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jueves, 19 de octubre de 2023

LA FUNCIÓN DE LA FILOSOFÍA A TRAVÉS DE UNA IMAGEN

 


Dijimos que aquellos primeros pensadores de Mileto, Tales, Anaximandro, Anaxímenes y otros encontraron en la Naturaleza aquel fondo que todo lo abarca, de donde todo surge y adonde todo va a parar cuando acaba su ciclo existencial.

Y aquí hay que parar atención en que la Naturaleza no es una cosa, sino la respuesta que esos pensadores encontraron al hecho de la enorme diversidad de cosas que hay y los cambios que en ellas se producen. Todo cuanto hay, directa o indirectamente, procede de esa Naturaleza, siempre la misma, eterna e indestructible, aunque las cosas que ella produce sean cambiantes, temporales y perecederas.

En vistas a entender la función unificadora de esa noción de Naturaleza me gusta acudir a aquello que dijo Unamuno en su obra Del sentimiento trágico de la vida: “la filosofía responde a la necesidad de formarnos una concepción unitaria y total del mundo y de la vida…” Y esa necesidad la entiendo como si el mundo y la vida a la que hace referencia fuese un inmenso montón de diminutas piezas de un puzzle. Tenemos las piezas, las podemos ver, examinar, tocar. ¿Qué nos falta para poderlo montar, para ir encajando esas piezas, colocarlas ordenadamente, hacer que nos muestren el papel de cada una de ellas, etc? Necesitamos disponer de la imagen final de ese puzzle. La visión de ese puzzle montado y ordenado. Sin esa visión manejamos las piezas, las examinamos, probamos de encajarlas, pero nos movemos a tientas como un ciego.

Pero ¿cómo lograr esa visión? Y aquí, creo, se nos abren tres caminos espirituales:

a)    Aceptar que ha habido quienes por una inspiración especial les ha sido revelada esa imagen. Ese es el latido de fondo de toda religión. Eso significa aceptar que hay una voluntad más grande y previa que la nuestra y a la que debemos ajustarnos. Todas esas piezas no son un mero montón, sino fragmentos de un Todo unitario.

b)    Creer que nosotros, a partir de un conocimiento cada vez más preciso de las piezas, podemos formarnos esa imagen. Acepta que todo debe estar relacionado y esas relaciones se van, poco a poco, encontrando a partir del trabajo investigador de la mente humana. Se trata de una vía como más violenta intelectualmente, pero que admite que aquello es un puzzle.

c)    Considerar que esa imagen del Todo es una quimera, que es innecesaria y que esos objetos no son piezas de nada y aceptar la caducidad de nuestra existencia. Es una vía que frecuentemente se toma por desesperación ante las otras vías. Pero esa desesperación, a su manera, dibuja la imagen que pretende negar y que da cuenta de todo.

Pero, en cualquier caso, es una necesidad inherente a la naturaleza intelectual del hombre. En su comportamiento y respuestas a las solicitudes de la vida hay prefiguradas esa visión unitaria y total del mundo y de la vida, de la que hablaba Unamuno, y que siempre ha acompañado al hombre. Los presocráticos la encontraron en su noción de Naturaleza.

lunes, 23 de enero de 2023

DE LA LEY Y DEL DERECHO: UNA CITA


“Si el derecho se fundara en la libertad de los pueblos, en los decretos de los príncipes o en la sentencia de los jueces, entonces sería derecho el latrocinio, derecho el adulterio, derecho la confección de testamentos falsos, con tal que estos actos recibieran los sufragios o la aprobación de la masa. Pues si tanto poder tiene la opinión o la voluntad de los insensatos, como para poder, por sus votos, trastornar la naturaleza de las cosas, ¿por qué no habría de decidir que lo que es malo y dañino se tuviera por bueno y saludable? ¿O peor aún, ya que la ley podría crear derecho de la injusticia, no podría así mismo crear el bien con aquello que es el mal? En cuanto a nosotros, nos es imposible distinguir la ley buena de la mala de otro modo que con la naturaleza como norma… Pensar que todo esto se funda en la opinión y no en la naturaleza es propio de un demente.” (CICERÓN. De legibus, 16, 44) 

jueves, 7 de mayo de 2020

VERDAD, SIGNIFICACIÓN Y SENTIDO.


Existe hoy la opinión, bastante generalizada, de considerar como único conocimiento fiable el que proporciona la ciencia. Una parte del éxito de este tipo de conocimiento se debe a su contribución al dominio de la naturaleza y al bienestar de los hombres. Los descubrimientos en el campo de la Física, la Química o la Biología, por ejemplo, han servido para hacer la vida más cómoda y segura. Pero también ha contribuido a su prestigio el que sus cultivadores hayan logrado el consenso suficiente sobre cómo tratar los problemas que se plantean. Ellos delimitan bien el objeto de su investigación, sujetan sus hipótesis explicativas a un lenguaje riguroso, y los procedimientos para contrastar la veracidad de sus hipótesis son claros y repetibles por cualquiera que reúna las condiciones para hacerlo. Sus resultados pueden ser enseñados, mostrados a otros, bien para ser aprendidos o criticados.
Gracias a esta forma de proceder, la ciencia ha puesto al descubierto una enorme cantidad de fenómenos de la Naturaleza, tanto en el campo de lo microscópico como macroscópico. Conocemos más cosas del universo y de los elementos que constituyen la materia y la vida. La ciencia no solamente nos ha descubierto hechos que escapan a la percepción común, sino que ha ido estableciendo las leyes que regulan esos hechos y ha elaborado teorías con las que se explican amplios campos de la realidad.
El contenido de la ciencia está, pues, formado por las respuestas que los hombres han logrado a cierto tipo de preguntas sobre la realidad. ¿Qué tipo de preguntas? Aquellas que la nuda presencia de las cosas provoca a su inteligencia. Preguntas tales, como saber el porqué de los cambios de la Luna, a qué se debe que los colores del arco iris sean esos y no otros, cómo es que, en ocasiones se producen heladas tardías o cómo enferma su cuerpo y qué remedios pueden sanarlo. Preguntas cuya respuesta exacta le permiten conocer mejor la complejidad de la realidad y pueden ayudarle a tomar decisiones acertadas para su bien.

Ahora bien, esa exactitud se ha ido logrando en la medida que se ha ido eliminando el sujeto concreto que formula la pregunta y la respuesta. Es decir: en la medida que se han ido suprimiendo los sentimientos, creencias, deseos y demás aspectos del yo que conoce. Todos esos elementos son tachados de “subjetivos”, es decir, interferencias en el conocimiento objetivo de la realidad. En la ciencia moderna las dicotomías sujeto - objeto, cuerpo – espíritu, fenómeno – nóumeno, voluntad – representación, etc. se han ido superando por la eliminación del sujeto, el espíritu o la voluntad. Estos elementos parecen estar de más en las explicaciones de las cosas o del actuar humano para la ciencia moderna.
Esta situación del conocimiento puede ser ilustrada por el aforismo 5.631 del Tractatus Logico-philosophicus de Wittgenstein: “El sujeto pensante, representante, no existe. Si yo escribiese un libro titulado El mundo como yo lo encuentro, debería referirme en él a mi cuerpo y decir qué miembros obedecen a mi voluntad y cuáles no, etc. Este sería el método para aislar al sujeto o aún mejor para mostrar que en un sentido importante no hay sujeto; precisamente sólo de él no se podría hablar en este libro”. Y no hubiera podido hablar de él porque el sujeto es “el límite del mundo”[1], y, por consiguiente, no entra en él. De ahí que corrija a Russell, el cual entendía el enunciado <<A cree que p>> como la expresión de la relación entre un pensamiento y un hecho; para Wittgenstein <<A cree que p>> tiene la forma <<’p’ dice p>>, donde el primer p es también un hecho, no un objeto simple, un pensamiento, un alma, sino sencillamente, el hecho de decir[2].
Sirva esto de ejemplo de la tendencia a suprimir el sujeto del campo de conocimiento, por más que resulte “profundamente misterioso[3].
Con esta tendencia a eliminar el sujeto, de limitarse a la objetividad, la ciencia (y sus resultados, los enunciados científicos) deviene fáctica, no solamente en el sentido de que trata de hechos, sino que ella misma es otro hecho más. Se da así la paradoja de que ciencia puede producir “verdades”, pero no puede orientar al hombre en su vida. Y no puede porque, por principio, se ha desentendido de él. De ahí que, a pesar de tanta ciencia, el hombre concreto se siente cada vez más confuso y desorientado. Su situación se asemeja a la de aquel a quien le han proporcionado las piezas de un puzzle, sin enseñarle la imagen que le permite montarlo. La racionalidad científica padece de una limitación fundamental: la de no proporcionar al hombre el fundamento que dé unidad y sentido a su experiencia de la vida. La ciencia no proporciona ese fundamento sencillamente porque no puede. Ella nació para saber exacta y fehacientemente lo que hay, en un movimiento de acercamiento analítico a las cosas.

Pero la necesidad de esa imagen que permita interpretar y dar unidad a su realidad es consubstancial al hombre, y la afirma incluso cuando la niega. Cuando declara que “no hay ninguna imagen válida universalmente”, esto ya orienta su pensamiento en la dirección determinada de ver en censura toda respuesta positiva a la unidad de los hechos que hay. También existe la posibilidad de desentenderse de la búsqueda de tal unidad, un vivir “en indiferencia” respecto a aquello que sea el fundamento de su vida. El existir humano, que no puede renunciar a su conciencia, lleva envuelto una opción frente al fundamento unificador de lo que hay.
Todo saber reclama un entender, y esto es distinto de saber. Sabemos muchas cosas que no entendemos. Para entender se precisa una activa participación del sujeto concreto en el saber. Ese activo tomar parte consiste en contemplarlo interrogativamente. Y las preguntas se hacen desde lo que uno es y según sea su estar en la realidad. Aquello que las verdades factuales significan se entiende según las concretas transformaciones de la conciencia de uno mismo, pues es ella la que abarca en una mirada la totalidad de lo que hay. Y esto no se logra sin ejercicio, el ejercicio que significa una vida intelectual[4]. Solamente así las diversas verdades muestran su unidad subyacente y adquieren significado, pues sitúan al sujeto ante la verdad de las cosas. Es esta verdad en singular la que hace posible que las meras cosas adquieran su valor propio, y ocupen un lugar determinado                       en la construcción del sujeto y su mundo.
Y esta construcción no se da arbitrariamente ni en solitario. Se hace en diálogo: diálogo con uno mismo, con los otros, con su tiempo y con su historia. El es la condición para que pueda ser descubierto el significado de las cosas. Y ese diálogo es posible allí donde hay logos diversos, no iguales, aunque si que estén todos en el mismo lado. Un diálogo meramente entre iguales, sin ninguna cualificación, equivaldría a un monólogo a diversas voces: no facilitaría ningún avance. Los interlocutores deben estar cualificados para que las preguntas que mueven el diálogo surjan desde la experiencia del camino explorado. Esto no impide descubrir nuevos caminos, y sí evita tomar caminos equivocados.
El mismo hombre que busca entender a las cosas y a los demás hombres busca también ser entendido, comprendido. Necesita descubrir el para qué de todo ese movimiento de relación con el mundo, con los otros y consigo mismo. De hecho, vive siempre en un para qué, implícito o explícito. Toda su actividad viene acompañada de un sentido. Aun cuando sea la nada su horizonte, lo vive como trascendencia que justifica su forma de estar en el mundo. Y esto tampoco es arbitrario y opcional: es una exigencia del “logos” en que se desenvuelve su vida. Dios es el horizonte hacia el que se mueve su vida, horizonte que se afirma incluso cuando se niega.
Comte interpretó la evolución del pensamiento de la humanidad según la doctrina de los tres estadios. A un estadio mítico-religioso, le siguió un estadio metafísico, y a éste el científico positivo, siguiendo un esquema que iría desde la infancia a la madurez. Aparentemente, la evolución fáctica ha sido así. Pero esta doctrina descuida el hecho oculto esencial de que las ciencias concretas encuentran su fundamento en la Metafísica, y la Metafísica en la religión: solamente a la luz de la religión se entiende su Metafísica, y la luz de la Metafísica, su ciencia. Un hombre maduro que olvidara absolutamente su infancia y su juventud dejaría de ser ipso facto un hombre maduro.
El hombre necesita sustentar su vida en la verdad, que para ser completa necesita tener significado y sentido. Y esto por exigencia de su naturaleza racional.
Decía Alan Watts, “para el liberalismo moderno, la idea de una sociedad espiritualmente unánime parece tan imposible como indeseable”[5]. Pero justamente el abandono de ese objetivo lo realiza, pues todos se han puesto de acuerdo en que no hay tal objetivo común. Y dado el supuesto de que se carece de un objetivo tal, se ha buscado lo común en el campo de los puros hechos, y, como no podía ser de otra forma, lo único común que se ha encontrado es que todos necesitamos alimentarnos, guarecernos, y disponer de ciertas cosas. Es decir, la economía.


A nadie se le puede imponer una determinada concepción de la vida. Comprender el significado y sentido de algo es un acto intelectual individual que se da o no se da. Concluir de ahí que cualquier concepción vale lo mismo que otra es un error. Hoy se entiende el derecho a ser respetado en su pensamiento como el derecho a pensar cada uno según le plazca. De este modo se ha conseguido que prácticamente todos piensen igual: todos dicen lo primero que se les ocurre. Y lo que se les ocurre viene frecuentemente determinado por los creadores de opinión.
El hombre moderno, sin sostén interior, encuentra su justificación espiritual en sí mismo, ya que nadie está en este sentido cualificado para él. En este terreno está sencillamente solo, a merced de la arbitrariedad de sus pensamientos. No solamente no cree en nada, sino que no puede creer. Y esto facilita su manipulación por un sistema que ha hecho de la economía su religión.


[1] L. WITTGENSTEIN, Tractatus Logico-Philosophicus, 5.6
[2] ibid, 5.542
[3] L. WITTGENSTEIN. Notebooks,5/8/16
[4] Por vida intelectual no entiendo nada libresco o lo que sociológicamente se entiende por “intelectuales”. Vida intelectual es relacionarse con la vida en reflexión, cosa que puede hacerse desde muy diversas situaciones humanas
[5] Alan W. WATTS. La suprema identidad, pg.20.Barcelona, 1978




viernes, 10 de abril de 2020

ACERCA TALES DE MILETO


Se conocen como filósofos presocráticos a aquellos pensadores griegos que iniciaron un camino intelectual que con el tiempo se conocería como filosofía. Lo de presocráticos es una denominación académica que hace referencia a “anteriores a Sócrates”, pero no todos lo fueron, como en el caso de Demócrito; también Anaxágoras y Empédocles fueron contemporáneos de Sócrates. Quizás una de las características compartida por todos ellos fue su interés por la Naturaleza.
De ninguno de ellos nos han quedado obras escritas. Lo que de ellos sabemos lo sabemos a partir de noticias y fragmentos.
Llamamos noticias a las referencias que de estos pensadores hacen otros autores posteriores.
Los llamados fragmentos son citas que de estos pensadores hacen también otros autores posteriores. Como excepción, se podría señalar que a finales del siglo XX se reconstruyó un papiro conservado en Estrasburgo que contenía un pasaje amplio de una obra de Empédocles, lo que permitiría conocer algo de uno de estos presocráticos de forma directa.
De Tales de Mileto (aprox. 624 – 546) no hay fragmentos. Probablemente no escribió nada. Pero la abundancia de noticias

que de él nos ha transmitido la antigüedad nos permite imaginar la grandeza de su persona. Por esas noticias sabemos que nació aproximadamente hacia el año 624 a.C en Mileto, una colonia griega en las costas de Anatolia, en la actual Turquia. Debió morir hacia el año 546 aC.
Esas noticias nos lo presentan como político, astrónomo, físico, ingeniero, matemático y filósofo. Parece ser que viajó por Egipto y Caldea, de donde se trajo valiosos conocimientos científicos. En la República de Platón se da la noticia de que fue educado por sacerdotes en Egipto.
Quizás una de las cosas que más fama le dieron fue, según refiere Heródoto (aprox. 484 – 425), la predicción que hizo de un eclipse solar. También cuenta el mismo Heródoto que ayudó al ejército de Creso a vadear el río Halis desviando su curso.
A pesar de lo inseguras que pueden ser las noticias referidas a sus descubrimientos, su reputación de sabio fue siempre indiscutible, hasta el punto que su nombre aparece siempre encabezando la lista de los legendarios siete sabios de Grecia.
Se le considera el primero que se dedicó a lo que, andando el tiempo, se autodenominaría filosofía. Tales está, en occidente, en los umbrales de ese tiempo que Karl Jaspers llamó el “tiempo-eje”.
En su obra “Origen y meta de la Historia” , Jaspers vio que en el periodo que va entre el año 800 y 200 antes de Cristo se dio un cambio de orientación de espíritu humano tanto en Occidente, como en la India o China. Casi simultáneamente en esos tres ámbitos geográficos se ponen las bases de la forma de entender lo humano como lo entendemos hoy. En Occidente serán los presocráticos, filósofos y científicos griegos, como Arquímedes, los profetas de Israel, como Elías, Isaías y Jeremías, en Irán el zoroastrismo. En la India, el brahmanismo o el budismo, y en China, el taoísmo o el confucionismo.
En estas tres zonas aparecieron hombres que elevaron el pensamiento a la totalidad del ser, de ellos mismos y sus límites. Fueron como las fuentes de donde partieron las corrientes que configuraron el pensamiento actual.
Volvamos a Tales de Mileto.
Según Aristóteles (384 – 322), Tales afirmó que todo se originó en virtud del agua y que todo estaba lleno de dioses. El agua o lo húmedo es el principio a partir del cual se generan todas las cosas. Esta noticia de Tales nos las da Aristóteles en sus obras de la Metafísica, Acerca del cielo o Acerca del alma. Pero Aristóteles procura puntualizar que no conoce eso de primera mano. Dicen que dijo Tales
Sin entrar ahora en las interpretaciones que pueden darse sobre estas afirmaciones atribuidas a Tales, tal vez lo que a él le asombraba es que por todas partes brilla esa presencia de la Naturaleza, fuente de todo cuanto hay. . En todo está presente esa Naturaleza  que se oculta bajo diversas formas, y de ella brotan y a ella regresan todas las cosas.
Diógenes Laercio, de cuya vida tampoco se sabe mucho con seguridad y que vivió en el s. III (d.C.), dice en su obra “Vidas de filósofos ilustres”, que preguntado Tales sobre quién era el más sabio, respondió que “el más sabio es el tiempo, porque todo lo descubre”. Si dijo esto o no, no lo sabemos, pero la sentencia es digna de consideración. ¿Acaso no es el tiempo el que descubre el alcance de las ideas, las intenciones de lo dicho y la naturaleza de las cosas?. Todo lleva marcado el sello del tiempo. Y tan abundante se hizo que nunca se agota.
Nuestra época se caracteriza por ser escrupulosa en la medida del tiempo. Nunca se habían desarrollado tanto los instrumentos de medida del tiempo, para su medida exacta. Es muchísima la gente que vive a las órdenes del reloj, por lo menos en el llamado mundo desarrollado. Sin embargo, eso no significa que su conciencia del tiempo y el carácter temporal de todo sea mayor y mejor que en otras épocas, más bien al contrario. Nos afanamos y apresuramos con todo, como si lo que hay fuera eterno. El medir el tiempo nos ha generado impaciencia, pero no esperanza ni meta a la que dirigirnos.
También refiere Diógenes que preguntado Tales sobre como viviríamos mejor, respondió: “No cometiendo lo que reprendemos en otros”. Así lo creo yo también, pues no falla tanto en el hombre el conocimiento del bien como su voluntad para hacerlo. Tal vez sea por eso que hay tantos dispuestos no solamente a mejorar y enderezar la conducta de los otros, sino hasta de la sociedad entera. Y por la misma razón tantos dispuestos a escucharlos y seguirlos.
Creo que esto se podría relacionar con lo que Tales respondió a quien le preguntó qué cosa es fácil: “Dar consejos a los otros”, dijo Pues entre conocer lo que se debería hacer y hacerlo hay un camino a recorrer que exige mucho y constante esfuerzo. Así que no todos los que dicen “Señor, Señor” entran en el reino de los cielos.
Tales hizo muchas cosas y todavía vio más en sus viajes. Y debió meditar largamente sobre lo que hizo y vio, y eso le proporcionó aquella sabiduría que sirvió de referencia para sus contemporáneos y también la posterioridad.

lunes, 9 de marzo de 2020

EL NACIMIENTO DE LA CIENCIA MODERNA...

La ciencia, tal y como hoy la conocemos, no ha existido siempre y en todo lugar. Nació en el seno de ese espacio cultural que se llamó la Cristiandad, allá por los siglos XVI – XVII. ¿Fue casual su nacimiento, es decir, podría haber ocurrido en cualquier otro lugar y tiempo?
Entre los grandes productos del espíritu humano hay que señalar la filosofía griega, el derecho romano y la religión de Israel, destinado a ser “luz de las naciones”. Tres productos que están en las raíces de nuestra civilización occidental. Correspondió al cristianismo absorber esos tres productos en una íntima unidad llena de posibilidades internas. Esa fue la labor de la intelectualidad de la llamada Edad Media.
Fue en ese suelo cristiano que nació y se desarrolló la ciencia moderna. Y si allí nació es porque allí se encontraban los gérmenes de esa nueva y magna formación intelectual que es nuestra ciencia.
Los teólogos medievales se ocuparon extensamente en ordenar y sistematizar la fe, recibida y plasmada en las Sagradas Escrituras, utilizando el pensamiento griego, a Platón y Aristóteles, como figuras cumbre, y en el caso de ese gigante de la teología que fue Santo Tomás de Aquino, a Aristóteles.
De ese esfuerzo y ocupación nació el convencimiento de que el mundo, la realidad, existe objetivamente, es decir, que no depende de nuestros gustos, cultura o deseos. Y esa es una de las condiciones que hacen posible la ciencia: la creencia de que existe un mundo real y objetivo.
Se trata de una condición llamémosle metafísica.
Junto a eso, también se vio como necesario que para que la realidad fuera inteligible, debía regirse por el principio de no contradicción, esto es, que una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo tiempo. La no aceptación de este principio nos llevaría al absurdo. No puedo dar por igualmente válidos los juicios “Ahora estoy escribiendo” y “Ahora no estoy escribiendo”.
Se trata de una condición lógica, de nuestro pensamiento, que a su vez coincide con una condición ontológica, del ser.
[Hay por supuesto otros principios que hacen posible la ciencia y ahora dejaremos a un lado para no perder el hilo de lo que intentamos hacer ver, que es cómo la ciencia fue posible sobre ese terreno roturado por el cristianismo].
Estos principios eran aplicados para establecer las verdades contenidas en las Escrituras, y referidas al hombre. Y en la medida que fueran establecidas serían universales y necesarias, válidas en todo tiempo y lugar, como ocurre hoy con las afirmaciones de las matemáticas o la física, válidas en el Japón o Kenia.
Junto a toda esa aportación helena para el nacimiento de la ciencia moderna está la aportación de la raíz hebrea o judía. Digamos que si los griegos aportaron las condiciones racionales que hicieron posible ese nacimiento de la ciencia, la religión hebrea aportaba la fuerza cultural.
El cristianismo había integrado la creencia del mundo como creación de Dios. La Biblia se nos abre con la afirmación de que “en el principio, Dios creó el cielo ya la tierra”. A partir de ahí nos vamos encontrando afirmaciones que indican que el mundo o la naturaleza son expresión de Dios. Así, por ejemplo, leemos en el salmo 19: “El cielo proclama la gloria de Dios; de su creación nos habla la bóveda celeste”; o en Sabiduría,13: “pues partiendo de la grandeza y la belleza de lo creado se puede reflexionar y llegar a conocer a su creador” etc.
Esa creencia en la racionalidad de Dios, frente a la arbitrariedad pagana del destino, dio fundamento al credo indispensable para hacer ciencia. Esa fe en la racionalidad de Dios se traducía en la fe en la regularidad de la naturaleza. Una naturaleza que ahora se presenta como el otro libro en que Dios se manifiesta, junto al libro escrito de la Biblia.
La novedad en la actitud científica naciente solamente podía surgir en una cultura que reconociera un solo Dios racional y confiable.
Para poder leer esa naturaleza como libro era preciso conocer la lengua en que estaba escrito. Y esa lengua son las matemáticas. Y esa era la aportación de la tradición griega, para quienes la única ciencia  que podía cumplir con los requisitos de necesidad y universalidad era el saber matemático. Y de ahí entendieron el conocimiento como lo deducido de principios elementales, sin valorar el obtenido por el experimento y la inducción.
Pero para que esa ciencia embragara con la experiencia de la realidad era necesario que la observación, por cuidadosa que fuera, incorporara el experimento y la deducción matemática.
La ciencia moderna, en su nacimiento, no surgió como contraria a la religión, sino como una rebelión contra la ciencia helénica, especialmente, la de Aristóteles. Un deseo de liberar el espíritu de las estrecheces que le imponía la pseudociencia natural griega. De hecho, muchos de esos representantes del nuevo espíritu fueron clérigos, y en cualquier caso, cristianos.
Fue la fe en un Dios racional y creador la que abrió la posibilidad de pensar el mundo de otro modo y proporcionar un saber que ha dado como resultado un poder creciente sobre el mundo, aunque no sabemos bien adónde nos puede llevar ese dominio, real o supuesto, sobre la naturaleza.



lunes, 6 de enero de 2020

LA PHYSIS






“Sobre la Naturaleza” es el título que frecuentemente se atribuye a las obras que escribieron los presocráticos. De Aristóteles arranca esa costumbre. Aristóteles también llamó a esos pensadores presocráticos fisiólogos, pues consideró que su principal ocupación fue encontrar la razón de la Naturaleza.
Naturaleza es la forma latina que traduce la palabra griega physis, que a su vez procede del verbo phyo, con los significados de producir, nacer, brotar, surgir, crecer, etc. La physis viene a ser algo así como nacimiento o crecimiento, es decir, aquella fuerza íntima presente en todas las cosas que las hace nacer y crecer. La physis es la esencia dinámica presente en todas las cosas, de la que todas ellas nacen y a la que todas vuelven una vez han cumplido su ciclo existencial.
¿Qué novedad para la vida del espíritu supuso esta noción a partir de la cual arranca eso que ha venido a llamarse filosofía?
Para el hombre antiguo, igual que para el moderno, aquello que es objeto de sus preocupaciones, es el movimiento, la mudanza a la que todo está sometido. Nos inquieta el futuro, pues no sabemos cómo discurrirán las cosas.
Nada hay realmente estable; todo nace un día para perecer otro. Pero no solamente las cosas; también el hombre anda envuelto en esa universal mutación de las cosas y está sometido a la generación y corrupción.
¿Cómo saber a qué atenerse cuando todo, incluida mi vida, está sujeto a continuo cambio? ¿Se podría predecir ese futuro y, de alguna forma, cambiarlo cuando nos parece que no nos será favorable?
Así es este mundo, el de aquí abajo, el de la tierra, aquel en el que el hombre desenvuelve su vida. En él todo es incierto. Y es incierto porque depende de la voluntad superior de los dioses. Otra cosa es el mundo de arriba, el cielo, el ouranós, allí donde habitan los dioses inmortales. Ese mundo de arriba no está sujeto a esos movimientos de generación y corrupción; es estable y permanente y, consecuentemente, fiable.
¿Cómo se relacionan ambos mundos, el de abajo y el de arriba?
 Hay cosas que por su grandeza, su singularidad o su perfección son recipientes del poder de los dioses; son hierofanías, lugares de manifestación de los dioses. La belleza extraordinaria, la fuerza inusual, la especial habilidad para algo, el silencio de la noche, la muerte, etc. sobrecogen y nos hacen ver que hay lo que está por encima de nosotros, son cosas divinas. Son ellos, los dioses, los que generan los acontecimientos de este mundo, en especial aquellos que sobrecogen y deciden el futuro de los hombres.
A los dioses y a los acontecimientos asociados a ellos, el comportamiento es relatarlos, cantarlos, darles culto, comportarse ritualmente. Todo esto constituye un lenguaje mediante el cual el hombre se refiere a ese otro mundo que es sagrado por ser “el habitado por los dioses”. A ese mundo, apela el hombre buscando conformidad en su vida,  protección para el incierto futuro y celebrar los acontecimientos significativos.
Pero aunque no sepa qué va a ocurrir ni qué va a sucederle, el hombre ha de tomar decisiones. Es mediante esas decisiones que el va haciendo su vida. A esto está constreñido por su particular naturaleza. Eso le exige deliberación. Y porque es él, quien deliberando toma las decisiones, puede el hombre responder de lo que hace. Tiene el ser humano el particular poder de entender lo que hace.
Ese poder, al que llamó logos, es particular porque no es ya el simple poder de la psique que anima su cuerpo, sino un poder que le permite dirigir su vida. Gracias al logos el hombre no solamente hace cosas, sino que puede hacerlas bien, es decir, de acuerdo con lo que ellas son de verdad.
Cuando el ser humano delibera acerca de lo que hace y de su mundo, concentrándose en sí mismo, puede situarse por encima de la multitud de sus impresiones y tendencias y ver lo que las cosas son. Y esto le permite tomar decisiones acertadas. A esa potencia de ver del ser humano se la llamó nous. O mente. El logos es aquella palabra que manifiesta lo que la mente descubre.
Y lo primero que la mente descubre, concentrada en lo que hay, es la unidad esencial de todo cuanto existe. El pensamiento actúa como una luz que permite que las cosas emerjan y puedan ser vistas como siendo parte de un todo. Como cuando se ilumina el escenario y se ven entonces las figuras que ocultaba la oscuridad.
Si los sentidos nos muestran las diferencias entre las cosas y, por consiguiente, su pluralidad, la mente nos muestra su unidad de fondo. Y esa unidad es la que hace posible la ciencia, que no consiste sino en ver las relaciones entre las cosas. Relaciones (sean lógicas o analógicas) que pueden establecerse sobre la base de esa unidad de principio de todo cuanto hay.
La ciencia funciona yendo de los hechos a las leyes que los regulan y constituyen, y de esas leyes se eleva a los principios a cuya luz se entienden esas leyes; y de los principios a la unidad esencial de cuanto hay.
El nuevo camino que Tales, Anaximandro y Anaxímenes empezaron a abrir allá por el siglo VI aC fue el descubrimiento de ese fondo universal (que unifica la diversidad), de donde nace todo cuanto hay. El camino de la generación de los dioses llevaba a la multiplicidad de estos; una experiencia de lo sagrado que se perdía en esto, aquello y lo de más allá. Ahora el camino, el de la physis, es el de la reducción, el que lleva a cada cosa a aquello de lo que ha brotado y participa hasta su regreso al acabar su ciclo propio.
La generación es un nacer [=dar a luz], un salir a la luz como algo que la Naturaleza, la physis, produce “de suyo” (arkjé). Las cosas se nos hacen presentes saliendo del fondo al que pertenecen. Por eso su presencia tiene el carácter de un descubrimiento, un correr el velo que las cubre, el velo de la ignorancia.
La physis no supone ninguna desacralización. Ella también es divina, eterna e inalterable. La Naturaleza es indestructible; podemos destruir alguna de sus manifestaciones, pero ella permanece siempre la misma. Pero sí significa otro modo de representarse el mundo.
Esa physis es la substancia de que todas las cosas están hechas, su verdad. De ahí que la expresión de Aristóteles, refiriéndose a estos primeros pensadores, como “los que filosofaron acerca de la verdad” y “los que filosofaron acerca de la Naturaleza” sean equivalentes. Buscar la verdad es buscar la Naturaleza de las cosas que son.
El descubrimiento de la Naturaleza por parte de estos pensadores supuso el inicio de un camino que llevaría al conocimiento de lo que ha venido en llamarse filosofía y ciencia.