CONOCER, ENTENDER, PENSAR... el blog de José L. Samper.

Una invitación a la filosofía...

lunes, 26 de octubre de 2026

DE LA UTOPIA A LA DISTOPIA

 

Pico de la Mirandola, en su célebre "Discurso” mostró todo el entusiasmo que el hombre le despertaba. Vio la singularidad e inmensa grandeza del hombre en su libertad. Una libertad que le asemejaba a Dios y le permitía no solamente decidir qué hacer, sino también la potestad de hacerse a sí mismo. En sus manos estaba decidir aquello que quería ser. En su voluntad estaba descender hasta la condición de los brutos o, si cultiva las semillas intelectuales con las que nació, sería ángel e hijo de Dios; incluso, si recogido en el centro de su unidad, podría hacerse uno con su Creador.


Todo el Discurso es una llamada a tener fe en nosotros mismos, en nuestra voluntad de ser, convencernos de que querer es poder. El misterio de la libertad divina por la que hizo este mundo tal y como es, aunque bien pudo hacerlo diferente, se traslada ahora al hombre. Se siguen teniendo conceptos cristianos, pero la fe ya no gravita en Dios, sino en el hombre, criatura hecha a semejanza de su creador.

Pero el hombre exaltado en ese discurso sobre la dignidad humana es un hombre abstracto. No tiene sexo, ni patria, ni posición social, ni oficio, ni salud, ni edad… nada. Ni cuerpo que lo limite. Es la pura idea de hombre. En tanto que idea ella no se ve afectada por la realidad, por la situación concreta que cada hombre vive.

Pero si bien esa idea no se ve afectada por la realidad concreta, sí sirve para justificar aquellos propósitos a los que algunos hombres pueden aspirar. Marca el horizonte hacia el que pueden caminar y el criterio que decide la bondad de sus acciones.

El pensamiento de Pico de la Mirandola expresa la exaltación del hombre individual…

Pero también en la época aparece la preocupación por el hombre en sociedad. El hombre no vive solo. Es en la sociedad que unos se han vuelto poderosos y otros dependientes. La convivencia de los hombres provoca tensiones, enfrentamientos, abusos. La condición social de unos es muy distinta a la de otros. Y todo eso no solamente se da entre los individuos, sino también entre los pueblos.

Durante el llamado medioevo la razón se aplicó a tratar de esclarecer el misterio de Dios. La teología cultivada en los monasterios y universidades hizo una extraordinaria labor para aclarar, sistematizar y ordenar el contenido de la revelación cristiana. Las ideas que sostenían a la Cristiandad y daban respaldo a la autoridad que la ordenaba parecían claras.

Pero la realidad a la que debían servir esas ideas no era igual de clara. El exigente ideal cristiano no se ve plasmado en la realidad social. Ni tampoco ser santo era ya el proyecto de vida dominante. La fama, el descubrir nuevas realidades, ser docto, enriquecerse o ser admirado también resultan ideales atractivos.

Santo Tomás de Aquino parecía haber dado respuesta a todas las preguntas que la intelectualidad medieval había planteado. Pero a partir del llamado Renacimiento, las preguntas son otras. Y los que las plantean ya no son solamente clérigos. Los humanistas, la nueva clase intelectual, admiran la belleza de este mundo y tienen como proyecto de vida conocerlo y dominarlo.

La nueva mentalidad que afloraba en los siglos XIV, XV y XVI llevaba consigo también la esperanza en un mundo más justo e igualitario. Un mundo que fuera algo así como la encarnación histórica del paraíso que se perdió con el pecado original. El hombre ya no espera su salvación solamente en la vida eterna, sino también en la realización de una sociedad justa, feliz, en este mundo.

La razón humana, la libertad, la igualdad, la felicidad colectiva, la ciencia, la hermandad, etc. son ideas que van tejiendo aquella concepción que debe guiar el trabajo de los hombres y su acción política.

¿Cómo presentar esas ideas para que puedan verse y aceptarse las deficiencias de la sociedad en que se vive al mismo tiempo que son la realización de los ideales cristianos? ¿Cómo hacer entender que el mundo social heredado no es un orden inmutable, sino que puede ser mejorado y transformado? ¿Cómo acercar el mundo deficiente recibido a los ideales cristianos?

Tomás Moro (1478 – 1535) publicó en 1516 un librito en latín con título asombrosamente largo: “Libellus vere aureus, nec minus salutaris quam festivus, de optimo reipublicae statu, deque nova insula Utopia” (Librito verdaderamente dorado, no menos beneficioso que entretenido, sobre el mejor estado de una república y sobre la nueva isla de Utopia). Afortunadamente la posterioridad simplificó el título dejándolo simplemente en “Utopía”.

Con este librito Tomás Moro inauguraba un nuevo género literario o método para abordar algunos de los deseos sociales de su tiempo. Esa nueva manera consistía en describir un lugar descubierto en el que el pueblo se organizaba de forma diferente al que era común en la Cristiandad de entonces y en los que se realizaban algunos de los ideales cristianos que se profesaban.

En aquellos momentos Europa se había entregado a la pasión por los viajes que le descubrieron un mundo mucho más grande y variado del que ellos creían. Ese espacio geográfico mucho más extenso y desconocido también expandía el espacio mental en el que cabía imaginar esa sociedad organizada según la razón y principios cristianos.

Utopía puede significar “en ninguna parte” y también “buen lugar”. Se trata de algo así como el paraíso que el hombre perdió por el pecado, pero que con su esfuerzo y creación de nuevas instituciones puede recuperar. La utopía viene a ser una secularización del paraíso. No es una realidad, sino un recurso que permite al hombre examinar su sociedad y orientar su acción para mejorarla. La esperanza cristiana personal en la vida eterna se hace ahora sociedad histórica en la que la razón, la libertad, la igualdad y la justicia son posibles.

Sin entrar en el análisis del contenido de la obra de Tomás Moro, si debemos destacar que su obra nos está diciendo que, si la razón puede organizar y adentrarse en el conocimiento de Dios, como hace en la teología,  también puede ordenar racionalmente la sociedad y hacerla más justa.

El recurso de una sociedad ideal de Tomás Moro, que podía tener un antecedente remoto en Platón, fue también usado por Tomás Campanella, quien publicó en 1602 su obra “La ciudad del Sol”, y Francis Bacon con la publicación en 1627 de su obra “La nueva Atlántida”. Todas estas obras responden a la creencia en las posibilidades de la razón humana para crear un mundo mejor. El mundo que se formó con la cristiandad ya no satisface. Está muy lejos de lo que cabía esperar.

Pensar que un mundo mejor es posible incluye que el mundo recibido no es nada definitivo que tenga que ser conservado, sino transformado. Y también que la felicidad del hombre depende en buena medida de ese mundo en el que él se modela. El mundo que se dibuja en la isla imaginada de Utopía es a la vez denuncia del mundo en que se vive y promesa de lo que cabe esperar.

Se trata de una promesa que encierra un proceso que nunca acaba. Toda realización concreta, toda materialización de un pensamiento, permite imaginar una realización más perfecta… Y también incluye que un mundo peor también sea posible.

Con el tiempo esas visiones se transformarán en ideología, una construcción mental que expresa las aspiraciones e intereses de las élites intelectuales y económicas de la sociedad europea. En esa ideología del libre pensador, de las luces de la razón, se forma la nueva fe que desplaza a la fe cristiana. Es la llamada Modernidad.

Y esa nueva fe se transformará en el programa político que moverá a la revolución que organizará una sociedad nueva y mejor. Una sociedad en la que impere la razón, la igualdad, la fraternidad, la libertad y la justicia entre los hombres.

Al igual que la razón puede conocer las leyes de la Naturaleza también ella es apta para organizar la sociedad y crear las instituciones que faciliten el bienestar y la convivencia social. Además, las ideas que tejen esa ideología son como extensiones de ideales cristianos, ideales que estaban ya presentes en esa isla perfecta.

La razón capaz de construir esa sociedad comporta una voluntad de llevar a cabo su proyecto. Esa razón es el instrumento que debe orientar la ciencia, la educación, la economía, la técnica, las instituciones, las leyes…en la formación de ese hombre nuevo. Los ilustrados son el nuevo clero que orienta al pueblo y la masonería la nueva iglesia que gobierna en las sombras la sociedad y la nutre con las ideas que den forma a su pensamiento.

Estos son los medios pacíficos. Pero, convencidos de la verdad de sus ideas progresistas, la oposición a esas ideas solamente puede provenir de la ignorancia o la mala fe; queda así justificada la fuerza o la violencia ejercida contra los opositores.

Estando claro el diseño de la sociedad que considero justa,  no hay que esperar a que todos los miembros de la sociedad lo comprendan y acepten. Se impone la necesidad de la Revolución, palabra que se vuelve equivalente al Mesias Prometido del pueblo de Israel. Hacer la Revolución es como limpiar el terreno sobre el que se levante la nueva sociedad.

La Revolución Francesa fue el primer ejemplo. Allí donde se proclamaba la libertad, la legalidad y la fraternidad, imperaba el miedo, la guillotina y el genocidio de La Vandée. De allí saldría la producción industrial, los suburbios donde malvivía el proletariado, la lucha de clases, las grandes fortunas y los adelantos científicos y tecnológicos que permitirían mejorar la vida de los seres humanos.

La labor humana, guiada por la ciencia, se orienta a proporcionar cada vez más medios para satisfacer los deseos humanos. Deseos muy variados e infinitos, pero que en su satisfacción ponen los hombres su felicidad. Por la posesión de esos medios se lucha y se teme. Generan diferencias y miedo a perder lo ya logrado. Se busca tener y seguridad en la conservación de lo que se tiene. Y son los poderes públicos los encargados de proporcionar esa seguridad.

Tomando sobre sí los poderes públicos la misión de proporcionar la felicidad y seguridad a los hombres, se dotan cada vez de más medios de control y organización de esos hombres, a los que se les hace objetos manipulables. Y eso implica sustraerles su libertad, dejarlo sin lazos humanos, como los que proporciona la familia, anular su capacidad crítica y, en definitiva, privarlos de ser personas.

Si en las utopías se describían sociedades que anunciaban un futuro mejor para el hombre, en el siglo XX lo que encontramos son distopías, advertencias sobre la deshumanización que traerá una sociedad dominada por la razón y una ciencia al servicio de los poderosos.

Ya Goya había advertido que los sueños de la razón engendra monstruos, y monstruosas fueron las guerras que siguieron a la modernidad.

La novela Nosotros, de Yevgeny Zamyatin, publicada a principios de los años 20 del siglo pasado, nos advierte adónde nos puede conducir una sociedad totalitaria altamente tecnificada: a la deshumanización del hombre.

El autor ya no es humanista conocedor de los clásicos griego y latinos, sino un ingeniero que trabajó en unos astilleros ingleses y admiró en sus años jóvenes el comunismo.

La sociedad que describe ya no está en un lugar imaginario del mundo que se está descubriendo. “Nosotros” nos habla de un mundo futuro, allá por el siglo XXVI. Un mundo en el que el “yo” ha sido sustituido por el “nosotros”, donde no existe vida privada y en el que todos están sometidos a la autoridad del “Protector”. Se trata de un mundo de acero y cristal en el que las personas son números. Uno de esos números, D-503, ingeniero encargado de construir la nave que expanda por el universo el imperio de la razón, mira por donde se enamora de otro número, la I-330, creo. En una sociedad tal, enamorarse es una traición a ese mundo totalitario. Ese es el mundo al que apunta la Revolución Rusa, pero también el mundo capitalista y las ideologías que pretenden decidir sobre todo (de ahí lo de totalitarismo) lo que concierne al ser humano en nombre de su felicidad.

A la distopía o contra utopía expresada en nosotros siguieron otras, como “El mundo feliz de Huxley, o “1984” de George Orwell, o “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury, y muchos otros títulos que muestran el desengaño de esa Modernidad y advierten de la deshumanización a que conduce una sociedad cada vez más tecnológica y totalitaria.

El cielo prometido por las utopías se vuelve un infierno cuando es administrado por la voluntad de unos pocos muy poderosos que se sienten dioses. El progreso proporcionado por la ciencia y la tecnología no ayuda a dar significado y sentido a la vida humana y puede volverse contra el propio hombre.

Pero si las utopías se destinaban a los dirigentes de los pueblos europeos, las distopías son una advertencia al pueblo y que les exige desarrollar un pensamiento crítico frente a las “bondades” que ofrece el progreso. 

Nos recuerdan esas distopías la fragilidad humana y que la historia no puede ser clausurada, como pretendió Francis Fukuyama en 1992 con su artículo “El fin de la historia”, a raíz de la caída del bloque soviético.

La historia sigue abierta...

martes, 14 de julio de 2026

LA MODERNIDAD COMO PROCESO DE SECULARIZACIÓN DEL CRISTIANISMO


1. La modernidad es el proceso de secularización creciente del cristianismo. La modernidad no es una nueva religión ni otra religión que ha invadido y sobrepuesto a la que ya había. Si así hubiera sido, se habría producido una resistencia, una guerra al invasor. No. Es la forma que paulatinamente va adoptado la religión profesada socialmente. Por eso hay formas que se conservan, aunque cambien su significado. Por eso los creyentes en la fe que se seculariza tolera bien los cambios de significado, aunque eso cambios contengan las semillas de una vida que destruirá esas creencias que se profesaban.

2. La cristiandad que se seculariza ya no es la misma en todo el ámbito territorial donde está asentada. Hay una cristiandad católica, una cristiandad luterana, una cristiandad calvinista, una cristiandad anglicana, etc. Si queremos simplificar, hay como dos grandes ámbitos cristianos: el católico y el protestante. El católico quiere ajustar la nueva mentalidad a la tradición, y el protestante, como no encuentra una autoridad que se lo impida, se adentra más decididamente en las nuevas ideas. Naturalmente en uno y otro lado hay grupos que disienten de la corriente mayoritaria.

3. DIOS, como centro al que gravitan los esfuerzos humanos, se va entendiendo como Razón. Ella es la guía de nuestra conducta y la que hay que rendir cuentas de nuestros conocimientos. Debemos conocer sus posibilidades y sus límites para servirnos eficazmente de ella. Las filosofías de los siglos XVII y XVIII prestan una especial atención al estudio del entendimiento humano. Nada más hay que leer los títulos de las obras de los principales filósofos de esos siglos: Descartes, Discurso del método; John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano; Leibniz, Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano; Hume, Investigación sobre el entendimiento humano; Condillac, Ensayo sobre el origen de los conocimientos humanos; Kant, Crítica de la razón pura; etc.

Si los grandes autores medievales trataban de conocer la naturaleza y voluntad de Dios, ahora la atención está puesta en algo más cercano y práctico: la razón humana.

4. La ESPERANZA adopta ahora la forma de progreso. La preocupación por la salvación personal se vuelve algo más colectivo, social. El hombre con su razón podrá ir descubriendo las fuerzas que mueven la naturaleza para ponerla a su servicio y satisfacer sus deseos. La razón nos provee de los medios para modelar el mundo de acuerdo con nuestras necesidades y propósitos. Y eso es el progreso y la riqueza: disponer de los medios que puedan hacer realidad nuestras ambiciones.

5. La CARIDAD se transforma en fraternidad, solidaridad. Todos los seres humanos somo iguales y los logros que el esfuerzo colectivo consigue con su razón deben llegar a todos. El Paraiso que el progreso promete debe poder ser disfrutado en este mundo y por todos.

6. Con todo ello se va imponiendo una forma de pensar instrumental, calculadora, dominada por la cuestión de cómo lograr aquello que queremos. Una mentalidad que necesita reducir la realidad a cantidad, que es lo que permite su control y dominio.

Una mentalidad que deja en la sombra una forma de pensar especulativa, meditativa, contemplativa, centrada más en los fines, en el qué es aquello que se pretende y da sentido a la vida.

7. Esta nueva forma de cultura cristiana se presenta como más humana y liberadora. Sin embargo, la realidad social siguió otros caminos: la humanidad conoció enfrentamientos, masacres y genocidios de una magnitud inédita. La Revolución Francesa, en nombre de la libertad, ejecutó a miles de personas que disentían de ella y llevó la guerra a toda Europa. El trabajo en las fábricas y minas se volvió inhumano, la Gran Guerra Europea experimentó nuevas armas de exterminio, la Revolución Rusa fue una máquina de eliminar disidentes, el nacismo sumió a Europa en la crueldad más abyecta… Para qué repasar todo ese siglo XX.

8. ¿Podemos decir que hemos superado los horrores vividos?

Hoy nos encontramos en la llamada Cuarta Revolución Industrial. La digitalización total, la Inteligencia Artificial, la robótica, la ingeniería genética, toda esa tecnología tan útil y poderosa, se muestra como una máquina que ha agotado el combustible metafísico que la movía y sume a la sociedad en la pérdida de lo humano.

La secularización no solamente fue un movimiento de liberación de la ignorancia, la superstición y el dominio clerical. Los nuevos amos recubrieron sus ambiciones con vestidos muy atractivos, pero debemos seguir esforzándonos por recuperar aquel pensamiento contemplativo que dé sentido a las posibilidades que ha logrado la tecnología.


miércoles, 27 de mayo de 2026

PENTECOSTÉS

 

La festividad de Pentecostés es la culminación de la Pascua, la celebración de la resurrección de Cristo. Es la fiesta que muestra la realidad del Espíritu Santo, ese que ofrece como regalo, como don, disposiciones permanentes en el hombre para seguir los impulsos inspirados por el Espíritu de Dios. He aquí esos dones que se dieron plenamente en Cristo y que hace a los cristianos que los reciben dóciles a la inspiración divina.

Son siete: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.

Así los anunciaba el profeta Isaías.

"Saldrá un retoño del tronco de Isaí, y de sus raíces brotará un renuevo. Descansará sobre él el Espíritu de Yahvé; espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y temor de Yahvé. Y su deleite será en el temor de Yahvé; no juzgará según lo que ven los ojos, ni fallará según lo que oyen los oídos, sino que juzgará a los pobres con justicia, y fallará con rectitud en favor de los humildes de la tierra... La justicia será el cinturón de sus lomos".(Isaías 11:1–5) 

No se trata de virtudes adquiridas por el esfuerzo humano, sino inspiraciones de lo alto cuya naturaleza le es difícil de describir incluso por aquel que ha recibido ese don.

"El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido de Espíritu". (Jn3,8)

Lo que mueve al hombre ya no es el deseo de adquirir una determinada virtud, sino de abrirse, disponerse para dejarse empujar por esa fuerza que no proviene de él. Para nuestra mentalidad resulta difícil admitir que además de nuestras fuentes de conocimiento ordinarias (los sentidos y la razón) existe también la revelación.

Creo haber leído que Monseñor Munilla, obispo de Orihuela, se servía de una comparación para entender la diferencia entre los dones del Espíritu y el trabajo para adquirir ciertas virtudes. Era la diferencia entre navegar remando y navegar a vela. Me pareció muy sugerente.

El remero ha de estar fuerte, entrenarse para adquirir resistencia, tener disciplina, etc. Sabe que el avance de la barca depende de su fuerza. Todo ello muy meritorio. Pero quien navega a vela sabe que la fuerza no le viene de él, sino del viento. Debe estar muy atento para ver de dónde sopla, adaptarse a él, atender a lo que su dirección e intensidad pide que haga. Y pide para que le sea propicio. Eso le exige recogimiento, concentración que pone orden a la imaginación y los automatismos intelectuales que nos hacen que nuestra mente esté ocupada pasando continuamente de una cosa a otra. Una actitud de escucha, y eso exige silencio, con la mente volcada voluntariamente y en paz hacia aquello que le proporciona la fuerza a la nave.

Pentecostés es un día para enfocarse en ese don del Espíritu que se prometió a los apóstoles y sigue sosteniendo a la Iglesia que a partir de Él se formó.




jueves, 30 de abril de 2026

ESTAR EN EL LADO CORRECTO DE LA HISTORIA

Cuando alguien dice "que está en el lado correcto de la Historia" nos está diciendo de forma un tanto retórica que su opinión es la correcta y que el tiempo le dará la razón aceptando lo que él dice. Ellos están en la realidad que el tiempo, que es el que todo lo sabe, acabará mostrando.

No sorprende que consideren que el tiempo les dará la razón, pues en el fondo se tienen a sí mismos como los hacedores del tiempo, es decir, los hacedores de la Historia. Ven la Historia como una corriente continua de dirección y sentido únicos y cuya meta será el triunfo de la justicia, la libertad e igualdad entre todos los hombres. Se trata de un proceso irresistible hacia esa meta. El motor de la Historia es ese futuro con el que todo hombre sueña y tira de ellos.

En esa concepción la Historia ya no es maestra de vida, un conocimiento que nos ayuda a tomar decisiones y evitar repetir errores, sino aquella intuición de por dónde irán las cosas en el futuro. Paradójicamente están en el lado correcto de la Historia los que la niegan, pues ella representa lo ya superado, y que sólo cuenta como curiosidad o justificación del futuro que se desea. Para ellos la Historia es una construcción ideológica que justifica determinada acción política.

La creencia sobre los lados correctos e incorrectos de la Historia va ligada a la idea de "progreso" que empezó a ser común a partir de la modernidad, allá por el siglo XVIII en Europa. Los éxitos logrados por las ciencias de la naturaleza se trasladaron al resto de la vida social, lo que prometía una mejora constante de la Humanidad. Hegel concibió la Historia como un proceso gradual de liberación del hombre de la ignorancia. En Marx la Historia es aquel mecanismo que mueve dialécticamente la lucha entre oprimidos y opresores hacia una paz final: el paraíso comunista, en el que reinará la libertad y la justicia para todos. En Comte... No es necesario seguir poniendo autores, pues la idea de progreso es un elemento configurador de la mentalidad moderna.

De ahí que sean los grupos de izquierdas, autoproclamados progresistas, los que se consideren situados en el lado correcto de la historia. Y esto es equivalente a estar en posesión de la verdad, lo que los legitima para imponer su concepción de la vida y su visión política y económica.

Pero todo eso es una magna abstracción que deja a un lado el carácter limitado del conocimiento humano, su condición temporal, la presencia del sufrimiento y la enfermedad entre los hombres... Solamente al final de los tiempos estaremos en condiciones de distinguir el trigo de la cizaña, de poder distinguir qué lado era el correcto e incorrecto de la Historia.

En todo momento estamos en una encrucijada en la que cuentan tanto el conocimiento del pasado vivo en la memoria como nuestras expectativas sobre el futuro. Son ellos los que configuran nuestro presente. Como adelanto y guía sólo disponemos la que nos dejó Aquel que llegó en la plenitud de los tiempos.




miércoles, 26 de noviembre de 2025

EUROPA FRAGMENTADA

 

Los deseos de paz y unidad expresados en la mentalidad de los humanistas fueron negados en la realidad por los enfrentamientos y guerras entre los pueblos europeos.

Proliferaron las llamadas guerras de religión, pero la religión era la cortina ideológica que ocultaba otros motivos, fueran estos políticos, económicos o culturales. Los lazos de unidad que antaño crearon ese espacio de la Cristiandad se rompieron y dieron lugar a la formación de los estados modernos, luchando por encontrar una identidad propia, reproducción a pequeña escala de los poderes centralizados a los que combatían.

Ya fuera la Guerra de los Treinta Años en el interior del Sacro Imperio Romano Germánico, la Guerra de los Hugonotes en Francia o la rebelión de los Países Bajos contra España, todos esos conflictos buscaban la legitimidad de las nuevas monarquías y la cohesión interna de los territorios que dominaban.

Ciertamente amplios territorios permanecieron fieles al Papa y, capitaneados por España, intentaron mantener la fe católica. El Concilio de Trento significó un cierto reordenamiento del mundo católico, pero al mismo tiempo el reconocimiento de su incapacidad para devolver la unidad espiritual a Europa.

Los reyes y príncipes surgidos de las turbulencias post renacentistas legitimaron su poder y autonomía en ser los garantes del orden y la estabilidad en sus territorios. Ellos representaban los intereses nacionales, y esos mismos intereses respaldaban la centralización institucional y el fortalecimiento de las estructuras administrativas que afirmaban el poder de los monarcas sobre sus territorios.

Los tratados de la paz de Westfalia (1648) fueron los acuerdos entre los actores de estos conflictos que sancionaban el reconocimiento de la autonomía de cada estado en el nuevo orden europeo. Así se ponía fin a la Guerra de los Treinta Años en Europa y la Guerra de los Ochenta Años entre España y los Países Bajos. En esos tratados se buscaba un equilibrio de poder y convivencia armoniosa entre las distintas confesiones religiosas.

En realidad, creo, que más que una paz se trataba de una tregua dictada más por el cansancio que por un entendimiento de la situación.

Los pedazos de esa Cristiandad rota obligan a una política de alianzas y enfrentamientos entre los diferentes estados, de acuerdo con los intereses de los que detectan el poder.

Sorprendentemente esa ruptura de la unidad no significó un estancamiento en el crecimiento de esos territorios. La imprenta facilitó la difusión de ideas, debates y pensamiento humanista en medio de los conflictos entre poderes. Los centros urbanos, las universidades y los círculos intelectuales eran focos de discusión de dogmas y fuente de nuevas interpretaciones de la fe. Y así es como va emergiendo una nueva figura humana: el burgués enriquecido y el libre pensador, los llamados a ser protagonistas en el siguiente paso del devenir europeo.

¿Quién perdió en las guerras de religión? Aparentemente la fe. O si se quiere, la Iglesia Católica como institución que encarna la unidad de la Cristiandad. Ella ya no ofrece un soporte seguro en el que apoyarse en las zozobras espirituales. También las diversas iglesias nacidas de ese alejamiento de la Iglesia Católica tendrán un destino similar, aunque temporalmente puedan ofrecer el soporte subjetivo de una comunidad cristiana entusiasta.

¿Quién ganó en las guerras de religión? Aparentemente la razón. O si se quiere la visión laicista de la vida. En ella pondrá el hombre su esperanza (o justificará sus ambiciones). Así como en la Cristiandad se negaba en la tierra el cielo que prometía, en la Europa nacida del Humanismo también se negaba en la tierra el Bien que la Razón aseguraba.

 

miércoles, 29 de octubre de 2025

EL HUMANISMO Y SUS PARADOJAS

El humanismo fue el movimiento intelectual que sustituyó a los clérigos en la dirección espiritual de la Cristiandad. Sus representantes eran laicos eruditos cuyas ideas ya no se inspiraban solamente en la teología que se impartía en las universidades, sino también en los clásicos griegos y romanos. Sus pensamientos ya no estaban exclusivamente orientados en llevar al hombre a Dios, sino en justificar la construcción de un mundo a medida del hombre.

Dicho de otro modo: el humanismo era expresión del nuevo espíritu que asomaba en el horizonte cultural de la Cristiandad. La siembra de sus ideas pretendían un mayor desarrollo del hombre y una mayor armonía en la sociedad.

La Cristiandad era ese espacio en el que tras la labor de los monasterios, las sedes episcopales, las universidades y conventos habían logrado que los hombres vieran, en ese espacio, como lo más natural del mundo ser cristiano. Creo que esa unidad espiritual dio la seguridad necesaria para que prosperaran las ciudades por el trabajo de los hombres y el comercio. Los teólogos eran los sabios que tenían la última palabra sobre los problemas que enfrentaban a los hombres. Y también los que daban fundamento a la forma de organizarse la ciudad.

Santo Tomás de Aquino puede figurar como el máximo exponente de ese saber teológico que orientaba la vida de los hombres. En su obra parecían resueltas todas las preguntas que el hombre se hacía sobre su destino sobrenatural.

Pero los intereses de los hombres que decidían en ese ámbito habían cambiado. Esa misma properidad que facilitaron las instituciones religiosas hicieron posible la aparición de la burguesía, una clase social rica e influyente que se movía en los problemas de este mundo. Esa clase representa el paso al primer plano de la voluntad, inclinada a hacer y a afirmarse así misma.

Ahora se valora la libertad, la razón, como instrumento para lograr lo que se desea, y la experiencia propia. Todo eso hace que la autoridad religiosa tradicional aparezca como algo que oprime la voluntad humana, que la limita en sus aspiraciones. La afirmación de la libertad humana hace que se traduzca en los reyes, príncipes y nobles de la Cristiandad en oposición a Roma.

Las ideas de Martín Lutero en Alemania o Juan Calvino en Suiza, por ejemplo, cuestionaban la autoridad del Papado y preconizaban una vuelta a las fuentes bíblicas como fundamento de la fe y luz que inspirara las prácticas religiosas de las comunidades cristianas. No les fue difícil dar credibilidad a sus ideas dada la distancia que en Papado y alto clero había entre lo que predicaban y lo que vivían. Además contaron con la imprenta como instrumento que facilitó que estas ideas se extendieran rápidamente por buena parte de la Cristiandad.

Esas nuevas visiones del cristianismo ayudaban a dar cobertura intelectual a las ambiciones de los príncipes y monarcas de la época que vieron en ellas la oportunidad de afirmar su independencia respecto a Roma y consolidar su poder en el ámbito nacional. Se abría el camino a los absolutismos y los nacionalismos.

En este contexto de fragmentación doctrinal del cristianismo, también en Inglaterra surge otra ruptura respecto a la autoridad de Roma: bajo el reinado de Enrique VIII se crea otra iglesia nacional, la iglesia Anglicana. Una nueva iglesia que no solamente responde a los intereses personales del monarca, sino también al deseo de autonomía y libertad de decisión frente a la tradición religiosa establecida.

Así, el siglo XVI se caracteriza por una fragmentación del mapa religioso de la Cristiandad, donde la diversidad de creencias y la búsqueda de nuevas formas de organización eclesiástica sustituyen a la unidad doctrinal que había caracterizado la Edad Media.

Europa será esa Cristiandad fragmentada. Y esos fragmentos reproducían, intensificados, los defectos de aquella unidad originaria y que pretendían corregir. El dogmatismo de las nuevas religiosidades conducían inevitablemente a las guerras de religión que padeció Europa en los siglos XVI y XVII.

Tal vez la pretensión era “reformar” la Iglesia, mejorarla, pero lo logrado fueron “otras” iglesias con otras formas de entender la liturgia, los sacramentos, la vida religiosa y todo lo que configuraba la Iglesia que abandonaban.

Y esa es la paradoja: la voluntad, finita, afirmada a sí misma como la verdad, endiosada, no puede subsistir más que eliminando a las otras voluntades, asimismo finitas.