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jueves, 17 de octubre de 2024

PICO DE LA MIRANDOLA (5)

Este joven de 24 años, Pico de la Mirandola, expresó con una retórica magnífica, el nuevo espíritu que iba creciendo en la Cristiandad. Un espíritu que se nutría de conceptos cristianos, pero reinterpretados.

La libertad, el don más preciado del hombre, es entendida ahora como independencia soberana. El hombre es libre no solamente para escoger esto o lo otro, sino también para decidir aquello que quiere ser. Y en esto se aparta del concepto cristiano de libertad. La libertad para el católico no es un fin en sí mismo, sino una facultad orientada al bien. La libertad es esa posibilidad que se ofrece al hombre de decidir de acuerdo con lo que las cosas son realmente. En la ignorancia o en el error uno elige mal y su elección no es plenamente libre.

La voluntad es plenamente libre cuando escoge sabiendo lo que escoge, cuando posee la verdad de lo que escoge. Si escogí tal vivienda ignorando sus defectos ocultos, no sabiendo que estaba hipotecada o cualquier otra cosa, mi libertad estaba menguada. Escogí, sí, pero mal. Mi voluntad está orientada por su naturaleza orientada al bien...

Desde el punto de vista católico, querer y entender perfectamente sólo lo puede Dios, de modo que podemos decir que solamente Dios es perfectamente libre, pues si algo podemos afirmar de Él es que es absolutamente sabio. Pero el hombre, aunque a imagen de Dios, está dañado tanto en su entendimiento como en su voluntad. Eso hace que su libertad sea imperfecta. Puede caer en el error y apartarse del bien.

Puesta la vista en el hombre y fascinados por su libertad hace que nos orientemos hacia el futuro como el campo de las decisiones. El pasado es percibido como algo dudoso que ya no obliga. La luz con la que el hombre debe penetrar en las oscuridades que todo futuro conlleva es su razón libre. La verdad no es algo dado, sea por revelación o tradición, sino algo que el hombre debe encontrar con el esfuerzo de su razón. Pero esa razón, como instrumento para alcanzar sus fines, está al servicio de los deseos del hombre, que son los que ponen los fines que empujan la acción. Deseos muy variables y que tienden facilitar su vida.

Se espera que esa razón pueda alcanzar la verdad que ponga de acuerdo a los hombres y facilite la concordia social y la paz entre los pueblos. Pero no ha sido así...

Pico de la Mirandola no podía alcanzar todo el futuro de la modernidad. Simplemente era un adelantado de las nuevas corrientes que movían la voluntad del hombre occidental. Pero esas semillas germinaron en la ciencia positiva, capaz de satisfacer los deseos del hombre, pero no de lograr una buena civilización. Como decía B. Russell en su libro "La perspectiva científica", el saber alcanzado por la ciencia podría volverse contra el hombre si éste no es sabio. Pero la sabiduría es algo que no puede proporcionar la ciencia.

Seguramente será porque la sabiduría acompaña a los años cuando la consideramos desde el punto individual, y por la historia y la tradición cuando la consideramos desde el punto de vista colectivo. La reflexión sobre lo vivido nos ayuda a entender mejor la verdad de las cosas y actuar con una libertad más acertada.

miércoles, 2 de noviembre de 2022

 

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

 

Patriarcas que fuisteis la semilla
del árbol de la fe en siglos remotos,
al vencedor divino de la muerte
rogadle por nosotros.

Profetas que rasgasteis inspirados
del porvenir el velo misterioso,
al que sacó la luz de las tinieblas
rogadle por nosotros.

Almas cándidas, Santos Inocentes,
que aumentáis de los ángeles el coro,
al que llamó a los niños a su lado
rogadle por nosotros.

Apóstoles que echasteis en el mundo
de la Iglesia el cimiento poderoso,
al que es de la verdad depositario
rogadle por nosotros.

Mártires que ganasteis vuestra palma
en la arena del circo, en sangre rojo,
al que os dio fortaleza en los combates
rogadle por nosotros.

Vírgenes semejantes a azucenas,
que el verano vistió de nieve y oro,
al que es fuente de vida y hermosura
rogadle por nosotros.

Monjes que de la vida en el combate
pedisteis paz al claustro silencioso,
al que es iris de calma en las tormentas
rogadle por nosotros.

Doctores cuyas plumas nos legaron
de virtud y saber rico tesoro,
al que es caudal de ciencia inextinguible
rogadle por nosotros.

Soldados del Ejército de Cristo,
Santas y Santos todos,
rogadle que perdone nuestras culpas
a Aquel que vive y reina entre nosotros.

Gustavo Adolfo Bécquer

 

jueves, 9 de julio de 2020

CALCULAR Y PENSAR...




La lógica es un lenguaje formalizado.
Una de las ventajas de los lenguajes formalizados es, además de evitar  ambigüedades y equívocos, su potencia para construir cálculos. Dicho con otras palabras: nos permiten establecer de forma absolutamente clara un conjunto finito de reglas que nos facilitan relacionar lógicamente unos signos con otros.
Todos tenemos una noción intuitiva de “cálculo” a partir de las matemáticas elementales. Cuando multiplicamos, por ejemplo, procedemos según una serie de reglas, como que de 20 nos llevamos dos o que al multiplicar la segunda cifra del multiplicador debemos colocar el resultado un espacio corrido hacia la izquierda, etc. Para multiplicar bien es suficiente conocer las reglas de la multiplicación y aplicarlas rigurosamente, sin que haya necesidad de conocer el porqué de todas y cada una de las reglas.
Y lo mismo podríamos decir de cualquier otro tipo de cálculo. Un cálculo no es otra cosa que un procedimiento mecánico, el cual, operando con reglas, nos permite obtener resultados correctos. Y no solamente eso, sino también obtener resultados que sin ese cálculo sería muy difícil de obtener. El resultado de multiplicar 18 por 6 podría ser logrado a base de sumas, por ejemplo, pero si de lo que se trata es de multiplicar 324567 por 3456, con ese sistema, la tarea sería prácticamente imposible.
El operar con reglas facilita enormemente las operaciones deductivas y, al mismo tiempo, permite detectar los errores que podamos cometer. Además tienen la ventaja añadida de ahorrarnos el esfuerzo de pensar.
Las reglas a las que nos referimos no son otra cosa que la sintaxis de ese cálculo. La sintaxis es la parte de la semiótica (ciencia general de los signos) que se ocupa de estudiar las relación de los signos entre sí, independientemente de lo que los signos signifiquen. También podemos expresar esto diciendo que la sintaxis no se preocupa de la interpretación de los signos, y únicamente se interesa por las leyes y reglas que hacen posible su combinación correcta. 12 más 11 son 23, y esto puede ser referido a manzanas, niños o galaxias.
Otro ejemplo aclaratorio de esto lo podemos tomar de la lengua natural, la cual, disponiendo también de una sintaxis, nos permite hacer expresiones correctas, al margen de su significado, si observamos las reglas de la sintaxis de esa lengua. Así podemos construir expresiones como:
El multicolor árbol solitario se alzaba en medio del espeso bosque, sirviendo de hogar para los pájaros inexistentes que se escondían en la espesa hojarasca de sus inmensas ramas desnudas que pretendían alcanzar aquel cielo cubierto de amenazadoras nubes en un día de sol radiante….
El significado de esa expresión es harto dudoso, aunque su construcción creo que es correcta, y solamente alguien que domine esa lengua podría hacerla.
Por supuesto, no es lo mismo corrección que verdad. Quien razonara afirmando que
“Ningún mamífero vive en el mar,
y como la ballena es un mamífero,
por lo tanto, la ballena no vive en el mar,
habría hecho un razonamiento correcto, aunque su conclusión no sea verdadera. La verdad o falsedad de nuestras expresiones está en relación con el contenido o materia de esas expresiones. La corrección del modo en que hemos usado las reglas.
Ahora bien, para establecer las reglas que imperan en un cálculo o interpretarlo, es decir, darle contenido, no puedo hacerlo calculando, sino pensando.
Y pensar es otra cosa diferente de calcular. Exige situarse fuera del mecanismo del cálculo y atender la realidad. Frente al carácter imperativo y rígido del cálculo, el pensamiento tiene que flexibilizarse para acoger al ser, a lo que las cosas son.
El proceder calculador no es exclusivo de los lenguajes formalizados. Además del lenguaje natural con su sintaxis, el comportamiento humano, tanto intelectual como social o emocional, tiene su sintaxis, sus constantes o conectores a partir de los cuales relaciona sus variables (experiencias), y sus reglas de formación que le dictan que expresiones intelectuales o afectivas son correctas o incorrectas, y por tanto admisible o inadmisibles. Y en este sentido, buena parte de la conducta humana procede según la mecánica de un cálculo.
De ahí que aun cuando el sentimiento subjetivo sea de libertad, buena parte de nuestra conducta sea predecible en cuanto se conoce su “sintaxis”.
El cálculo es posible por esa independencia de la sintaxis o forma de los signos (lingüísticos o conductuales) respecto de su contenido o materia. Una independencia relativa a nuestro modo de consideración de esos signos, pues en la realidad ambos aspectos se envuelven mutuamente.
Por el lado de la forma se dan las constantes que universalizan el proceder, y por el lado del contenido o materia se particulariza y toma realidad la cosa.
Por ejemplo, por la constante de “la crisis de la adolescencia”, como teoría admitida, me permite decir cosas sobre los problemas de los jóvenes, pero si mi hijo u otro joven acuden a mí para explicarme un desconcierto suyo, no puedo darme por satisfecho “explicando” su desconcierto por dicha teoría de la crisis. Este sería un proceder calculador, pero no compresivo ni adecuado a la realidad.
Si de verdad estoy interesado por su situación, me veo obligado a escuchar y observar sus manifestaciones. Para que su caso tenga la consideración de singular, como lo es, debe ser contemplado y acogido. Y esto exige pensar. Solamente así la respuesta no será el resultado de ningún proceder mecánico, sino libre. Es decir, creadora e iluminadora de la realidad considerada.
El pensar emerge allí donde lo obvio deja de ser obvio por la tensión entre la universalidad de la teoría o las reglas y la particularidad con que se presenta la realidad, y que se resiste a ser reducida a esa universalidad. Esto es lo que obliga al espíritu a un movimiento de búsqueda de aquella causa, teoría o imagen a cuya luz el hecho considerado [=observado como si fuera una estrella; de sidus, sideral] es aclarado, restableciendo las relaciones que lo vinculaban a otros hechos.
Se trata de un penoso ascenso hasta aquella cumbre desde la cual poder ver la cosa con más y mejor perspectiva.

jueves, 7 de mayo de 2020

VERDAD, SIGNIFICACIÓN Y SENTIDO.


Existe hoy la opinión, bastante generalizada, de considerar como único conocimiento fiable el que proporciona la ciencia. Una parte del éxito de este tipo de conocimiento se debe a su contribución al dominio de la naturaleza y al bienestar de los hombres. Los descubrimientos en el campo de la Física, la Química o la Biología, por ejemplo, han servido para hacer la vida más cómoda y segura. Pero también ha contribuido a su prestigio el que sus cultivadores hayan logrado el consenso suficiente sobre cómo tratar los problemas que se plantean. Ellos delimitan bien el objeto de su investigación, sujetan sus hipótesis explicativas a un lenguaje riguroso, y los procedimientos para contrastar la veracidad de sus hipótesis son claros y repetibles por cualquiera que reúna las condiciones para hacerlo. Sus resultados pueden ser enseñados, mostrados a otros, bien para ser aprendidos o criticados.
Gracias a esta forma de proceder, la ciencia ha puesto al descubierto una enorme cantidad de fenómenos de la Naturaleza, tanto en el campo de lo microscópico como macroscópico. Conocemos más cosas del universo y de los elementos que constituyen la materia y la vida. La ciencia no solamente nos ha descubierto hechos que escapan a la percepción común, sino que ha ido estableciendo las leyes que regulan esos hechos y ha elaborado teorías con las que se explican amplios campos de la realidad.
El contenido de la ciencia está, pues, formado por las respuestas que los hombres han logrado a cierto tipo de preguntas sobre la realidad. ¿Qué tipo de preguntas? Aquellas que la nuda presencia de las cosas provoca a su inteligencia. Preguntas tales, como saber el porqué de los cambios de la Luna, a qué se debe que los colores del arco iris sean esos y no otros, cómo es que, en ocasiones se producen heladas tardías o cómo enferma su cuerpo y qué remedios pueden sanarlo. Preguntas cuya respuesta exacta le permiten conocer mejor la complejidad de la realidad y pueden ayudarle a tomar decisiones acertadas para su bien.

Ahora bien, esa exactitud se ha ido logrando en la medida que se ha ido eliminando el sujeto concreto que formula la pregunta y la respuesta. Es decir: en la medida que se han ido suprimiendo los sentimientos, creencias, deseos y demás aspectos del yo que conoce. Todos esos elementos son tachados de “subjetivos”, es decir, interferencias en el conocimiento objetivo de la realidad. En la ciencia moderna las dicotomías sujeto - objeto, cuerpo – espíritu, fenómeno – nóumeno, voluntad – representación, etc. se han ido superando por la eliminación del sujeto, el espíritu o la voluntad. Estos elementos parecen estar de más en las explicaciones de las cosas o del actuar humano para la ciencia moderna.
Esta situación del conocimiento puede ser ilustrada por el aforismo 5.631 del Tractatus Logico-philosophicus de Wittgenstein: “El sujeto pensante, representante, no existe. Si yo escribiese un libro titulado El mundo como yo lo encuentro, debería referirme en él a mi cuerpo y decir qué miembros obedecen a mi voluntad y cuáles no, etc. Este sería el método para aislar al sujeto o aún mejor para mostrar que en un sentido importante no hay sujeto; precisamente sólo de él no se podría hablar en este libro”. Y no hubiera podido hablar de él porque el sujeto es “el límite del mundo”[1], y, por consiguiente, no entra en él. De ahí que corrija a Russell, el cual entendía el enunciado <<A cree que p>> como la expresión de la relación entre un pensamiento y un hecho; para Wittgenstein <<A cree que p>> tiene la forma <<’p’ dice p>>, donde el primer p es también un hecho, no un objeto simple, un pensamiento, un alma, sino sencillamente, el hecho de decir[2].
Sirva esto de ejemplo de la tendencia a suprimir el sujeto del campo de conocimiento, por más que resulte “profundamente misterioso[3].
Con esta tendencia a eliminar el sujeto, de limitarse a la objetividad, la ciencia (y sus resultados, los enunciados científicos) deviene fáctica, no solamente en el sentido de que trata de hechos, sino que ella misma es otro hecho más. Se da así la paradoja de que ciencia puede producir “verdades”, pero no puede orientar al hombre en su vida. Y no puede porque, por principio, se ha desentendido de él. De ahí que, a pesar de tanta ciencia, el hombre concreto se siente cada vez más confuso y desorientado. Su situación se asemeja a la de aquel a quien le han proporcionado las piezas de un puzzle, sin enseñarle la imagen que le permite montarlo. La racionalidad científica padece de una limitación fundamental: la de no proporcionar al hombre el fundamento que dé unidad y sentido a su experiencia de la vida. La ciencia no proporciona ese fundamento sencillamente porque no puede. Ella nació para saber exacta y fehacientemente lo que hay, en un movimiento de acercamiento analítico a las cosas.

Pero la necesidad de esa imagen que permita interpretar y dar unidad a su realidad es consubstancial al hombre, y la afirma incluso cuando la niega. Cuando declara que “no hay ninguna imagen válida universalmente”, esto ya orienta su pensamiento en la dirección determinada de ver en censura toda respuesta positiva a la unidad de los hechos que hay. También existe la posibilidad de desentenderse de la búsqueda de tal unidad, un vivir “en indiferencia” respecto a aquello que sea el fundamento de su vida. El existir humano, que no puede renunciar a su conciencia, lleva envuelto una opción frente al fundamento unificador de lo que hay.
Todo saber reclama un entender, y esto es distinto de saber. Sabemos muchas cosas que no entendemos. Para entender se precisa una activa participación del sujeto concreto en el saber. Ese activo tomar parte consiste en contemplarlo interrogativamente. Y las preguntas se hacen desde lo que uno es y según sea su estar en la realidad. Aquello que las verdades factuales significan se entiende según las concretas transformaciones de la conciencia de uno mismo, pues es ella la que abarca en una mirada la totalidad de lo que hay. Y esto no se logra sin ejercicio, el ejercicio que significa una vida intelectual[4]. Solamente así las diversas verdades muestran su unidad subyacente y adquieren significado, pues sitúan al sujeto ante la verdad de las cosas. Es esta verdad en singular la que hace posible que las meras cosas adquieran su valor propio, y ocupen un lugar determinado                       en la construcción del sujeto y su mundo.
Y esta construcción no se da arbitrariamente ni en solitario. Se hace en diálogo: diálogo con uno mismo, con los otros, con su tiempo y con su historia. El es la condición para que pueda ser descubierto el significado de las cosas. Y ese diálogo es posible allí donde hay logos diversos, no iguales, aunque si que estén todos en el mismo lado. Un diálogo meramente entre iguales, sin ninguna cualificación, equivaldría a un monólogo a diversas voces: no facilitaría ningún avance. Los interlocutores deben estar cualificados para que las preguntas que mueven el diálogo surjan desde la experiencia del camino explorado. Esto no impide descubrir nuevos caminos, y sí evita tomar caminos equivocados.
El mismo hombre que busca entender a las cosas y a los demás hombres busca también ser entendido, comprendido. Necesita descubrir el para qué de todo ese movimiento de relación con el mundo, con los otros y consigo mismo. De hecho, vive siempre en un para qué, implícito o explícito. Toda su actividad viene acompañada de un sentido. Aun cuando sea la nada su horizonte, lo vive como trascendencia que justifica su forma de estar en el mundo. Y esto tampoco es arbitrario y opcional: es una exigencia del “logos” en que se desenvuelve su vida. Dios es el horizonte hacia el que se mueve su vida, horizonte que se afirma incluso cuando se niega.
Comte interpretó la evolución del pensamiento de la humanidad según la doctrina de los tres estadios. A un estadio mítico-religioso, le siguió un estadio metafísico, y a éste el científico positivo, siguiendo un esquema que iría desde la infancia a la madurez. Aparentemente, la evolución fáctica ha sido así. Pero esta doctrina descuida el hecho oculto esencial de que las ciencias concretas encuentran su fundamento en la Metafísica, y la Metafísica en la religión: solamente a la luz de la religión se entiende su Metafísica, y la luz de la Metafísica, su ciencia. Un hombre maduro que olvidara absolutamente su infancia y su juventud dejaría de ser ipso facto un hombre maduro.
El hombre necesita sustentar su vida en la verdad, que para ser completa necesita tener significado y sentido. Y esto por exigencia de su naturaleza racional.
Decía Alan Watts, “para el liberalismo moderno, la idea de una sociedad espiritualmente unánime parece tan imposible como indeseable”[5]. Pero justamente el abandono de ese objetivo lo realiza, pues todos se han puesto de acuerdo en que no hay tal objetivo común. Y dado el supuesto de que se carece de un objetivo tal, se ha buscado lo común en el campo de los puros hechos, y, como no podía ser de otra forma, lo único común que se ha encontrado es que todos necesitamos alimentarnos, guarecernos, y disponer de ciertas cosas. Es decir, la economía.


A nadie se le puede imponer una determinada concepción de la vida. Comprender el significado y sentido de algo es un acto intelectual individual que se da o no se da. Concluir de ahí que cualquier concepción vale lo mismo que otra es un error. Hoy se entiende el derecho a ser respetado en su pensamiento como el derecho a pensar cada uno según le plazca. De este modo se ha conseguido que prácticamente todos piensen igual: todos dicen lo primero que se les ocurre. Y lo que se les ocurre viene frecuentemente determinado por los creadores de opinión.
El hombre moderno, sin sostén interior, encuentra su justificación espiritual en sí mismo, ya que nadie está en este sentido cualificado para él. En este terreno está sencillamente solo, a merced de la arbitrariedad de sus pensamientos. No solamente no cree en nada, sino que no puede creer. Y esto facilita su manipulación por un sistema que ha hecho de la economía su religión.


[1] L. WITTGENSTEIN, Tractatus Logico-Philosophicus, 5.6
[2] ibid, 5.542
[3] L. WITTGENSTEIN. Notebooks,5/8/16
[4] Por vida intelectual no entiendo nada libresco o lo que sociológicamente se entiende por “intelectuales”. Vida intelectual es relacionarse con la vida en reflexión, cosa que puede hacerse desde muy diversas situaciones humanas
[5] Alan W. WATTS. La suprema identidad, pg.20.Barcelona, 1978




jueves, 30 de enero de 2020

DEL DECIR MUERTO…




He aquí un texto de Platón, del Fedro de Platón. He seguido básicamente el texto tal y como lo ha traducido Emilio Lledó y que incluye en su magnífica obra “El surco del tiempo”. He hecho pequeñas modificaciones de acuerdo con la traducción del diálogo hecha por María Araujo, en las Obras Completas de Platón, de la editorial Aguilar (Madrid, 1974).
Invito a leerlo detenidamente, aunque sea un poco largo. Seguro que encontrarás muchas afirmaciones en las que detenerte y reflexionar…

274c Sócrates. Tengo que contarte algo que oí de los antiguos, aunque su verdad sólo ellos la saben. Por cierto que, si nosotros pudiéramos descubrirla, ¿nos seguiríamos ocupando de las opiniones humanas?
Fedro. Preguntas algo ridículo. Pero cuenta lo que dices haber oído.

Sóc. Pues bien, oí que había por Náucratis, en Egipto, uno de los antiguos dioses del lugar al que, por cierto, está consagrado el pájaro que llaman Ibis. El nombre de aquella deidad era Theuth. Fue éste quien, primero, descubrió el número y el cálculo, y, también, la geometría y la astronomía, y, además, el juego de las damas y el de los dados, y, sobre todo, las letras. Por aquel entonces, era rey de todo Egipto Thamus, que vivía en la gran ciudad de la parte alta del país, que los griegos llaman Tebas egipcia, y cuyo Dios es Ammón. Theuth vino al rey y le mostró sus artes, diciéndole que debían comunicarse a los demás egipcios. Pero Thamus le preguntó cuál era la utilidad de cada una, y a medida que su inventor las explicaba minuciosamente, él las aprobaba o desaprobaba, según le pareciese bien o mal lo que decía. Muchas fueron, según se dice, las observaciones que, a favor o en contra de cada arte hizo Thamus a Theuth, y sería muy largo exponerlas.
Pero cuando llegaron a lo de las letras, dijo Theuth: «Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y fortalecerá su memoria, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría». Pero el rey respondió: «¡Oh ingeniosísimo Theuth! A unos les es dado crear un arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta a los que pretenden hacer uso de él. Y ahora tú, que eres el padre de los caracteres de la escritura, por benevolencia hacia ellos, les atribuyes facultades contrarias a las que tienen. 275ª Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes los aprendan, pues al descuidar la memoria, ya que fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, no la verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además de tratar, porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad».
Fed. ¡Qué bien se te da, Sócrates, hacer discursos de Egipto, o de cualquier otro país que se te antoje!
Sóc. El caso es, amigo mío, que, según se dice que se decía en el templo de Zeus en Dodona, las primeras palabras proféticas habían salido de una encina. Pues a los hombres de entonces, que no eran sabios como vosotros los jóvenes, tal ingenuidad tenían que se conformaban con oír a una encina o a una roca, sólo con que dijese la verdad. Sin embargo, para ti tal vez hay diferencia según quién sea el que hable y de qué país. Pues no te fijas únicamente en si lo que dicen es así o de otra manera.
Fed. Tienes razón al reprenderme, y creo que con lo de las letras pasa lo que el tebano dice.
Sóc. Así pues, el que piensa que ha dejado un arte por escrito, y, de la misma manera, el que lo recibe como algo que será claro y firme por el hecho de estar en letras, rebosa ingenuidad y, en realidad, desconoce la predicción de Ammon, creyendo que las palabras escritas son algo más, para el que las sabe, que un recordatorio de aquellas cosas sobre las que versa la escritura.
Fed. Exactamente.
 Sóc. Porque es que es impresionante, Fedro, lo que pasa con la escritura, y por lo que tanto se parece a la pintura. En efecto, las producciones de ésta están ante nosotros como si tuvieran vida; pero si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios. Lo mismo pasa con las palabras escritas. Podrías llegar a creer que lo que dicen fueran como pensándolo, pero si alguien pregunta, queriendo aprender de lo dicho, apuntan siempre y únicamente a una y la misma cosa. Pero, eso sí, con que una vez algo haya sido puesto por escrito, las palabras ruedan por doquier, igual entre los entendidos que como entre aquellos a los que no les importa en absoluto, sin saber distinguir a quienes conviene hablar y a quienes no. Y si son maltratadas o vituperadas injustamente, necesitan siempre la ayuda del padre, ya que ellas solas no son capaces de defenderse ni de ayudarse a sí mismas.
Fed. Muy exacto es todo lo que has dicho.
276ªSóc. Entonces, ¿qué? ¿Podemos dirigir los ojos hacia otro tipo de discursos, hermano legítimo de éste, y ver cómo nace y cuánto mejor y más fuertemente se desarrolla?
Fed. ¿A cuál te refieres y cómo dices que nace?
Sóc. Es ese que se escribe con fundamento en el alma del que aprende; capaz de defenderse a sí mismo y sabiendo con quiénes hablar y ante quiénes callarse.
Fed. ¿Te refieres al discurso lleno de vida y de alma, que tiene el que sabe y del que el escrito se podría justamente decir que es el reflejo?
Sóc. Sin duda. Pero dime ahora esto. ¿Un labrador sensato que cuidase de sus semillas, las llevaría, en serio, a plantar en verano, a un jardín de Adonis, y gozaría al verlas ponerse hermosas en ocho días, o solamente haría una cosa así por juego o por una fiesta, si es que lo hacía? ¿No sembraría, más bien, aquellas que le interesasen en el lugar adecuado de acuerdo con lo que manda el arte de la agricultura, y no se pondría contento cuando, en el octavo mes, llegue a su plenitud todo lo que sembró?
Fed. Así es, Sócrates. Tal como acabas de expresarte; en un caso obraría en serio, en otro de manera muy diferente.
Sóc. ¿Y el que posee el conocimiento de las cosas justas, bellas y buenas, diremos que tiene menos inteligencia que el labrador respecto a sus propias simientes?
Fed. De ningún modo.
Sóc. Por consiguiente, no se tomará en serio el escribirlas en agua, negra por cierto, sembrándolas por medio del cálamo, con discursos que no pueden prestarse ayuda a sí mismos, a través de las palabras que los constituyen, e incapaces también de enseñar adecuadamente la verdad.
Fed. Al menos, no es probable.
Sóc. No lo es, en efecto. Más bien, los jardines de las letras, según parece, los sembrará y escribirá como por entretenimiento; atesorando, al escribirlos, recordatorios para cuando llegue la edad del olvido, que le servirá a él y a cuantos hayan seguido sus mismas huellas. Y disfrutará viendo madurar sus tiernas plantas, y cuando otros se dan a otras diversiones y se hartan de comer y beber y todo cuanto con esto hermana, él, en cambio, pasara, como es de esperar, su tiempo distrayéndose con las cosas que te estoy diciendo.
Fed. Uno extraordinariamente hermoso, al lado de tanto entretenimiento baladí, es el que dices, Sócrates, y que permite entretenerse con las palabras, componiendo historias sobre la justicia y todas las otras cosas a las que te refieres.
Sóc. Así es, en efecto, querido Fedro. Pero mucho más hermoso, pienso yo, es ocuparse con seriedad de esas cosas cuando alguien, haciendo uso de la dialéctica y eligiendo un alma adecuada, planta y siembra 277ª palabras con fundamento, capaces de ayudarse a sí mismas y a quienes las planta, y que no son estériles, sino portadoras de simientes de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se transmite en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre.
Fed. Esto que dices es todavía mucho más hermoso…
Fed. Así será. Pero vayámonos yendo, ya que el calor se ha mitigado.
Sóc. ¿Y no es propio que los que se van a poner en camino hagan una plegaria?
Fed. ¿Por qué no?
Sóc. Oh, querido Pan, y todos los otros dioses que aquí habitáis, concededme que llegue a ser bello por dentro, y todo lo que tengo por fuera se enlace en amistad con lo de dentro; que considere rico al sabio; que todo el dinero que tenga sólo sea el que puede llevar y transportar consigo un hombre sensato; y no otro. ¿Necesitamos de alguna otra cosa, Fedro? A mí me basta con lo que he pedido.
Fed. Pide todo esto también para mí, ya que son comunes las cosas de los amigos.
Sóc. Vayámonos.