Pico de la Mirandola, en su célebre "Discurso” mostró todo el entusiasmo que el hombre le despertaba. Vio la singularidad e inmensa grandeza del hombre en su libertad. Una libertad que le asemejaba a Dios y le permitía no solamente decidir qué hacer, sino también la potestad de hacerse a sí mismo. En sus manos estaba decidir aquello que quería ser. En su voluntad estaba descender hasta la condición de los brutos o, si cultiva las semillas intelectuales con las que nació, sería ángel e hijo de Dios; incluso, si recogido en el centro de su unidad, podría hacerse uno con su Creador.
Todo el Discurso es una llamada a tener fe en nosotros mismos, en
nuestra voluntad de ser, convencernos de que querer es poder. El misterio de la
libertad divina por la que hizo este mundo tal y como es, aunque bien pudo
hacerlo diferente, se traslada ahora al hombre. Se siguen teniendo conceptos cristianos,
pero la fe ya no gravita en Dios, sino en el hombre, criatura hecha a semejanza
de su creador.
Pero el hombre exaltado en ese discurso sobre la dignidad humana es
un hombre abstracto. No tiene sexo, ni patria, ni posición social, ni oficio,
ni salud, ni edad… nada. Ni cuerpo que lo limite. Es la pura idea de hombre. En
tanto que idea ella no se ve afectada por la realidad, por la situación
concreta que cada hombre vive.
Pero si bien esa idea no se ve afectada por la realidad concreta,
sí sirve para justificar aquellos propósitos a los que algunos hombres pueden
aspirar. Marca el horizonte hacia el que pueden caminar y el criterio que decide
la bondad de sus acciones.
El pensamiento de Pico de la Mirandola expresa la exaltación del
hombre individual…
Pero también en la época aparece la preocupación por el hombre en
sociedad. El hombre no vive solo. Es en la sociedad que unos se han vuelto
poderosos y otros dependientes. La convivencia de los hombres provoca tensiones,
enfrentamientos, abusos. La condición social de unos es muy distinta a la de
otros. Y todo eso no solamente se da entre los individuos, sino también entre los
pueblos.
Durante el llamado medioevo la razón se aplicó a tratar de
esclarecer el misterio de Dios. La teología cultivada en los monasterios y
universidades hizo una extraordinaria labor para aclarar, sistematizar y
ordenar el contenido de la revelación cristiana. Las ideas que sostenían a la
Cristiandad y daban respaldo a la autoridad que la ordenaba parecían claras.
Pero la realidad a la que debían servir esas ideas no era igual de
clara. El exigente ideal cristiano no se ve plasmado en la realidad social. Ni
tampoco ser santo era ya el proyecto de vida dominante. La fama, el descubrir
nuevas realidades, ser docto, enriquecerse o ser admirado también resultan ideales
atractivos.
Santo Tomás de Aquino parecía haber dado respuesta a todas las
preguntas que la intelectualidad medieval había planteado. Pero a partir del
llamado Renacimiento, las preguntas son otras. Y los que las plantean ya no son
solamente clérigos. Los humanistas, la nueva clase intelectual, admiran la
belleza de este mundo y tienen como proyecto de vida conocerlo y dominarlo.
La nueva mentalidad que afloraba en los siglos XIV, XV y XVI
llevaba consigo también la esperanza en un mundo más justo e igualitario. Un mundo
que fuera algo así como la encarnación histórica del paraíso que se perdió con
el pecado original. El hombre ya no espera su salvación solamente en la vida
eterna, sino también en la realización de una sociedad justa, feliz, en este
mundo.
La razón humana, la libertad, la igualdad, la felicidad colectiva,
la ciencia, la hermandad, etc. son ideas que van tejiendo aquella concepción
que debe guiar el trabajo de los hombres y su acción política.
¿Cómo presentar esas ideas para que puedan verse y aceptarse las
deficiencias de la sociedad en que se vive al mismo tiempo que son la
realización de los ideales cristianos? ¿Cómo hacer entender que el mundo social
heredado no es un orden inmutable, sino que puede ser mejorado y transformado?
¿Cómo acercar el mundo deficiente recibido a los ideales cristianos?
Tomás Moro (1478 – 1535) publicó en 1516 un librito en latín con
título asombrosamente largo: “Libellus vere aureus, nec minus salutaris quam
festivus, de optimo reipublicae statu, deque nova insula Utopia” (Librito
verdaderamente dorado, no menos beneficioso que entretenido, sobre el mejor
estado de una república y sobre la nueva isla de Utopia). Afortunadamente la
posterioridad simplificó el título dejándolo simplemente en “Utopía”.
Con este librito Tomás Moro inauguraba un nuevo género literario o
método para abordar algunos de los deseos sociales de su tiempo. Esa nueva
manera consistía en describir un lugar descubierto en el que el pueblo se
organizaba de forma diferente al que era común en la Cristiandad de entonces y
en los que se realizaban algunos de los ideales cristianos que se profesaban.
En aquellos momentos Europa se había entregado a la pasión por los
viajes que le descubrieron un mundo mucho más grande y variado del que ellos
creían. Ese espacio geográfico mucho más extenso y desconocido también expandía
el espacio mental en el que cabía imaginar esa sociedad organizada según la
razón y principios cristianos.
Utopía puede significar “en ninguna parte” y también “buen lugar”. Se
trata de algo así como el paraíso que el hombre perdió por el pecado, pero que
con su esfuerzo y creación de nuevas instituciones puede recuperar. La utopía
viene a ser una secularización del paraíso. No es una realidad, sino un recurso
que permite al hombre examinar su sociedad y orientar su acción para mejorarla.
La esperanza cristiana personal en la vida eterna se hace ahora sociedad
histórica en la que la razón, la libertad, la igualdad y la justicia son
posibles.
Sin entrar en el análisis del contenido de la obra de Tomás Moro, si
debemos destacar que su obra nos está diciendo que, si la razón puede organizar
y adentrarse en el conocimiento de Dios, como hace en la teología, también puede ordenar racionalmente la
sociedad y hacerla más justa.
El recurso de una sociedad ideal de Tomás Moro, que podía tener un
antecedente remoto en Platón, fue también usado por Tomás Campanella, quien
publicó en 1602 su obra “La ciudad del Sol”, y Francis Bacon con la publicación
en 1627 de su obra “La nueva Atlántida”. Todas estas obras responden a la
creencia en las posibilidades de la razón humana para crear un mundo mejor. El
mundo que se formó con la cristiandad ya no satisface. Está muy lejos de lo que
cabía esperar.
Pensar que un mundo mejor es posible incluye que el mundo recibido
no es nada definitivo que tenga que ser conservado, sino transformado. Y
también que la felicidad del hombre depende en buena medida de ese mundo en el
que él se modela. El mundo que se dibuja en la isla imaginada de Utopía es a la
vez denuncia del mundo en que se vive y promesa de lo que cabe esperar.
Se trata de una promesa que encierra un proceso que nunca acaba. Toda
realización concreta, toda materialización de un pensamiento, permite imaginar
una realización más perfecta… Y también incluye que un mundo peor también sea
posible.
Con el tiempo esas visiones se transformarán en ideología, una
construcción mental que expresa las aspiraciones e intereses de las élites
intelectuales y económicas de la sociedad europea. En esa ideología del libre pensador,
de las luces de la razón, se forma la nueva fe que desplaza a la fe cristiana.
Es la llamada Modernidad.
Y esa nueva fe se transformará en el programa político que moverá a
la revolución que organizará una sociedad nueva y mejor. Una sociedad en la que
impere la razón, la igualdad, la fraternidad, la libertad y la justicia entre
los hombres.
Al igual que la razón puede conocer las leyes de la Naturaleza
también ella es apta para organizar la sociedad y crear las instituciones que
faciliten el bienestar y la convivencia social. Además, las ideas que tejen esa
ideología son como extensiones de ideales cristianos, ideales que estaban ya
presentes en esa isla perfecta.
La razón capaz de construir esa sociedad comporta una voluntad de
llevar a cabo su proyecto. Esa razón es el instrumento que debe orientar la
ciencia, la educación, la economía, la técnica, las instituciones, las leyes…en
la formación de ese hombre nuevo. Los ilustrados son el nuevo clero que orienta
al pueblo y la masonería la nueva iglesia que gobierna en las sombras la sociedad
y la nutre con las ideas que den forma a su pensamiento.
Estos son los medios pacíficos. Pero, convencidos de la verdad de sus
ideas progresistas, la oposición a esas ideas solamente puede provenir de la
ignorancia o la mala fe; queda así justificada la fuerza o la violencia ejercida
contra los opositores.
Estando claro el diseño de la sociedad que considero justa, no hay que esperar a que todos los miembros
de la sociedad lo comprendan y acepten. Se impone la necesidad de la Revolución,
palabra que se vuelve equivalente al Mesias Prometido del pueblo de
Israel. Hacer la Revolución es como limpiar el terreno sobre el que se levante
la nueva sociedad.
La Revolución Francesa fue el primer ejemplo. Allí donde se
proclamaba la libertad, la legalidad y la fraternidad, imperaba el miedo, la
guillotina y el genocidio de La Vandée. De allí saldría la producción
industrial, los suburbios donde malvivía el proletariado, la lucha de clases,
las grandes fortunas y los adelantos científicos y tecnológicos que permitirían
mejorar la vida de los seres humanos.
La labor humana, guiada por la ciencia, se orienta a proporcionar
cada vez más medios para satisfacer los deseos humanos. Deseos muy variados e
infinitos, pero que en su satisfacción ponen los hombres su felicidad. Por la
posesión de esos medios se lucha y se teme. Generan diferencias y miedo a
perder lo ya logrado. Se busca tener y seguridad en la conservación de lo que
se tiene. Y son los poderes públicos los encargados de proporcionar esa
seguridad.
Tomando sobre sí los poderes públicos la misión de proporcionar la
felicidad y seguridad a los hombres, se dotan cada vez de más medios de control
y organización de esos hombres, a los que se les hace objetos manipulables. Y
eso implica sustraerles su libertad, dejarlo sin lazos humanos, como los que
proporciona la familia, anular su capacidad crítica y, en definitiva, privarlos
de ser personas.
Si en las utopías se describían sociedades que anunciaban un futuro
mejor para el hombre, en el siglo XX lo que encontramos son distopías,
advertencias sobre la deshumanización que traerá una sociedad dominada por la
razón y una ciencia al servicio de los poderosos.
Ya Goya había advertido que los sueños de la razón engendra
monstruos, y monstruosas fueron las guerras que siguieron a la modernidad.
La novela Nosotros, de Yevgeny Zamyatin, publicada a
principios de los años 20 del siglo pasado, nos advierte adónde nos puede
conducir una sociedad totalitaria altamente tecnificada: a la deshumanización
del hombre.
El autor ya no es humanista conocedor de los clásicos griego y
latinos, sino un ingeniero que trabajó en unos astilleros ingleses y admiró en
sus años jóvenes el comunismo.
La sociedad que describe ya no está en un lugar imaginario del
mundo que se está descubriendo. “Nosotros” nos habla de un mundo futuro, allá
por el siglo XXVI. Un mundo en el que el “yo” ha sido sustituido por el “nosotros”,
donde no existe vida privada y en el que todos están sometidos a la autoridad
del “Protector”. Se trata de un mundo de acero y cristal en el que las personas
son números. Uno de esos números, D-503, ingeniero encargado de construir la
nave que expanda por el universo el imperio de la razón, mira por donde se
enamora de otro número, la I-330, creo. En una sociedad tal, enamorarse es una
traición a ese mundo totalitario. Ese es el mundo al que apunta la Revolución Rusa,
pero también el mundo capitalista y las ideologías que pretenden decidir sobre
todo (de ahí lo de totalitarismo) lo que concierne al ser humano en nombre de
su felicidad.
A la distopía o contra utopía expresada en nosotros siguieron otras,
como “El mundo feliz de Huxley, o “1984” de George Orwell, o “Fahrenheit 451”,
de Ray Bradbury, y muchos otros títulos que muestran el desengaño de esa Modernidad
y advierten de la deshumanización a que conduce una sociedad cada vez más
tecnológica y totalitaria.
El cielo prometido por las utopías se vuelve un infierno cuando es
administrado por la voluntad de unos pocos muy poderosos que se sienten dioses.
El progreso proporcionado por la ciencia y la tecnología no ayuda a dar
significado y sentido a la vida humana y puede volverse contra el propio
hombre.
Pero si las utopías se destinaban a los dirigentes de los pueblos europeos, las distopías son una advertencia al pueblo y que les exige desarrollar un pensamiento crítico frente a las “bondades” que ofrece el progreso.
Nos recuerdan esas distopías la fragilidad humana y que la historia
no puede ser clausurada, como pretendió Francis Fukuyama en 1992 con su
artículo “El fin de la historia”, a raíz de la caída del bloque soviético.
La historia sigue abierta...
