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viernes, 10 de abril de 2020

ACERCA TALES DE MILETO


Se conocen como filósofos presocráticos a aquellos pensadores griegos que iniciaron un camino intelectual que con el tiempo se conocería como filosofía. Lo de presocráticos es una denominación académica que hace referencia a “anteriores a Sócrates”, pero no todos lo fueron, como en el caso de Demócrito; también Anaxágoras y Empédocles fueron contemporáneos de Sócrates. Quizás una de las características compartida por todos ellos fue su interés por la Naturaleza.
De ninguno de ellos nos han quedado obras escritas. Lo que de ellos sabemos lo sabemos a partir de noticias y fragmentos.
Llamamos noticias a las referencias que de estos pensadores hacen otros autores posteriores.
Los llamados fragmentos son citas que de estos pensadores hacen también otros autores posteriores. Como excepción, se podría señalar que a finales del siglo XX se reconstruyó un papiro conservado en Estrasburgo que contenía un pasaje amplio de una obra de Empédocles, lo que permitiría conocer algo de uno de estos presocráticos de forma directa.
De Tales de Mileto (aprox. 624 – 546) no hay fragmentos. Probablemente no escribió nada. Pero la abundancia de noticias

que de él nos ha transmitido la antigüedad nos permite imaginar la grandeza de su persona. Por esas noticias sabemos que nació aproximadamente hacia el año 624 a.C en Mileto, una colonia griega en las costas de Anatolia, en la actual Turquia. Debió morir hacia el año 546 aC.
Esas noticias nos lo presentan como político, astrónomo, físico, ingeniero, matemático y filósofo. Parece ser que viajó por Egipto y Caldea, de donde se trajo valiosos conocimientos científicos. En la República de Platón se da la noticia de que fue educado por sacerdotes en Egipto.
Quizás una de las cosas que más fama le dieron fue, según refiere Heródoto (aprox. 484 – 425), la predicción que hizo de un eclipse solar. También cuenta el mismo Heródoto que ayudó al ejército de Creso a vadear el río Halis desviando su curso.
A pesar de lo inseguras que pueden ser las noticias referidas a sus descubrimientos, su reputación de sabio fue siempre indiscutible, hasta el punto que su nombre aparece siempre encabezando la lista de los legendarios siete sabios de Grecia.
Se le considera el primero que se dedicó a lo que, andando el tiempo, se autodenominaría filosofía. Tales está, en occidente, en los umbrales de ese tiempo que Karl Jaspers llamó el “tiempo-eje”.
En su obra “Origen y meta de la Historia” , Jaspers vio que en el periodo que va entre el año 800 y 200 antes de Cristo se dio un cambio de orientación de espíritu humano tanto en Occidente, como en la India o China. Casi simultáneamente en esos tres ámbitos geográficos se ponen las bases de la forma de entender lo humano como lo entendemos hoy. En Occidente serán los presocráticos, filósofos y científicos griegos, como Arquímedes, los profetas de Israel, como Elías, Isaías y Jeremías, en Irán el zoroastrismo. En la India, el brahmanismo o el budismo, y en China, el taoísmo o el confucionismo.
En estas tres zonas aparecieron hombres que elevaron el pensamiento a la totalidad del ser, de ellos mismos y sus límites. Fueron como las fuentes de donde partieron las corrientes que configuraron el pensamiento actual.
Volvamos a Tales de Mileto.
Según Aristóteles (384 – 322), Tales afirmó que todo se originó en virtud del agua y que todo estaba lleno de dioses. El agua o lo húmedo es el principio a partir del cual se generan todas las cosas. Esta noticia de Tales nos las da Aristóteles en sus obras de la Metafísica, Acerca del cielo o Acerca del alma. Pero Aristóteles procura puntualizar que no conoce eso de primera mano. Dicen que dijo Tales
Sin entrar ahora en las interpretaciones que pueden darse sobre estas afirmaciones atribuidas a Tales, tal vez lo que a él le asombraba es que por todas partes brilla esa presencia de la Naturaleza, fuente de todo cuanto hay. . En todo está presente esa Naturaleza  que se oculta bajo diversas formas, y de ella brotan y a ella regresan todas las cosas.
Diógenes Laercio, de cuya vida tampoco se sabe mucho con seguridad y que vivió en el s. III (d.C.), dice en su obra “Vidas de filósofos ilustres”, que preguntado Tales sobre quién era el más sabio, respondió que “el más sabio es el tiempo, porque todo lo descubre”. Si dijo esto o no, no lo sabemos, pero la sentencia es digna de consideración. ¿Acaso no es el tiempo el que descubre el alcance de las ideas, las intenciones de lo dicho y la naturaleza de las cosas?. Todo lleva marcado el sello del tiempo. Y tan abundante se hizo que nunca se agota.
Nuestra época se caracteriza por ser escrupulosa en la medida del tiempo. Nunca se habían desarrollado tanto los instrumentos de medida del tiempo, para su medida exacta. Es muchísima la gente que vive a las órdenes del reloj, por lo menos en el llamado mundo desarrollado. Sin embargo, eso no significa que su conciencia del tiempo y el carácter temporal de todo sea mayor y mejor que en otras épocas, más bien al contrario. Nos afanamos y apresuramos con todo, como si lo que hay fuera eterno. El medir el tiempo nos ha generado impaciencia, pero no esperanza ni meta a la que dirigirnos.
También refiere Diógenes que preguntado Tales sobre como viviríamos mejor, respondió: “No cometiendo lo que reprendemos en otros”. Así lo creo yo también, pues no falla tanto en el hombre el conocimiento del bien como su voluntad para hacerlo. Tal vez sea por eso que hay tantos dispuestos no solamente a mejorar y enderezar la conducta de los otros, sino hasta de la sociedad entera. Y por la misma razón tantos dispuestos a escucharlos y seguirlos.
Creo que esto se podría relacionar con lo que Tales respondió a quien le preguntó qué cosa es fácil: “Dar consejos a los otros”, dijo Pues entre conocer lo que se debería hacer y hacerlo hay un camino a recorrer que exige mucho y constante esfuerzo. Así que no todos los que dicen “Señor, Señor” entran en el reino de los cielos.
Tales hizo muchas cosas y todavía vio más en sus viajes. Y debió meditar largamente sobre lo que hizo y vio, y eso le proporcionó aquella sabiduría que sirvió de referencia para sus contemporáneos y también la posterioridad.

miércoles, 25 de marzo de 2020

SOBRE LA SABIDURÍA…


Volvamos a la cita de Bertrand Russell sobre lo que puede hacer que una civilización científica sea una buena civilización:

“para que una civilización científica sea una buena civilización, es necesario que el aumento de conocimiento vaya acompañado de sabiduría. Entiendo por sabiduría una concepción justa de los fines de la vida. Esto es algo que la ciencia por sí misma no proporciona. El aumento de la ciencia en sí mismo no es, por consiguiente, bastante para garantizar ningún progreso genuino, aunque suministre uno de los ingredientes que el progreso exige”[1] 


Y él nos da su definición de sabiduría. Nos dice que es algo que la ciencia no nos puede dar, pero que uno puede concebir según unos fines justos… ¿Con qué criterios decidiremos que son justos? ¿Puede el hombre con las solas fuerzas de su razón llegar a esa concepción justa?...
Los autores que iniciaron el pensamiento filosófico entendían la sabiduría de otro modo. Veamos.

Cuenta Diógenes Laercio en su obra “Vidas de filósofos ilustres” la siguiente anécdota, a propósito de Tales, uno de los llamados siete sabios de Grecia:
“Fue el caso que ciertos jóvenes jonios compraron a unos pescadores de Mileto un lance de red[2], y como en ella sacasen un trípode[3], se movió controversia sobre ello, hasta que los milesios consultaron el oráculo de Delfos, cuya deidad respondió:
¿A Febo preguntáis, prole milesia,
cuyo ha de ser el trípode?. Pues dadlo
a quien fuese el primero de los sabios.
Diéronlo, pues a Tales; Tales lo dio a otro sabio; este a otro, hasta que paró en Solón; el cual, diciendo que ‘Dios era el primer sabio’, envió el trípode a Delfos [= Apolo Délfico]”[4].

Esto mismo nos viene a decir Aristóteles cuando afirma que “su posesión [la de la sabiduría] podría con justicia se considerada impropia del hombre. Pues la naturaleza humana es esclava en muchos aspectos; de suerte que, según Simónides, «sólo un dios puede tener este privilegio», aunque es indigno de un varón no buscar la ciencia a él proporcionada” (Met 982b 30).

Dios es el primer sabio, el más sabio: es a él a quien compete, propiamente, la sabiduría. Forma parte de nuestra idea intuitiva de Dios el verlo como suma sabiduría, omnisciente.
 Frente a la sabiduría de Dios, el hombre se caracteriza por no-saber. No es que el hombre no sepa nada, sino que su saber es precario. Aquello que sabe le revela algo, pero no todo. De ahí que pueda sacar conclusiones erróneas. Por eso, frente a Dios, el hombre se sabe constitutivamente ignorante.
Ahora bien, todo aquello que constituye al hombre es posibilidad, algo que puede ser aceptado y asumido, o no. ¿Qué significa esto?
En primer lugar, que puede el hombre ignorar su propio no-saber, vivir de espaldas a él, no darse cuenta de sus carencias. Es decir, dispone de “saberes” ha adquirido bien por enseñanza de los otros o por experiencia propia, y los acepta pasivamente. Estos saberes conforman su mundo, dentro de cuyo círculo se mueve y desarrolla su vida. Un vivir en el que su no-saber está como olvidado por no poderlo ver.
Pero también puede caer en la cuenta de la precariedad de su saber, saber que no sabe. Esto es la filosofía: asumir ese no. Y desde el preciso instante en que uno asume ese no-saber crea la distancia necesaria para interrogarse sobre lo que presuntamente sabe. Interrogación que adopta la concreta dirección de buscar el fundamento de lo que se cree saber, aquello que soporta su juicio sobre las cosas. Porque sin fundamento el discurso (logos) no puede ser consistente, no puede cumplir su misión, que es la de manifestar lo que, realmente, hay.
Y esto nos descubre que asumir, aceptar, ese no saber es una forma de pertenecer a la sabiduría. No la poseemos, pero nos posee; que entre la precariedad del saber del hombre y la pura sabiduría hay una relación de de armonía, de amistad. Esta relación es lo que expresa el término “philos”, de filosofía.
Al mismo tiempo, este saberse perteneciendo a la sabiduría muestra la distancia que nos separa de ella. De ahí que esa asunción se transforme en anhelo, en deseo que señala una tarea inagotable, infinita, de conocimiento.
[Tal vez pudiera establecerse un cierto paralelismo con lo que ocurre con la felicidad. Somos más o menos felices, pero nuestra felicidad es una felicidad precaria; la felicidad está más allá de nuestras parciales felicidades; pertenecemos a ella como anhelo, como deseo, como amantes de la felicidad]
Ahora bien, este no-saber no es una simple carencia, sino que proporciona una clara noción de saber que permite el examen crítico de los supuestos saberes y decidir en qué medida se acercan a la verdad.
Sócrates, consciente de no saber, para comprobar la afirmación de la pitonisa de que no había nadie más sabio que él, examina los distintos saberes que se encuentra: el de los que se creen sabios, los sofistas, la de los poetas inspirados y el de los artesanos. Y su ignorancia nacida de esa clara noción de sabiduría le permite encontrar las preguntas adecuadas para examinar el saber del que hacen gala los tenidos por sabios.
Y encuentra que saber de los sofistas es mera presunción. Se trata de un discurso levantado sin fundamento que no puede dar cuenta de él.
Los poetas dicen algunas cosas realmente bellas y verdaderas, pero éstas no proceden de la sabiduría alcanzada por ellos, sino de la divinidad; animados por las dotes que en sí mismos ven, se creen sabios y capacitados para hablar de todo, pero en realidad no entienden ni aquello que han dicho bajo inspiración. En cuanto a los artesanos, su saber se ve oscurecido al creerse capacitados para hablar de cosas que iban más allá de su oficio.
La asunción de nuestro radical no-saber nos abre dos posibilidades:
a) la investigación sin término de la realidad para ir conquistando parcelas de saber
b) y la de escucha y contemplación de la realidad, haciéndole espacio para que se manifieste en nosotros.

Ambas posibilidades son compatibles. Y ambas nos muestran nuestra pertenencia a esa divinidad a la aspiramos y para la que estamos hechos.
Es lo que nos decía San Agustín en Las Confesiones: “nos has hecho para Vos y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Vos”.



[1] RUSSELL, Bertrand. La perspectiva científica, 9. Barcelona, 1969.
[2] Es decir, toda los peces que sacasen en un vez que echasen la red al agua.
[3] Un banquillo de oro con tres pies.
[4] Diógenes Laercio. Vidas de filósofos ilustres. (Tr. De J. Ortiz y Sainz), pg.12. Barcelona, 1986.