Mostrando entradas con la etiqueta sabiduría. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sabiduría. Mostrar todas las entradas

jueves, 17 de octubre de 2024

PICO DE LA MIRANDOLA (5)

Este joven de 24 años, Pico de la Mirandola, expresó con una retórica magnífica, el nuevo espíritu que iba creciendo en la Cristiandad. Un espíritu que se nutría de conceptos cristianos, pero reinterpretados.

La libertad, el don más preciado del hombre, es entendida ahora como independencia soberana. El hombre es libre no solamente para escoger esto o lo otro, sino también para decidir aquello que quiere ser. Y en esto se aparta del concepto cristiano de libertad. La libertad para el católico no es un fin en sí mismo, sino una facultad orientada al bien. La libertad es esa posibilidad que se ofrece al hombre de decidir de acuerdo con lo que las cosas son realmente. En la ignorancia o en el error uno elige mal y su elección no es plenamente libre.

La voluntad es plenamente libre cuando escoge sabiendo lo que escoge, cuando posee la verdad de lo que escoge. Si escogí tal vivienda ignorando sus defectos ocultos, no sabiendo que estaba hipotecada o cualquier otra cosa, mi libertad estaba menguada. Escogí, sí, pero mal. Mi voluntad está orientada por su naturaleza orientada al bien...

Desde el punto de vista católico, querer y entender perfectamente sólo lo puede Dios, de modo que podemos decir que solamente Dios es perfectamente libre, pues si algo podemos afirmar de Él es que es absolutamente sabio. Pero el hombre, aunque a imagen de Dios, está dañado tanto en su entendimiento como en su voluntad. Eso hace que su libertad sea imperfecta. Puede caer en el error y apartarse del bien.

Puesta la vista en el hombre y fascinados por su libertad hace que nos orientemos hacia el futuro como el campo de las decisiones. El pasado es percibido como algo dudoso que ya no obliga. La luz con la que el hombre debe penetrar en las oscuridades que todo futuro conlleva es su razón libre. La verdad no es algo dado, sea por revelación o tradición, sino algo que el hombre debe encontrar con el esfuerzo de su razón. Pero esa razón, como instrumento para alcanzar sus fines, está al servicio de los deseos del hombre, que son los que ponen los fines que empujan la acción. Deseos muy variables y que tienden facilitar su vida.

Se espera que esa razón pueda alcanzar la verdad que ponga de acuerdo a los hombres y facilite la concordia social y la paz entre los pueblos. Pero no ha sido así...

Pico de la Mirandola no podía alcanzar todo el futuro de la modernidad. Simplemente era un adelantado de las nuevas corrientes que movían la voluntad del hombre occidental. Pero esas semillas germinaron en la ciencia positiva, capaz de satisfacer los deseos del hombre, pero no de lograr una buena civilización. Como decía B. Russell en su libro "La perspectiva científica", el saber alcanzado por la ciencia podría volverse contra el hombre si éste no es sabio. Pero la sabiduría es algo que no puede proporcionar la ciencia.

Seguramente será porque la sabiduría acompaña a los años cuando la consideramos desde el punto individual, y por la historia y la tradición cuando la consideramos desde el punto de vista colectivo. La reflexión sobre lo vivido nos ayuda a entender mejor la verdad de las cosas y actuar con una libertad más acertada.

miércoles, 25 de marzo de 2020

SOBRE LA SABIDURÍA…


Volvamos a la cita de Bertrand Russell sobre lo que puede hacer que una civilización científica sea una buena civilización:

“para que una civilización científica sea una buena civilización, es necesario que el aumento de conocimiento vaya acompañado de sabiduría. Entiendo por sabiduría una concepción justa de los fines de la vida. Esto es algo que la ciencia por sí misma no proporciona. El aumento de la ciencia en sí mismo no es, por consiguiente, bastante para garantizar ningún progreso genuino, aunque suministre uno de los ingredientes que el progreso exige”[1] 


Y él nos da su definición de sabiduría. Nos dice que es algo que la ciencia no nos puede dar, pero que uno puede concebir según unos fines justos… ¿Con qué criterios decidiremos que son justos? ¿Puede el hombre con las solas fuerzas de su razón llegar a esa concepción justa?...
Los autores que iniciaron el pensamiento filosófico entendían la sabiduría de otro modo. Veamos.

Cuenta Diógenes Laercio en su obra “Vidas de filósofos ilustres” la siguiente anécdota, a propósito de Tales, uno de los llamados siete sabios de Grecia:
“Fue el caso que ciertos jóvenes jonios compraron a unos pescadores de Mileto un lance de red[2], y como en ella sacasen un trípode[3], se movió controversia sobre ello, hasta que los milesios consultaron el oráculo de Delfos, cuya deidad respondió:
¿A Febo preguntáis, prole milesia,
cuyo ha de ser el trípode?. Pues dadlo
a quien fuese el primero de los sabios.
Diéronlo, pues a Tales; Tales lo dio a otro sabio; este a otro, hasta que paró en Solón; el cual, diciendo que ‘Dios era el primer sabio’, envió el trípode a Delfos [= Apolo Délfico]”[4].

Esto mismo nos viene a decir Aristóteles cuando afirma que “su posesión [la de la sabiduría] podría con justicia se considerada impropia del hombre. Pues la naturaleza humana es esclava en muchos aspectos; de suerte que, según Simónides, «sólo un dios puede tener este privilegio», aunque es indigno de un varón no buscar la ciencia a él proporcionada” (Met 982b 30).

Dios es el primer sabio, el más sabio: es a él a quien compete, propiamente, la sabiduría. Forma parte de nuestra idea intuitiva de Dios el verlo como suma sabiduría, omnisciente.
 Frente a la sabiduría de Dios, el hombre se caracteriza por no-saber. No es que el hombre no sepa nada, sino que su saber es precario. Aquello que sabe le revela algo, pero no todo. De ahí que pueda sacar conclusiones erróneas. Por eso, frente a Dios, el hombre se sabe constitutivamente ignorante.
Ahora bien, todo aquello que constituye al hombre es posibilidad, algo que puede ser aceptado y asumido, o no. ¿Qué significa esto?
En primer lugar, que puede el hombre ignorar su propio no-saber, vivir de espaldas a él, no darse cuenta de sus carencias. Es decir, dispone de “saberes” ha adquirido bien por enseñanza de los otros o por experiencia propia, y los acepta pasivamente. Estos saberes conforman su mundo, dentro de cuyo círculo se mueve y desarrolla su vida. Un vivir en el que su no-saber está como olvidado por no poderlo ver.
Pero también puede caer en la cuenta de la precariedad de su saber, saber que no sabe. Esto es la filosofía: asumir ese no. Y desde el preciso instante en que uno asume ese no-saber crea la distancia necesaria para interrogarse sobre lo que presuntamente sabe. Interrogación que adopta la concreta dirección de buscar el fundamento de lo que se cree saber, aquello que soporta su juicio sobre las cosas. Porque sin fundamento el discurso (logos) no puede ser consistente, no puede cumplir su misión, que es la de manifestar lo que, realmente, hay.
Y esto nos descubre que asumir, aceptar, ese no saber es una forma de pertenecer a la sabiduría. No la poseemos, pero nos posee; que entre la precariedad del saber del hombre y la pura sabiduría hay una relación de de armonía, de amistad. Esta relación es lo que expresa el término “philos”, de filosofía.
Al mismo tiempo, este saberse perteneciendo a la sabiduría muestra la distancia que nos separa de ella. De ahí que esa asunción se transforme en anhelo, en deseo que señala una tarea inagotable, infinita, de conocimiento.
[Tal vez pudiera establecerse un cierto paralelismo con lo que ocurre con la felicidad. Somos más o menos felices, pero nuestra felicidad es una felicidad precaria; la felicidad está más allá de nuestras parciales felicidades; pertenecemos a ella como anhelo, como deseo, como amantes de la felicidad]
Ahora bien, este no-saber no es una simple carencia, sino que proporciona una clara noción de saber que permite el examen crítico de los supuestos saberes y decidir en qué medida se acercan a la verdad.
Sócrates, consciente de no saber, para comprobar la afirmación de la pitonisa de que no había nadie más sabio que él, examina los distintos saberes que se encuentra: el de los que se creen sabios, los sofistas, la de los poetas inspirados y el de los artesanos. Y su ignorancia nacida de esa clara noción de sabiduría le permite encontrar las preguntas adecuadas para examinar el saber del que hacen gala los tenidos por sabios.
Y encuentra que saber de los sofistas es mera presunción. Se trata de un discurso levantado sin fundamento que no puede dar cuenta de él.
Los poetas dicen algunas cosas realmente bellas y verdaderas, pero éstas no proceden de la sabiduría alcanzada por ellos, sino de la divinidad; animados por las dotes que en sí mismos ven, se creen sabios y capacitados para hablar de todo, pero en realidad no entienden ni aquello que han dicho bajo inspiración. En cuanto a los artesanos, su saber se ve oscurecido al creerse capacitados para hablar de cosas que iban más allá de su oficio.
La asunción de nuestro radical no-saber nos abre dos posibilidades:
a) la investigación sin término de la realidad para ir conquistando parcelas de saber
b) y la de escucha y contemplación de la realidad, haciéndole espacio para que se manifieste en nosotros.

Ambas posibilidades son compatibles. Y ambas nos muestran nuestra pertenencia a esa divinidad a la aspiramos y para la que estamos hechos.
Es lo que nos decía San Agustín en Las Confesiones: “nos has hecho para Vos y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Vos”.



[1] RUSSELL, Bertrand. La perspectiva científica, 9. Barcelona, 1969.
[2] Es decir, toda los peces que sacasen en un vez que echasen la red al agua.
[3] Un banquillo de oro con tres pies.
[4] Diógenes Laercio. Vidas de filósofos ilustres. (Tr. De J. Ortiz y Sainz), pg.12. Barcelona, 1986.

domingo, 16 de febrero de 2020

VIVIMOS EN LA EDAD CIENTÍFICA…



Vivimos en la era de la ciencia. O de la tecnología. La tecnología concreta el proceder de la ciencia en artilugios que satisfacen necesidades o deseos de los humanos. El horno microondas, el teléfono móvil, la resonancia magnética, las puertas que se abren o cierran ante nuestra presencia, el televisor… Vivimos rodeados y encadenados a la ciencia y la tecnología, nos guste o nos disguste.
Para la mayoría de las personas nos resulta un enigma mucha de la tecnología que usamos, pero eso no despierta agradecimiento por el servicio que nos presta, aunque nos quejamos si en el móvil no tenemos cobertura o la bajada de unas imágenes tarda unos segundos más de lo que deseamos.
Decir que vivimos en la era de la ciencia significa que es a la ciencia y a los científicos a quienes reconocemos autoridad para decir la última palabra sobre lo que las cosas son. Ellos saben. Y porque saben confiamos en ellos, en su trabajo de acuerdo con el método científico para solucionar nuestros problemas y satisfacer nuestros deseos.
La ciencia está tan presente en nuestra sociedad, configura tanto nuestras vidas, que se la ve como algo natural, tan natural que ni se la ve. Algo análogo a la religiosidad del hombre medieval, cuando lo sorprendente era que alguien no creyera en Dios o cuestionara los preceptos de su religión. Se vivía en esa fe, al igual que se habita en la lengua materna, sin percibir ya su maravilla.
La ciencia ha demostrado tener un gran poder de manipulación, una gran capacidad para provocar cambios en las costumbres y organizaciones tradicionales, para fortalecer nuestras esperanzas en la realización de nuestros deseos, para modelar nuestro medio ambiente y nuestro medio social según juzgamos mejor.
Por eso en nuestro tiempo se ve en la ciencia y en la tecnología un motor de progreso, el medio que permitirá al hombre realizar sus sueños de bienestar y felicidad.
Sin embargo, cuando la mirada se dirige a las guerras que se han padecido en los dos últimos siglos, a la sobreexplotación de los recursos de nuestro planeta, a la destrucción de bosques o la manipulación de la sociedad, cuando uno mira todas esas cosas se da cuenta que ese poder también puede ir contra el hombre.
En el Fedro de Platón el rey Thamus era “aquel otro” que poseía la sabiduría que le permitía juzgar sobre el daño o provecho que aportan los descubrimientos y los inventos. Pero ahora no parece reconocerse a ningún otro que pueda hacer esa función.
Bertrand Russell decía que “para que una civilización científica sea una buena civilización, es necesario que el aumento de conocimiento vaya acompañado de sabiduría. Entiendo por sabiduría una concepción justa de los fines de la vida. Esto es algo que la ciencia por sí misma no proporciona. El aumento de la ciencia en sí mismo no es, por consiguiente, bastante para garantizar ningún progreso genuino, aunque suministre uno de los ingredientes que el progreso exige”[1]   
 Bien. Aunque decir que la sabiduría es una concepción justa de los fines de la vida es solamente señalar un camino que hay que recorrer, la necesidad de que la ciencia y la tecnología sean pensadas.



[1] RUSSELL, Bertrand. La perspectiva científica, 9. Barcelona, 1969.

jueves, 30 de enero de 2020

DEL DECIR MUERTO…




He aquí un texto de Platón, del Fedro de Platón. He seguido básicamente el texto tal y como lo ha traducido Emilio Lledó y que incluye en su magnífica obra “El surco del tiempo”. He hecho pequeñas modificaciones de acuerdo con la traducción del diálogo hecha por María Araujo, en las Obras Completas de Platón, de la editorial Aguilar (Madrid, 1974).
Invito a leerlo detenidamente, aunque sea un poco largo. Seguro que encontrarás muchas afirmaciones en las que detenerte y reflexionar…

274c Sócrates. Tengo que contarte algo que oí de los antiguos, aunque su verdad sólo ellos la saben. Por cierto que, si nosotros pudiéramos descubrirla, ¿nos seguiríamos ocupando de las opiniones humanas?
Fedro. Preguntas algo ridículo. Pero cuenta lo que dices haber oído.

Sóc. Pues bien, oí que había por Náucratis, en Egipto, uno de los antiguos dioses del lugar al que, por cierto, está consagrado el pájaro que llaman Ibis. El nombre de aquella deidad era Theuth. Fue éste quien, primero, descubrió el número y el cálculo, y, también, la geometría y la astronomía, y, además, el juego de las damas y el de los dados, y, sobre todo, las letras. Por aquel entonces, era rey de todo Egipto Thamus, que vivía en la gran ciudad de la parte alta del país, que los griegos llaman Tebas egipcia, y cuyo Dios es Ammón. Theuth vino al rey y le mostró sus artes, diciéndole que debían comunicarse a los demás egipcios. Pero Thamus le preguntó cuál era la utilidad de cada una, y a medida que su inventor las explicaba minuciosamente, él las aprobaba o desaprobaba, según le pareciese bien o mal lo que decía. Muchas fueron, según se dice, las observaciones que, a favor o en contra de cada arte hizo Thamus a Theuth, y sería muy largo exponerlas.
Pero cuando llegaron a lo de las letras, dijo Theuth: «Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y fortalecerá su memoria, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría». Pero el rey respondió: «¡Oh ingeniosísimo Theuth! A unos les es dado crear un arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta a los que pretenden hacer uso de él. Y ahora tú, que eres el padre de los caracteres de la escritura, por benevolencia hacia ellos, les atribuyes facultades contrarias a las que tienen. 275ª Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes los aprendan, pues al descuidar la memoria, ya que fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, no la verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además de tratar, porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad».
Fed. ¡Qué bien se te da, Sócrates, hacer discursos de Egipto, o de cualquier otro país que se te antoje!
Sóc. El caso es, amigo mío, que, según se dice que se decía en el templo de Zeus en Dodona, las primeras palabras proféticas habían salido de una encina. Pues a los hombres de entonces, que no eran sabios como vosotros los jóvenes, tal ingenuidad tenían que se conformaban con oír a una encina o a una roca, sólo con que dijese la verdad. Sin embargo, para ti tal vez hay diferencia según quién sea el que hable y de qué país. Pues no te fijas únicamente en si lo que dicen es así o de otra manera.
Fed. Tienes razón al reprenderme, y creo que con lo de las letras pasa lo que el tebano dice.
Sóc. Así pues, el que piensa que ha dejado un arte por escrito, y, de la misma manera, el que lo recibe como algo que será claro y firme por el hecho de estar en letras, rebosa ingenuidad y, en realidad, desconoce la predicción de Ammon, creyendo que las palabras escritas son algo más, para el que las sabe, que un recordatorio de aquellas cosas sobre las que versa la escritura.
Fed. Exactamente.
 Sóc. Porque es que es impresionante, Fedro, lo que pasa con la escritura, y por lo que tanto se parece a la pintura. En efecto, las producciones de ésta están ante nosotros como si tuvieran vida; pero si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios. Lo mismo pasa con las palabras escritas. Podrías llegar a creer que lo que dicen fueran como pensándolo, pero si alguien pregunta, queriendo aprender de lo dicho, apuntan siempre y únicamente a una y la misma cosa. Pero, eso sí, con que una vez algo haya sido puesto por escrito, las palabras ruedan por doquier, igual entre los entendidos que como entre aquellos a los que no les importa en absoluto, sin saber distinguir a quienes conviene hablar y a quienes no. Y si son maltratadas o vituperadas injustamente, necesitan siempre la ayuda del padre, ya que ellas solas no son capaces de defenderse ni de ayudarse a sí mismas.
Fed. Muy exacto es todo lo que has dicho.
276ªSóc. Entonces, ¿qué? ¿Podemos dirigir los ojos hacia otro tipo de discursos, hermano legítimo de éste, y ver cómo nace y cuánto mejor y más fuertemente se desarrolla?
Fed. ¿A cuál te refieres y cómo dices que nace?
Sóc. Es ese que se escribe con fundamento en el alma del que aprende; capaz de defenderse a sí mismo y sabiendo con quiénes hablar y ante quiénes callarse.
Fed. ¿Te refieres al discurso lleno de vida y de alma, que tiene el que sabe y del que el escrito se podría justamente decir que es el reflejo?
Sóc. Sin duda. Pero dime ahora esto. ¿Un labrador sensato que cuidase de sus semillas, las llevaría, en serio, a plantar en verano, a un jardín de Adonis, y gozaría al verlas ponerse hermosas en ocho días, o solamente haría una cosa así por juego o por una fiesta, si es que lo hacía? ¿No sembraría, más bien, aquellas que le interesasen en el lugar adecuado de acuerdo con lo que manda el arte de la agricultura, y no se pondría contento cuando, en el octavo mes, llegue a su plenitud todo lo que sembró?
Fed. Así es, Sócrates. Tal como acabas de expresarte; en un caso obraría en serio, en otro de manera muy diferente.
Sóc. ¿Y el que posee el conocimiento de las cosas justas, bellas y buenas, diremos que tiene menos inteligencia que el labrador respecto a sus propias simientes?
Fed. De ningún modo.
Sóc. Por consiguiente, no se tomará en serio el escribirlas en agua, negra por cierto, sembrándolas por medio del cálamo, con discursos que no pueden prestarse ayuda a sí mismos, a través de las palabras que los constituyen, e incapaces también de enseñar adecuadamente la verdad.
Fed. Al menos, no es probable.
Sóc. No lo es, en efecto. Más bien, los jardines de las letras, según parece, los sembrará y escribirá como por entretenimiento; atesorando, al escribirlos, recordatorios para cuando llegue la edad del olvido, que le servirá a él y a cuantos hayan seguido sus mismas huellas. Y disfrutará viendo madurar sus tiernas plantas, y cuando otros se dan a otras diversiones y se hartan de comer y beber y todo cuanto con esto hermana, él, en cambio, pasara, como es de esperar, su tiempo distrayéndose con las cosas que te estoy diciendo.
Fed. Uno extraordinariamente hermoso, al lado de tanto entretenimiento baladí, es el que dices, Sócrates, y que permite entretenerse con las palabras, componiendo historias sobre la justicia y todas las otras cosas a las que te refieres.
Sóc. Así es, en efecto, querido Fedro. Pero mucho más hermoso, pienso yo, es ocuparse con seriedad de esas cosas cuando alguien, haciendo uso de la dialéctica y eligiendo un alma adecuada, planta y siembra 277ª palabras con fundamento, capaces de ayudarse a sí mismas y a quienes las planta, y que no son estériles, sino portadoras de simientes de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se transmite en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre.
Fed. Esto que dices es todavía mucho más hermoso…
Fed. Así será. Pero vayámonos yendo, ya que el calor se ha mitigado.
Sóc. ¿Y no es propio que los que se van a poner en camino hagan una plegaria?
Fed. ¿Por qué no?
Sóc. Oh, querido Pan, y todos los otros dioses que aquí habitáis, concededme que llegue a ser bello por dentro, y todo lo que tengo por fuera se enlace en amistad con lo de dentro; que considere rico al sabio; que todo el dinero que tenga sólo sea el que puede llevar y transportar consigo un hombre sensato; y no otro. ¿Necesitamos de alguna otra cosa, Fedro? A mí me basta con lo que he pedido.
Fed. Pide todo esto también para mí, ya que son comunes las cosas de los amigos.
Sóc. Vayámonos.