miércoles, 29 de octubre de 2025

EL HUMANISMO Y SUS PARADOJAS

El humanismo fue el movimiento intelectual que sustituyó a los clérigos en la dirección espiritual de la Cristiandad. Sus representantes eran laicos eruditos cuyas ideas ya no se inspiraban solamente en la teología que se impartía en las universidades, sino también en los clásicos griegos y romanos. Sus pensamientos ya no estaban exclusivamente orientados en llevar al hombre a Dios, sino en justificar la construcción de un mundo a medida del hombre.

Dicho de otro modo: el humanismo era expresión del nuevo espíritu que asomaba en el horizonte cultural de la Cristiandad. La siembra de sus ideas pretendían un mayor desarrollo del hombre y una mayor armonía en la sociedad.

La Cristiandad era ese espacio en el que tras la labor de los monasterios, las sedes episcopales, las universidades y conventos habían logrado que los hombres vieran, en ese espacio, como lo más natural del mundo ser cristiano. Creo que esa unidad espiritual dio la seguridad necesaria para que prosperaran las ciudades por el trabajo de los hombres y el comercio. Los teólogos eran los sabios que tenían la última palabra sobre los problemas que enfrentaban a los hombres. Y también los que daban fundamento a la forma de organizarse la ciudad.

Santo Tomás de Aquino puede figurar como el máximo exponente de ese saber teológico que orientaba la vida de los hombres. En su obra parecían resueltas todas las preguntas que el hombre se hacía sobre su destino sobrenatural.

Pero los intereses de los hombres que decidían en ese ámbito habían cambiado. Esa misma properidad que facilitaron las instituciones religiosas hicieron posible la aparición de la burguesía, una clase social rica e influyente que se movía en los problemas de este mundo. Esa clase representa el paso al primer plano de la voluntad, inclinada a hacer y a afirmarse así misma.

Ahora se valora la libertad, la razón, como instrumento para lograr lo que se desea, y la experiencia propia. Todo eso hace que la autoridad religiosa tradicional aparezca como algo que oprime la voluntad humana, que la limita en sus aspiraciones. La afirmación de la libertad humana hace que se traduzca en los reyes, príncipes y nobles de la Cristiandad en oposición a Roma.

Las ideas de Martín Lutero en Alemania o Juan Calvino en Suiza, por ejemplo, cuestionaban la autoridad del Papado y preconizaban una vuelta a las fuentes bíblicas como fundamento de la fe y luz que inspirara las prácticas religiosas de las comunidades cristianas. No les fue difícil dar credibilidad a sus ideas dada la distancia que en Papado y alto clero había entre lo que predicaban y lo que vivían. Además contaron con la imprenta como instrumento que facilitó que estas ideas se extendieran rápidamente por buena parte de la Cristiandad.

Esas nuevas visiones del cristianismo ayudaban a dar cobertura intelectual a las ambiciones de los príncipes y monarcas de la época que vieron en ellas la oportunidad de afirmar su independencia respecto a Roma y consolidar su poder en el ámbito nacional. Se abría el camino a los absolutismos y los nacionalismos.

En este contexto de fragmentación doctrinal del cristianismo, también en Inglaterra surge otra ruptura respecto a la autoridad de Roma: bajo el reinado de Enrique VIII se crea otra iglesia nacional, la iglesia Anglicana. Una nueva iglesia que no solamente responde a los intereses personales del monarca, sino también al deseo de autonomía y libertad de decisión frente a la tradición religiosa establecida.

Así, el siglo XVI se caracteriza por una fragmentación del mapa religioso de la Cristiandad, donde la diversidad de creencias y la búsqueda de nuevas formas de organización eclesiástica sustituyen a la unidad doctrinal que había caracterizado la Edad Media.

Europa será esa Cristiandad fragmentada. Y esos fragmentos reproducían, intensificados, los defectos de aquella unidad originaria y que pretendían corregir. El dogmatismo de las nuevas religiosidades conducían inevitablemente a las guerras de religión que padeció Europa en los siglos XVI y XVII.

Tal vez la pretensión era “reformar” la Iglesia, mejorarla, pero lo logrado fueron “otras” iglesias con otras formas de entender la liturgia, los sacramentos, la vida religiosa y todo lo que configuraba la Iglesia que abandonaban.

Y esa es la paradoja: la voluntad, finita, afirmada a sí misma como la verdad, endiosada, no puede subsistir más que eliminando a las otras voluntades, asimismo finitas.


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