sus semillas, las llevaría, en serio, a plantar en verano, a un jardín de Adonis, y gozaría al verlas ponerse hermosas en ocho días, o solamente haría una cosa así por juego o por una fiesta, si es que lo hacía? ¿No sembraría, más bien, aquellas que le interesasen en el lugar adecuado de acuerdo con lo que manda el arte de la agricultura, y no se pondría contento cuando, en el octavo mes, llegue a su plenitud todo lo que sembró?
Fed. Así es, Sócrates. Tal como acabas de expresarte; en un caso obraría en serio, en otro de manera muy diferente.
Sóc. ¿Y el que posee el conocimiento de las cosas justas, bellas y buenas, diremos que tiene menos inteligencia que el labrador respecto a sus propias simientes?
Fed. De ningún modo.
Sóc. Por consiguiente, no se tomará en serio el escribirlas en agua, negra por cierto, sembrándolas por medio del cálamo, con discursos que no pueden prestarse ayuda a sí mismos, a través de las palabras que los constituyen, e incapaces también de enseñar adecuadamente la verdad.
Fed. Al menos, no es probable.
Sóc. No lo es, en efecto. Más bien, los jardines de las letras, según parece, los sembrará y escribirá como por entretenimiento; atesorando, al escribirlos, recordatorios para cuando llegue la edad del olvido, que le servirá a él y a cuantos hayan seguido sus mismas huellas. Y disfrutará viendo madurar sus tiernas plantas, y cuando otros se dan a otras diversiones y se hartan de comer y beber y todo cuanto con esto hermana, él, en cambio, pasara, como es de esperar, su tiempo distrayéndose con las cosas que te estoy diciendo.
Fed. Uno extraordinariamente hermoso, al lado de tanto entretenimiento baladí, es el que dices, Sócrates, y que permite entretenerse con las palabras, componiendo historias sobre la justicia y todas las otras cosas a las que te refieres.
Sóc. Así es, en efecto, querido Fedro. Pero mucho más hermoso, pienso yo, es ocuparse con seriedad de esas cosas cuando alguien, haciendo uso de la dialéctica y eligiendo un alma adecuada, planta y siembra 277ª palabras con fundamento, capaces de ayudarse a sí mismas y a quienes las planta, y que no son estériles, sino portadoras de simientes de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se transmite en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre.
Fed. Esto que dices es todavía mucho más hermoso…
Fed. Así será. Pero vayámonos yendo, ya que el calor se ha mitigado.
Sóc. ¿Y no es propio que los que se van a poner en camino hagan una plegaria?
Fed. ¿Por qué no?
Sóc. Oh, querido Pan, y todos los otros dioses que aquí habitáis, concededme que llegue a ser bello por dentro, y todo lo que tengo por fuera se enlace en amistad con lo de dentro; que considere rico al sabio; que todo el dinero que tenga sólo sea el que puede llevar y transportar consigo un hombre sensato; y no otro. ¿Necesitamos de alguna otra cosa, Fedro? A mí me basta con lo que he pedido.
Fed. Pide todo esto también para mí, ya que son comunes las cosas de los amigos.
Sóc. Vayámonos.

miércoles, 29 de enero de 2020

SANTO TOMÁS DE AQUINO



Hoy los católicos celebramos la festividad de Santo Tomás de Aquino…
¿Cómo dejar pasar la fecha sin dedicar un recuerdo especial a quien fue un gigante del pensamiento y la fe cristiana?. Aunque todavía hay muchos que se dedican al estudio de su obra, creo que su proyección pública es escasa, incluso entre los clérigos. Bastantes dicen que su pensamiento está superado. Tal vez, pero ojalá tuviéramos muchos talentos de su talla.
Nació hacia 1226 en Roccasecca Italia, hijo del conde de Aquino y de Teodora, condesa de Teano. Una estirpe noble donde las haya, pues además su familia estaba emparentada con los emperadores Enrique VI y Federico II, y también con los reyes de Aragón; Castilla y Francia. Por su origen y por su capacidad parecía destinado a ser alguien sobresaliente en el mundo secular.
Pero…
A los cinco años, de acuerdo con las costumbres de la época, fue enviado para recibir su primera formación con los monjes benedictinos de Monte Casino. Con algo más de diez años pasó a la Universidad de Nápoles, donde pronto repetía las lecciones de sus maestros con mayor profundidad y lucidez que ellos mismos.
La bondad y la pureza del joven Tomás se mantenía intacta conforme crecía,  así como su fe. Decidió abrazar la vida religiosa y hacia 1240 recibió el hábito de Santo Domingo, una orden fundada no hacía mucho. Su familia no aceptó esta decisión y llegaron a retenerlo en la fortaleza de San Juan de Rocca Secca un par de años, donde sus padres padres, hermanos y hermanas hicieron todo lo posible por alejarlo de su vocación. Fueron dos años que él aprovechó para profundizar en las Sagradas escrituras, las Sentencias de Pedro Lombardo o la Metafísica de Aristóteles.
Vista la firmeza de su vocación fue puesto en libertad, hizo los votos propios de su orden y se consagro sacerdote en Colonia.
Como dominico su vida consistió en orar, meditar, predicar, enseñar, escribir y viajar para llevar su saber allí donde se lo pedían.
Coincidió su vida con esa década prodigiosa de la Edad Media y que representa la cumbre del pensamiento de la Cristiandad. Compartió saber con San Alberto el Magno y San Buenaventura… y con el auge de las universidades, esa notable creación de la época.
Y muy especialmente la universidad de París… Esa gran universidad de occidente que nació junto a la orilla izquierda del río Sena, en el monte de Santa Genoveva, a principios de ese siglo, en 1200. Nació al modo que se ordenaban las profesiones en esa edad llamada “media”, como un gremio, con sus estatutos que regulaban la profesión y empezaban diciendo que “universitats magistrorum et discipulorum”, la universidad entendida como “comunidad de maestros y discípulos.
Allí enseñó y desarrolló Santo Tomás la mayor parte de su obra.
 Decir Santo Tomas es decir Suma Teológica. Las “sumas” era un género literario muy común en la época y que recogían en cierto modo el saber alcanzado en aquel momento sobre un tema. Las había de tres tipos: sumas de recopilación, donde se recogía ese saber de una forma muy completa, pero sin sistematizar; sumas de compendio, breves y exactas, pero de un modo resumido; y sumas sistemáticas, que brindaban una enseñanza de conjunto completa y organizada. La Suma Teológica de Santo Tomás pertenece a este tercer tipo de sumas, al igual que la llamada “Suma contra  gentiles”.
La Suma Teológica vino después de acabar su Suma contra los gentiles, escrita por encargo de San Raimundo de Penyafort, maestro de la Orden de predicadores, como manual de apologética destinado a los predicadores que iban a España para evangelizar a los mulsulmanes y judíos de las tierras reconquistadas por los reyes cristianos.
La redacción de la Suma Teológica  se hizo entre 1265 y 1274. Quedó inacabada, pues cuando iba a comenzar la tercera parte, el 6 de diciembre de 1973, sintió una especie de revelación mística que le hizo ver todo lo escrito hasta entonces como paja. Sobre su amigo y confesor fray Reginaldo  cayó la responsabilidad de acabarla…
Murió el 7 de marzo de 1274, cuando se dirigía al Segundo Concilio de Lyon.
Fray Reginaldo, que le confesó antes de morir, exclamó que sus pecados no eran ni los de un niño de cinco años. Santo Tomás unió a su gran capacidad intelectual y de trabajo, un alma transparente y pura.
Juan XXII lo canonizó el 18 de julio de 1323. En 1567 fue proclamado doctor de la Iglesia por Pío V. En agosto de 1879, el Papa León XIII lo declaró “príncipe y maestro de todos los doctores eclesiásticos. Y hoy no quiero dejar pasar el día sin un recuerdo agradecido por el testimonio de fe y entrega que nos legó.