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miércoles, 26 de noviembre de 2025

EUROPA FRAGMENTADA

 

Los deseos de paz y unidad expresados en la mentalidad de los humanistas fueron negados en la realidad por los enfrentamientos y guerras entre los pueblos europeos.

Proliferaron las llamadas guerras de religión, pero la religión era la cortina ideológica que ocultaba otros motivos, fueran estos políticos, económicos o culturales. Los lazos de unidad que antaño crearon ese espacio de la Cristiandad se rompieron y dieron lugar a la formación de los estados modernos, luchando por encontrar una identidad propia, reproducción a pequeña escala de los poderes centralizados a los que combatían.

Ya fuera la Guerra de los Treinta Años en el interior del Sacro Imperio Romano Germánico, la Guerra de los Hugonotes en Francia o la rebelión de los Países Bajos contra España, todos esos conflictos buscaban la legitimidad de las nuevas monarquías y la cohesión interna de los territorios que dominaban.

Ciertamente amplios territorios permanecieron fieles al Papa y, capitaneados por España, intentaron mantener la fe católica. El Concilio de Trento significó un cierto reordenamiento del mundo católico, pero al mismo tiempo el reconocimiento de su incapacidad para devolver la unidad espiritual a Europa.

Los reyes y príncipes surgidos de las turbulencias post renacentistas legitimaron su poder y autonomía en ser los garantes del orden y la estabilidad en sus territorios. Ellos representaban los intereses nacionales, y esos mismos intereses respaldaban la centralización institucional y el fortalecimiento de las estructuras administrativas que afirmaban el poder de los monarcas sobre sus territorios.

Los tratados de la paz de Westfalia (1648) fueron los acuerdos entre los actores de estos conflictos que sancionaban el reconocimiento de la autonomía de cada estado en el nuevo orden europeo. Así se ponía fin a la Guerra de los Treinta Años en Europa y la Guerra de los Ochenta Años entre España y los Países Bajos. En esos tratados se buscaba un equilibrio de poder y convivencia armoniosa entre las distintas confesiones religiosas.

En realidad, creo, que más que una paz se trataba de una tregua dictada más por el cansancio que por un entendimiento de la situación.

Los pedazos de esa Cristiandad rota obligan a una política de alianzas y enfrentamientos entre los diferentes estados, de acuerdo con los intereses de los que detectan el poder.

Sorprendentemente esa ruptura de la unidad no significó un estancamiento en el crecimiento de esos territorios. La imprenta facilitó la difusión de ideas, debates y pensamiento humanista en medio de los conflictos entre poderes. Los centros urbanos, las universidades y los círculos intelectuales eran focos de discusión de dogmas y fuente de nuevas interpretaciones de la fe. Y así es como va emergiendo una nueva figura humana: el burgués enriquecido y el libre pensador, los llamados a ser protagonistas en el siguiente paso del devenir europeo.

¿Quién perdió en las guerras de religión? Aparentemente la fe. O si se quiere, la Iglesia Católica como institución que encarna la unidad de la Cristiandad. Ella ya no ofrece un soporte seguro en el que apoyarse en las zozobras espirituales. También las diversas iglesias nacidas de ese alejamiento de la Iglesia Católica tendrán un destino similar, aunque temporalmente puedan ofrecer el soporte subjetivo de una comunidad cristiana entusiasta.

¿Quién ganó en las guerras de religión? Aparentemente la razón. O si se quiere la visión laicista de la vida. En ella pondrá el hombre su esperanza (o justificará sus ambiciones). Así como en la Cristiandad se negaba en la tierra el cielo que prometía, en la Europa nacida del Humanismo también se negaba en la tierra el Bien que la Razón aseguraba.

 

jueves, 9 de mayo de 2024

PICO DELLA MIRANDOLA: LA PAZ (4)

 



Preguntemos también al justo Job, que selló un pacto con el Dios de la vida antes de que él viniese a la vida qué es lo que más desea el sumo Dios de aquellos millones que lo asisten. Él responderá sin duda que es la paz, según aquello que se lee [en Job]: «El que establece la paz en las alturas».

(Traducción de Carlos Goñi)

Pico establece entusiásticamente la libertad del hombre para hacer lo que quiera y hacerse como quiera. Esa es su esencia y la razón de su dignidad. Una libertad que encuentra su respaldo en el Dios creador de la Biblia y en el Dios arquitecto de la razón filosófica. Dios ha querido y necesitado un ser libre que pudiera admirar su obra.

Desde esa libertad y desde esa razón debe el hombre enfrentarse a los males que le aquejan, empezando por las discordias internas que originan división de opiniones guerras, enfrentamientos y demás pendencias. Resulta que después del entusiasmo que le ha despertado la singularidad del hombre, debe aceptar que en éste existe una dualidad, una doble naturaleza. Por la una somos elevados a lo celeste, a lo divino, pero por la otra somos precipitados a lo más bajo.

En el escenario magníficamente descrito de la creación, Pico ha colocado en él al “hombre”, un hombre cristiano, pero alimentado por mil fuentes y tradiciones, y más que alimentado, aturdido por tantas ideas diversas.

Su discurso, entre descriptivo, propositivo y exhortativo, hace gala de erudición y figuras retóricas y en que parece querer meter todo lo mucho que sabe. Más que una síntesis es una amalgama de ideas que arropan algunas de las ideas que irán configurando la modernidad.

Según Pico, para contener las guerras y discordias que acompañaban a su época, como también ahora nos siguen acompañando, “debemos confiar solo en la filosofía”, empezando por la filosofía moral, la única capaz de herir de muerte a los desenfrenos de la bestia multiforme de los apetitos y también la violencia y arrebatos del león. Tenemos aquí las dos partes inferiores del alma que ya estableciera Platón, el alma concupiscible y el alma irascible.

Pero no basta con poner orden en esas partes del alma para que haya paz entre la carne y el espíritu. También hay que someter las “algarabías de la razón” a la disciplina de la dialéctica.

La filosofía natural será la encargada de someter el ruido de la opinión a la autoridad de la verdad. Es decir, la verdad que emana de la ciencia acabará con las disputas que genera la mera opinión. Los fundamentos de esa filosofía natural será la obra de Descartes, Galileo y otros. Aunque Pico della Mirandola todavía reserve a la “santísima teología” el papel de ser la clave del conocimiento y lugar de descanso para la mente inquieta, la historia reservará a la nueva ciencia el papel de autoridad suprema para dirimir los desacuerdos.

“Deseemos esta paz para los amigos, para nuestro siglo, para toda casa en la que entremos, para nuestra alma, de forma que por ella se haga morada de Dios; porque, después de haberse sacudido sus inmundicias mediante la moral y la dialéctica, después de haberse adornado con las diversas partes de la filosofía como con un atuendo cortesano, y después de haber coronado los dinteles de las puertas con las guirnaldas de la teología, descienda el Rey de la gloria y, viniendo con el Padre, en él harán morada”.

El intenso deseo de paz del joven Pico le hace imaginar su logro mediante la moral y el conocimiento. Algo así como quien estando en la agencia de viajes hojeando en un folleto las fotografías del lugar donde pretende ir creyera que ya está allí. Y ese mismo deseo y entusiasmo le hace verse a sí mismo como el creador del espacio digno para que en él moren el Dios Padre y el Hijo, rey de la gloria.

Un deseo muy noble y que nace espontáneamente en un alma sensible a los males que generan las discordias. Pero al mismo tiempo, un deseo en el que se oculta aquello de “el deseo del nirvana mata el nirvana”. Querer la paz lleva consigo declarar la guerra a muchas de nuestras tendencias y males de este mundo. Y en esa guerra son inevitables las víctimas inocentes.

La afirmación sincera y entusiasta del hombre de Pico della Mirándola le permite unirse a una marcha histórica nueva, pero que no podrá colmar los ideales que proclama.

…Y, sin embargo, es bello ese deseo.