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martes, 14 de julio de 2026

LA MODERNIDAD COMO PROCESO DE SECULARIZACIÓN DEL CRISTIANISMO


1. La modernidad es el proceso de secularización creciente del cristianismo. La modernidad no es una nueva religión ni otra religión que ha invadido y sobrepuesto a la que ya había. Si así hubiera sido, se habría producido una resistencia, una guerra al invasor. No. Es la forma que paulatinamente va adoptado la religión profesada socialmente. Por eso hay formas que se conservan, aunque cambien su significado. Por eso los creyentes en la fe que se seculariza tolera bien los cambios de significado, aunque eso cambios contengan las semillas de una vida que destruirá esas creencias que se profesaban.

2. La cristiandad que se seculariza ya no es la misma en todo el ámbito territorial donde está asentada. Hay una cristiandad católica, una cristiandad luterana, una cristiandad calvinista, una cristiandad anglicana, etc. Si queremos simplificar, hay como dos grandes ámbitos cristianos: el católico y el protestante. El católico quiere ajustar la nueva mentalidad a la tradición, y el protestante, como no encuentra una autoridad que se lo impida, se adentra más decididamente en las nuevas ideas. Naturalmente en uno y otro lado hay grupos que disienten de la corriente mayoritaria.

3. DIOS, como centro al que gravitan los esfuerzos humanos, se va entendiendo como Razón. Ella es la guía de nuestra conducta y la que hay que rendir cuentas de nuestros conocimientos. Debemos conocer sus posibilidades y sus límites para servirnos eficazmente de ella. Las filosofías de los siglos XVII y XVIII prestan una especial atención al estudio del entendimiento humano. Nada más hay que leer los títulos de las obras de los principales filósofos de esos siglos: Descartes, Discurso del método; John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano; Leibniz, Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano; Hume, Investigación sobre el entendimiento humano; Condillac, Ensayo sobre el origen de los conocimientos humanos; Kant, Crítica de la razón pura; etc.

Si los grandes autores medievales trataban de conocer la naturaleza y voluntad de Dios, ahora la atención está puesta en algo más cercano y práctico: la razón humana.

4. La ESPERANZA adopta ahora la forma de progreso. La preocupación por la salvación personal se vuelve algo más colectivo, social. El hombre con su razón podrá ir descubriendo las fuerzas que mueven la naturaleza para ponerla a su servicio y satisfacer sus deseos. La razón nos provee de los medios para modelar el mundo de acuerdo con nuestras necesidades y propósitos. Y eso es el progreso y la riqueza: disponer de los medios que puedan hacer realidad nuestras ambiciones.

5. La CARIDAD se transforma en fraternidad, solidaridad. Todos los seres humanos somo iguales y los logros que el esfuerzo colectivo consigue con su razón deben llegar a todos. El Paraiso que el progreso promete debe poder ser disfrutado en este mundo y por todos.

6. Con todo ello se va imponiendo una forma de pensar instrumental, calculadora, dominada por la cuestión de cómo lograr aquello que queremos. Una mentalidad que necesita reducir la realidad a cantidad, que es lo que permite su control y dominio.

Una mentalidad que deja en la sombra una forma de pensar especulativa, meditativa, contemplativa, centrada más en los fines, en el qué es aquello que se pretende y da sentido a la vida.

7. Esta nueva forma de cultura cristiana se presenta como más humana y liberadora. Sin embargo, la realidad social siguió otros caminos: la humanidad conoció enfrentamientos, masacres y genocidios de una magnitud inédita. La Revolución Francesa, en nombre de la libertad, ejecutó a miles de personas que disentían de ella y llevó la guerra a toda Europa. El trabajo en las fábricas y minas se volvió inhumano, la Gran Guerra Europea experimentó nuevas armas de exterminio, la Revolución Rusa fue una máquina de eliminar disidentes, el nacismo sumió a Europa en la crueldad más abyecta… Para qué repasar todo ese siglo XX.

8. ¿Podemos decir que hemos superado los horrores vividos?

Hoy nos encontramos en la llamada Cuarta Revolución Industrial. La digitalización total, la Inteligencia Artificial, la robótica, la ingeniería genética, toda esa tecnología tan útil y poderosa, se muestra como una máquina que ha agotado el combustible metafísico que la movía y sume a la sociedad en la pérdida de lo humano.

La secularización no solamente fue un movimiento de liberación de la ignorancia, la superstición y el dominio clerical. Los nuevos amos recubrieron sus ambiciones con vestidos muy atractivos, pero debemos seguir esforzándonos por recuperar aquel pensamiento contemplativo que dé sentido a las posibilidades que ha logrado la tecnología.


miércoles, 26 de noviembre de 2025

EUROPA FRAGMENTADA

 

Los deseos de paz y unidad expresados en la mentalidad de los humanistas fueron negados en la realidad por los enfrentamientos y guerras entre los pueblos europeos.

Proliferaron las llamadas guerras de religión, pero la religión era la cortina ideológica que ocultaba otros motivos, fueran estos políticos, económicos o culturales. Los lazos de unidad que antaño crearon ese espacio de la Cristiandad se rompieron y dieron lugar a la formación de los estados modernos, luchando por encontrar una identidad propia, reproducción a pequeña escala de los poderes centralizados a los que combatían.

Ya fuera la Guerra de los Treinta Años en el interior del Sacro Imperio Romano Germánico, la Guerra de los Hugonotes en Francia o la rebelión de los Países Bajos contra España, todos esos conflictos buscaban la legitimidad de las nuevas monarquías y la cohesión interna de los territorios que dominaban.

Ciertamente amplios territorios permanecieron fieles al Papa y, capitaneados por España, intentaron mantener la fe católica. El Concilio de Trento significó un cierto reordenamiento del mundo católico, pero al mismo tiempo el reconocimiento de su incapacidad para devolver la unidad espiritual a Europa.

Los reyes y príncipes surgidos de las turbulencias post renacentistas legitimaron su poder y autonomía en ser los garantes del orden y la estabilidad en sus territorios. Ellos representaban los intereses nacionales, y esos mismos intereses respaldaban la centralización institucional y el fortalecimiento de las estructuras administrativas que afirmaban el poder de los monarcas sobre sus territorios.

Los tratados de la paz de Westfalia (1648) fueron los acuerdos entre los actores de estos conflictos que sancionaban el reconocimiento de la autonomía de cada estado en el nuevo orden europeo. Así se ponía fin a la Guerra de los Treinta Años en Europa y la Guerra de los Ochenta Años entre España y los Países Bajos. En esos tratados se buscaba un equilibrio de poder y convivencia armoniosa entre las distintas confesiones religiosas.

En realidad, creo, que más que una paz se trataba de una tregua dictada más por el cansancio que por un entendimiento de la situación.

Los pedazos de esa Cristiandad rota obligan a una política de alianzas y enfrentamientos entre los diferentes estados, de acuerdo con los intereses de los que detectan el poder.

Sorprendentemente esa ruptura de la unidad no significó un estancamiento en el crecimiento de esos territorios. La imprenta facilitó la difusión de ideas, debates y pensamiento humanista en medio de los conflictos entre poderes. Los centros urbanos, las universidades y los círculos intelectuales eran focos de discusión de dogmas y fuente de nuevas interpretaciones de la fe. Y así es como va emergiendo una nueva figura humana: el burgués enriquecido y el libre pensador, los llamados a ser protagonistas en el siguiente paso del devenir europeo.

¿Quién perdió en las guerras de religión? Aparentemente la fe. O si se quiere, la Iglesia Católica como institución que encarna la unidad de la Cristiandad. Ella ya no ofrece un soporte seguro en el que apoyarse en las zozobras espirituales. También las diversas iglesias nacidas de ese alejamiento de la Iglesia Católica tendrán un destino similar, aunque temporalmente puedan ofrecer el soporte subjetivo de una comunidad cristiana entusiasta.

¿Quién ganó en las guerras de religión? Aparentemente la razón. O si se quiere la visión laicista de la vida. En ella pondrá el hombre su esperanza (o justificará sus ambiciones). Así como en la Cristiandad se negaba en la tierra el cielo que prometía, en la Europa nacida del Humanismo también se negaba en la tierra el Bien que la Razón aseguraba.

 

jueves, 6 de febrero de 2020

EL PADRE MANUEL CARREIRA VÉREZ…

El pasado 3 de febrero falleció el padre Manuel Carreira, sacerdote jesuita y también astrofísico. Durante 32 años fue profesor de Filosofía de la Naturaleza, en la Universidad de Comillas y también de Física y Física y Astronomía en Washington y Cleveland. Durante quince años fue miembro de la directiva del observatorio del Vaticano y también asesor en proyectos de la Nasa.
Supe de él por sus intervenciones en el programa Lágrimas en la lluvia, moderado por el escritor Juan Manuel de Prada, y desde entonces me aficioné a sus vídeos publicados en youtube.
El padre Carreira era defensor de la compatibilidad de la fe y la razón, dos experiencias de la realidad que se complementan y ayudan mutuamente.
Cómo muchas personas de gran calidad intelectual, era quizás poco conocido por el gran público. Ojalá el vídeo que pongo pueda ayudar a que más gente se beneficie del saber de este hombre.
De momento, sirva esta entrada de oración agradecida por su persona…




miércoles, 29 de enero de 2020

SANTO TOMÁS DE AQUINO



Hoy los católicos celebramos la festividad de Santo Tomás de Aquino…
¿Cómo dejar pasar la fecha sin dedicar un recuerdo especial a quien fue un gigante del pensamiento y la fe cristiana?. Aunque todavía hay muchos que se dedican al estudio de su obra, creo que su proyección pública es escasa, incluso entre los clérigos. Bastantes dicen que su pensamiento está superado. Tal vez, pero ojalá tuviéramos muchos talentos de su talla.
Nació hacia 1226 en Roccasecca Italia, hijo del conde de Aquino y de Teodora, condesa de Teano. Una estirpe noble donde las haya, pues además su familia estaba emparentada con los emperadores Enrique VI y Federico II, y también con los reyes de Aragón; Castilla y Francia. Por su origen y por su capacidad parecía destinado a ser alguien sobresaliente en el mundo secular.
Pero…
A los cinco años, de acuerdo con las costumbres de la época, fue enviado para recibir su primera formación con los monjes benedictinos de Monte Casino. Con algo más de diez años pasó a la Universidad de Nápoles, donde pronto repetía las lecciones de sus maestros con mayor profundidad y lucidez que ellos mismos.
La bondad y la pureza del joven Tomás se mantenía intacta conforme crecía,  así como su fe. Decidió abrazar la vida religiosa y hacia 1240 recibió el hábito de Santo Domingo, una orden fundada no hacía mucho. Su familia no aceptó esta decisión y llegaron a retenerlo en la fortaleza de San Juan de Rocca Secca un par de años, donde sus padres padres, hermanos y hermanas hicieron todo lo posible por alejarlo de su vocación. Fueron dos años que él aprovechó para profundizar en las Sagradas escrituras, las Sentencias de Pedro Lombardo o la Metafísica de Aristóteles.
Vista la firmeza de su vocación fue puesto en libertad, hizo los votos propios de su orden y se consagro sacerdote en Colonia.
Como dominico su vida consistió en orar, meditar, predicar, enseñar, escribir y viajar para llevar su saber allí donde se lo pedían.
Coincidió su vida con esa década prodigiosa de la Edad Media y que representa la cumbre del pensamiento de la Cristiandad. Compartió saber con San Alberto el Magno y San Buenaventura… y con el auge de las universidades, esa notable creación de la época.
Y muy especialmente la universidad de París… Esa gran universidad de occidente que nació junto a la orilla izquierda del río Sena, en el monte de Santa Genoveva, a principios de ese siglo, en 1200. Nació al modo que se ordenaban las profesiones en esa edad llamada “media”, como un gremio, con sus estatutos que regulaban la profesión y empezaban diciendo que “universitats magistrorum et discipulorum”, la universidad entendida como “comunidad de maestros y discípulos.
Allí enseñó y desarrolló Santo Tomás la mayor parte de su obra.
 Decir Santo Tomas es decir Suma Teológica. Las “sumas” era un género literario muy común en la época y que recogían en cierto modo el saber alcanzado en aquel momento sobre un tema. Las había de tres tipos: sumas de recopilación, donde se recogía ese saber de una forma muy completa, pero sin sistematizar; sumas de compendio, breves y exactas, pero de un modo resumido; y sumas sistemáticas, que brindaban una enseñanza de conjunto completa y organizada. La Suma Teológica de Santo Tomás pertenece a este tercer tipo de sumas, al igual que la llamada “Suma contra  gentiles”.
La Suma Teológica vino después de acabar su Suma contra los gentiles, escrita por encargo de San Raimundo de Penyafort, maestro de la Orden de predicadores, como manual de apologética destinado a los predicadores que iban a España para evangelizar a los mulsulmanes y judíos de las tierras reconquistadas por los reyes cristianos.
La redacción de la Suma Teológica  se hizo entre 1265 y 1274. Quedó inacabada, pues cuando iba a comenzar la tercera parte, el 6 de diciembre de 1973, sintió una especie de revelación mística que le hizo ver todo lo escrito hasta entonces como paja. Sobre su amigo y confesor fray Reginaldo  cayó la responsabilidad de acabarla…
Murió el 7 de marzo de 1274, cuando se dirigía al Segundo Concilio de Lyon.
Fray Reginaldo, que le confesó antes de morir, exclamó que sus pecados no eran ni los de un niño de cinco años. Santo Tomás unió a su gran capacidad intelectual y de trabajo, un alma transparente y pura.
Juan XXII lo canonizó el 18 de julio de 1323. En 1567 fue proclamado doctor de la Iglesia por Pío V. En agosto de 1879, el Papa León XIII lo declaró “príncipe y maestro de todos los doctores eclesiásticos. Y hoy no quiero dejar pasar el día sin un recuerdo agradecido por el testimonio de fe y entrega que nos legó.