lunes, 23 de enero de 2023
DE LA LEY Y DEL DERECHO: UNA CITA
lunes, 5 de diciembre de 2022
EL CUMPLIMIENTO DE LA LEY
EL CUMPLIMIENTO DE LA
LEY
Me apetece hacer un
alto en el camino que conduce a entender la modernidad, arrancando desde la
estación del Renacimiento. Se trata de una parada para contemplar el triste espectáculo
que en lo tocante a las leyes dan nuestros políticos. Me refiero a los
españoles, claro. No me da mucho trabajo, pues lo que hago es rescatar una
entrada que ya hice en el 2011. Unas reflexiones sencillas, pero que entendí
pertinente recordar en una sociedad en la que empieza a ser transgresor decir que
la hierba es verde.
___
1. Vivir de acuerdo con
las leyes: he ahí la más alta ley no escrita que Sócrates nos recuerda en su
diálogo Critón. A pesar de que la sentencia que le condena a muerte es injusta,
a pesar de la insistencia de Critón para facilitarle la huida, a pesar de la
consideración a sus amigos, Sócrates considera indecoroso no asumir la decisión
de los jueces.
2. Son las leyes como el esqueleto que sustenta el músculo de una sociedad, las que hacen el Estado. Y entre esos huesos, destaca la Constitución como la columna vertebral que permite sostener a ese Estado derecho.
3. Pero ese esqueleto requiere un suelo sobre el que apoyarse y sostenerse. Ese suelo lo forman esas leyes no escritas, consuetudinarias, nacidas de la conciencia de lo que está bien y de lo que está mal.
4. Desde la Revolución
Francesa se arrastra la idea de que para transformar a la sociedad los dos
instrumentos básicos son las leyes y la educación. De ahí que los ideólogos que
pretenden modelar a la sociedad a su gusto se apliquen diligentemente a
manipular las unas y la otra según sus deseos y fines.
5. Critón, para
convencer a Sócrates de que acepte la huida que le propone, argumenta con
razones que muchos encontrarían muy razonables. Pero lo que sale de sus labios
son razones personales, subjetivas, demasiado débiles para justificar el
quebranto que supone no acatar la ley.
6. Cuando los políticos
toman posesión de sus cargos, juran o prometen cumplir y hacer cumplir las
leyes que han hecho posible que ocupen esos cargos. Son esas leyes las que, por
decirlo así, los engendran, son como sus padres, hasta el punto de que cuando
las desobedecen o incumplen, nos ofrecen el triste espectáculo del hijo que
desprecia y agrede a su progenitor.
7. El espectáculo de
ver cargos públicos discutiendo sentencias, incumpliendo las leyes, hasta las
más fundamentales, influyendo en los nombramientos judiciales, imponiendo
obligaciones a los ciudadanos que no cuentan para los que las dictan, ese
espectáculo, digo, es la ruina de la sociedad. Y eso ocurre en España.
8. Esos cargos que han
huido de la ley, sea a Tebas o Megara, como proponían a Sócrates, en tanto que
violadores de la ley, ¿de qué podrán hablar? ¿No estará justificado que las
personas honestas y sensatas los miren con desconfianza y como desvergonzados?
¿Y no les obligará eso a tener que vivir adulando a los poco escrupulosos para
que no se enojen, como deja ver Sócrates?
9. ¿Qué autoridad
pueden ostentar esos cargos y responsables políticos que son los primeros en
discutir e incumplir leyes? ¿No transforman las leyes, que son imperativos, en
meras opiniones que solamente a los débiles se les impone? ¿No enseñan con su
conducta que es la fuerza la que decide los conflictos?
10. No son las leyes
las que cometen las injusticias, sino los hombres. Pero como no está bien
responder a la injusticia con otra injusticia, ni devolver mal con mal, se
impone el largo camino de tratar de roturar y regenerar el campo de las leyes
no escritas, que es de la voluntad del bien, no solamente vivir o sobrevivir,
sino vivir bien.
jueves, 17 de noviembre de 2022
EL HUMANISMO RENACENTISTA...
1.
2. Empecemos
por la palabra. Humanismo es un término relativamente reciente. Parece ser que
en su forma latinizada (como humanismus) fue introducido a principios del siglo
XIX por el pedagogo alemán D.J. Niethammer para designar así la importancia de
la lengua y la literatura griega y latina para la educación secundaria. Así se
pensaba, hasta hace poco, de estas lenguas clásicas, y se defendía su
permanencia en el currículo de los alumnos por su valor formativo.
3. El uso
de la palabra latina “humanista” empieza a ser corriente a principios del siglo
XVI para nombrar a aquellos que se dedican a los studia humanitatis, estudios que comprendían la gramática, la
historia, la retórica, la poesía y la filosofía moral, junto, naturalmente, del
latín y el griego.
4. Las
disciplinas que componían los studia
humanitatis no eran un simple curso de estudios que transmiten nociones y
fórmulas ampliamente discutidas y asentadas. No. Los studia humanitatis eran instrumentos para alcanzar un ideal: el
desarrollo de la libertad y la creatividad humanas, de todas esas cualidades
que permiten al ser humano vivir felizmente en una sociedad de hombres. Eran estudios
destinados a los que habían de ser protagonistas en el proyecto de construir un
mundo moral, cultural y políticamente nuevo, presidido por el lema iuvat vivere, vivir es hermoso.
5. Se
trataba de un ideal enlazado con el ideal griego de la paideia, es decir, lograr
mediante la educación dar al hombre esas cualidades que le hacen verdaderamente
humano, que lo liberan de su condición natural y bárbara. Este ideal fue
asumido por los romanos con el nombre de humanitas y encontró en Cicerón,
Varrón o Quintiliano unos portavoces ilustres en la época de la República
Romana.
6. Tanto
la paideia griega como la humanitas romana expresan una operación
cultural, la construcción del hombre civil que articula la sociedad humana. Es
en ese ideal que se forman la clase intelectual y política, los miembros
activos de esa sociedad clásica del siglo I a. C.
7. Desde
un punto de vista cronológico, el humanismo renacentista europeo va desde la
segunda mitad del siglo XIV hasta finales del siglo XVI. Como todas las
fronteras cronológicas, sus contornos son imprecisos y relativos al lugar que
se considere. No es igual en Italia que en España, donde algunos autores
consideran que la Edad Media perdura casi hasta el siglo XVIII, lo cual no es
verdad, pero ayuda a comprender lo mucho que hay de convencional a la hora de
datar el periodo del humanismo.
8. ¿Cuál
era la imagen que de su tiempo tenían los humanistas y qué significado le atribuían?
Ellos perciben su tiempo como un tiempo especial: un tiempo en que la humanidad
despierta del largo sueño del medioevo. El orden establecido a partir de la
imagen de Dios extraída de la Escritura y su interpretación por la Iglesia ya
no satisface, no responde a la realidad. Y en eso consiste el despertar: es un
renacer a la vida, a la realidad.
9. Hay
épocas en que el pasado es recibido como una riqueza, algo digno de ser
conservado y transmitido a la generación siguiente. Pero en otras, lo recibido
es como un peso muerto, inservible para hacer frente a los retos del presente;
algo que coarta la propia libertad. Son tiempos de ruptura.
10.
En esas épocas de ruptura ya no se trata de
desarrollar y completar las realizaciones de la época precedente, sino de
construir algo “nuevo”, lo que solamente es posible con la muerte y
desaparición de lo anterior. Pero para volver a nacer de nuevo es preciso
volver a los orígenes, pues es allí donde se encuentra la fuerza, el ímpetu
necesario para ese nuevo nacimiento.
11. Atribuir
a la Edad Media una visión del mundo como lugar de culpa y sufrimiento, un
lugar en el que el hombre ha sido arrojado por el pecado de Adán y del que sólo
es deseable huir; que el hombre en sí no es nada y nada puede hacer por sí
solo, que sus deseos son locura y soberbia, pues todo acaba con la muerte,
etc., etc., atribuirle todo eso, digo, es más una visión del Renacimiento sobre
el medioevo que una visión medieval. Y pudiera ser que ni eso, sino una interpretación
histórica de lo que fue esa época de transición a la modernidad. Como toda
visión de rechazo tiene apoyaturas en la realidad, pero también adolece de la
incomprensión propia del que se coloca “fuera de la época”.
12.
Pero ¿de dónde renacer? ¿De dónde me vendrá la
fuerza de los orígenes? ¿Dónde inspirarse para encontrar los modelos a recrear?
Para los hombres de los siglos XV y XVI europeos son los autores greco-romanos.
Es en ellos donde se recoge la experiencia de una civilización con las
potencialidades originarias de la humanidad.
13.
Inevitablemente, esos orígenes y esa
civilización son idealizados, abstrayendo de ellos la esclavitud, la crueldad,
las guerras…, todo aquello que planea como la sombra de una cultura. De ser
perfectos, ¿habrían desaparecido? El mundo medieval aparece como el mundo que
destruyó, olvidó u ocultó aquel mundo idealizado.
14.
El conocimiento del latín y el griego clásicos
permite la lectura de unas obras que hablan de los hombres y las cosas de este
mundo, de sus afanes, dificultades, gestas, aspiraciones y amores. Frente a los
escritos de carácter teológico y relacionados con la transcendencia (las
divinae litterae), están los escritos de aquellos, generalmente seglares, que
recogen ideas y temas del hombre y su mundo, las humanae litterae.
15.
Para el humanista el texto de la cultura
greco-latina es mirado ahora con amor, se intenta reconstruir, conservar en su
forma original, liberarlo de los errores e interpolaciones de los copistas… Se
trata de captarlo con perspectiva histórica, como se hace en la pintura, donde
se introduce la perspectiva en la representación de las escenas. Eso permite
ver el fondo de donde emergen las figuras.
16.
Pero aquel que vuelve a los orígenes y lee
atentamente los códices antiguos ya no es un griego ni un romano. Es alguien
nacido y educado en el cristianismo. De ahí que su actitud sea nueva, distinta
de la de los clásicos que imita. Y eso da como consecuencia una nueva
orientación a la vida moral, religiosa, política, artística…
17.
El acercamiento histórico al humanismo es
necesario. Pero corresponde a la filosofía tratar de ver la concepción del ser
envuelta en el fenómeno histórico. Lo intentaré en otro momento.
miércoles, 2 de noviembre de 2022
SOLEMNIDAD DE TODOS
LOS SANTOS
Patriarcas que
fuisteis la semilla
del árbol de la fe en siglos remotos,
al vencedor divino de la muerte
rogadle por nosotros.
Profetas que
rasgasteis inspirados
del porvenir el velo misterioso,
al que sacó la luz de las tinieblas
rogadle por nosotros.
Almas cándidas, Santos
Inocentes,
que aumentáis de los ángeles el coro,
al que llamó a los niños a su lado
rogadle por nosotros.
Apóstoles que
echasteis en el mundo
de la Iglesia el cimiento poderoso,
al que es de la verdad depositario
rogadle por nosotros.
Mártires que ganasteis
vuestra palma
en la arena del circo, en sangre rojo,
al que os dio fortaleza en los combates
rogadle por nosotros.
Vírgenes semejantes a
azucenas,
que el verano vistió de nieve y oro,
al que es fuente de vida y hermosura
rogadle por nosotros.
Monjes que de la vida
en el combate
pedisteis paz al claustro silencioso,
al que es iris de calma en las tormentas
rogadle por nosotros.
Doctores cuyas plumas
nos legaron
de virtud y saber rico tesoro,
al que es caudal de ciencia inextinguible
rogadle por nosotros.
Soldados del Ejército
de Cristo,
Santas y Santos todos,
rogadle que perdone nuestras culpas
a Aquel que vive y reina entre nosotros.
Gustavo Adolfo Bécquer
miércoles, 6 de abril de 2022
CONSIDERACIONES SOBRE EL DESTINO
Entre
los griegos arcaicos, los dioses inmortales decidían la suerte de lo que
ocurría en el mundo cambiante de los hombres mortales. Y la única forma de
acceder a ese mundo latente de los dioses era mediante plegarias, levantando
hecatombes u otros sacrificios para de ese modo predisponerlos a favor de los
hombres para satisfacción de sus necesidades o socorr a sus males.
Los
augures o adivinos eran esas personas que podían, por un don especial,
interpretar la voluntad de esos dioses bajo el supuesto de que esa voluntad se
manifestaba en los sueños, el vuelo de las aves o sucesos singulares de la naturaleza. Estas interpretaciones permitían prever el futuro o cambiar de modo conveniente
el curso de los acontecimientos.
Esta
visión sobre la forma de acceder a ese mundo latente de los dioses se puede
ilustrar con lo que nos dice la Ilíada en su canto primero. Los aqueos, en su
sitio a Troya, están siendo diezmados por la peste y las flechas enemigas. La
razón de este mal estaba en la división entre Aquiles y el Atrida, división
causada a su vez por el ultraje que el Atrida infirió al sacerdote Crises, el
cual queriendo liberar a su hija raptada por el Atrida Agamenón mediante un
espléndido rescate, fue despreciado y humillado por este. Entonces el anciano
sacerdote invocó a Apolo para que pagaran los dánaos sus lágrimas con los
dardos del dios.
Ante
esta situación, Aquiles decide que hay que consultar a un adivino y se expresa
con estas palabras:
“¡Oh, Atrida! Ahora creo que tendremos que volver atrás, yendo de nuevo errantes, si escapamos de la muerte; pues si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos. Mas, ea, consultemos a algún adivino, sacerdote o interprete de sueños —que también el sueño procede de Zeus—, para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo, bien si es una plegaria lo que echa de menos o una hecatombe, para ver si con la grasa de los carneros y cabras sin tacha se topa y decide apartar de nosotros el estrago.”
Y se hace la consulta a Calcas Testórida, el augur mejor, pues conocía “lo que es, lo que iba a ser y lo que había sido.” Era el augur que había guiado las naves aqueas hasta Ilión por medio del arte adivinatoria.
Como se ha dicho, esto ilustra la forma de proceder de los griegos arcaicos en todos aquellos asuntos importantes de la vida, el modo en que se relacionaban con ese “otro” mundo en el que se decidían los acontecimientos de este nuestro mundo.
Ahora bien, no siempre los oráculos acertaban ni las ofrendas obtenían la recompensa deseada. Cuenta Heliodoro de Halicarnaso que cuando Creso de Lydia quiso que los grillos con que había estado preso regalarlos al Dios de los griegos; mandó que los pusiesen en el umbral del templo y preguntasen a Apolo si no se avergonzaba de haberle inducido con sus oráculos a la guerra contra los persas, dándole a entender que se haría con el imperio de Ciro; ahora le presentaban esos grillos como primicia de esa guerra en la que Creso lo había perdido todo, para que le preguntasen también si los dioses griegos tenían por ley ser desagradecidos, pues él había sido generoso en sus ofrendas. La respuesta que recibieron de la Pythia del templo fue:
“Lo dispuesto por el destino no pueden evitarlo ni los dioses.”
En la Iliada, en el canto XXII, en la lucha entre Aquiles y Héctor, Zeus siente compasión por Héctor, y desearía librarlo de la muerte, pero Atenea le responde:
“¿A un hombre mortal y desde tiempo abocado a su destino pretendes sustraer de la entristecedora muerte?”Lo único que puede hacer Zeus es ver la suerte de Héctor en la balanza del destino:
“Mas cuando ya por cuarta vez llegaron a los manantiales, entonces el padre Zeus desplegó la áurea balanza, puso en ella las dos suertes, la de Aquiles y la de Héctor, domador de caballos, para saber a quien estaba reservada la dolorosa muerte; después cogiéndola por en medio, la levantó y tuvo más peso el día fatal de Héctor, que descendió hasta el Hades. Al instante Apolo lo abandonó” (Iliada, XXII, 208-213).
Leandro
Pinkler[1]señala
que para cubrir la semántica de la noción de destino hay en griego clásico diversos
términos, no estrictamente sinónimos, ya que donde se utiliza uno de esos
términos no cabe el uso semántico de otro. Pinkler ejemplariza las diferencias
semánticas de esos términos a partir de los tres más importantes para referirse
a destino: moíra, tyche y anánke.Moíra significa simplemente “parte”, aquella parte que te tocó en la vida. A todos nos ha tocado “algo”: ser de tal sitio y no de otro, ser varón o hembra, ser hijo de una familia humilde o adinerada, haber nacido en esta época y no en otra, etc. Moíra son las circunstancias que acompañan a toda vida, y va unida al ámbito temporal finito que constituye la duración de la vida y que los griegos llamaban aión.
Para nosotros, “el” tiempo es un todo infinito y homogéneo. Para el hombre griego el tiempo forma parte del lote que te ha tocado y es finito y cualitativo.
Aquello que a cada uno ha tocado no puede ser cambiado por los dioses, por más que sea dispensado por ellos. En tanto que hechos o circunstancias concretas que forman parte de nuestra vida, solamente cabe afrontarlos, al igual que hacen los dioses.
Tyche viene a expresar la total indeterminación con la que el hombre se encuentra. A todos nos puede pasar cualquier cosa. Nadie está libre de tener un accidente, de enfermar, o de cualquier otra cosa. Tyche es esa total indeterminación en que se encuentra nuestra vida mientras la vivimos. Su posible equivalente sería “fortuna” o “suerte”. Tal y como Solón respondió a Creso, cuando éste se consideraba feliz por los muchos tesoros conseguidos, a lo que Solón respondió que solamente afortunado, pues si se es feliz eso solamente puede saberse al final de la vida.
Anánke tiene la significación de “necesidad”, aquello que no puede ser de otra manera, pues no es algo producido por nuestra voluntad, sino por una voluntad diferente y superior a la nuestra, una voluntad del mundo a la que los propios dioses están sometidos. Sobre esa necesidad se fundan nuestros actos y nuestra vida y, en el fondo, todo sucede según ella. La “necesidad” nos recuerda que no todo depende de nuestra voluntad, y nos obliga a comprender que ciertos elementos de la realidad son como son y sólo cabe aceptarlos.
Destino, suerte y necesidad nos ponen delante de aquello que está más allá de todo ser humano y a partir de lo cual puede hacer una lectura de lo que él es y de cuál es su puesto en la realidad que le ha tocado vivir. Así, su vida se convierte en el medicamento que le cura de su orgullo, de su hybris, de aquel orgullo y desmesura que le hace olvidar su carácter mortal y le lleva a la autodestrucción.
Para la visión del griego clásico, pues, el destino no es algo previamente establecido, sino aquello que me va descubriendo mi propia realidad. Para ellos la oposición destino – libertad todavía no se había planteado.
[1] Leandro Pinkler. La tragedia griega. Buenos Aires, 1989
jueves, 3 de septiembre de 2020
LA GESTACIÓN DE LA EDAD MODERNA: EL DAVID DE DONATELLO
La historia, como la propia
vida individual, es un flujo continuo en el tiempo. Hay tramos en ese flujo del
tiempo que parecen pivotar en torno a una idea central que actúa como el centro
de gravedad de esa época. Y eso facilita que los historiadores puedan, para hacer
su trabajo, puedan dividir esa historia en edades más o menos convencionales.
En el caso del mundo
europeo, eso ha dado lugar a dividir la historia en tres grandes periodos como
son la Edad Antigua, La Edad Media y la Edad Moderna. Cada uno de estos
periodos tiene su nacimiento, su apogeo y su momento de disipación. Naturalmente
nosotros, hombres de la edad moderna, no podemos saber hasta cuando se alargará
este periodo ni con que acontecimiento se considerará su final. Solamente
quienes vengan detrás podrán saber eso.
El tránsito de un periodo a
otro es pausado, hasta el punto de que para quienes lo viven les es muy difícil
percibirlo. Además, el pasado anterior siempre pervive de alguna forma en las
edades siguientes, al igual que nuestra niñez permanece en la edad adulta. La
nuevas edades no dejan de ser semillas que germinaron porque ya estaban en la
tierra del pasado…
Si buscamos comprender
nuestro tiempo, necesitamos remontarnos a esos momentos iniciales en que se
diseñaron las líneas maestras correspondientes a ese tiempo. Para nuestro caso
la referencia más inmediata se llama Renacimiento.
El tránsito de la llamada Edad Media a
la Edad Moderna fue un largo periodo que va desde el siglo XIV hasta el siglo
XVI o XVII. Esto quiere decir que hay que tomar esa perspectiva de
aproximadamente doscientos años para ver que las instituciones, las maneras de
entender la vida y las normas que regulan la convivencia empiezan a ser otras.
Hasta que la Edad Moderna se reconozca a
sí misma como otro tiempo diferente del de la Edad Media hay todo un
periodo en el que conviven a la vez
elementos claramente medievales con
otros que apuntan o pertenecen plenamente a la modernidad.
Ese tránsito se fue manifestando en tres
ámbitos claves de la vida cultural: el arte, la política y la religión. También
podría formularse este proceso diciendo que empezó por la sensibilidad, (la
estética), siguió por el cuerpo social y acabó por el espíritu. Pero si en el
orden temporal esa pudo ser la secuencia, desde un punto de vista metafísico la
transición empezó por cambios en la religión (o en la fe) que paralelamente se
manifestaron, en la política y en el arte.
El arte renacentista, la formación de
las nacionalidades y la Reforma protestante junto a la Contrarreforma católica
son los mojones históricos que señalan el cambio de mentalidad. Son manifestaciones
del nuevo horizonte desde el que se plantearán los nuevos interrogantes y se
buscarán las correspondientes respuestas.
De cómo el arte recoge el nuevo sentir
podemos verlo concentrándonos en una de las obras de la época: el David que
Donatello (1386 – 1466) realizará para Cosme de Médici en 1440. Se trata de una
estatua en bronce, de bulto redondo, de unos 158cm de altura y que hoy se puede
contemplar en el Palacio Bargello de Florencia, aunque originalmente fuese
colocada en el patio del palacio que para los Médicis construyera Michelozzo.
El tema de la escultura es bíblico,
cristiano. Representa el pasaje del enfrentamiento entre David y Goliat que se
recoge en el capítulo 17 del primer libro de Samuel. El joven David vence al
gigante Goliat al que mata de una pedrada lanzada con su honda y al que corta
la cabeza con la espada misma del vencido. La escultura representa justo el
momento posterior a ese enfrentamiento entre David y el filisteo Goliat.
Aunque el tema es bíblico, la obra no
puede considerarse como arte sagrado. El punto de vista desde el que se
contempla la escena, su forma, no corresponde a lo que es propio del arte
cristiano. No pretende la ilustración o la comprensión de ningún contenido de
la tradición cristiana. El encargo que Cosme de Médici hizo a Donatello estaba
destinado a celebrar la victoria de la joven república de Florencia sobre la
poderosa Milán. Tras esta idea de propaganda política, el simbolismo puede
extenderse al triunfo de la inteligencia sobre la fuerza bruta, o de Cristo
sobre el pecado y la muerte. Otros ven, por ciertas similitudes entre el
sombrero toscano que cubre a David con el casco del dios pagano Mercurio, como
una representación del mito de la victoria de éste sobre el gigante Argos.
Se trata de una escultura exenta. La
disciplina sagrada tradicional en el arte cristiano hacía que la escultura
estuviera supeditada al marco arquitectónico del templo, el cual representa el
cuerpo de Cristo (Jn 2, 19 – 21) y también la Divinidad manifestada en la
tierra. Las representaciones escultóricas están justificadas por su relación con
Cristo y ocupan el lugar que les corresponde por su función litúrgica.
Donatello fija su mirada en la escultura
clásica griega y rompe con toda esa disciplina del arte sagrado tradicional.
Desde el punto de vista psicológico esa ruptura significa una liberación de las
tendencias que esa disciplina rechazaba, con la consiguiente proliferación de
artistas originales. Se trata de una emancipación del “yo” y la correspondiente
expansión individualista.
En esta obra también se retoma el
desnudo de la escultura clásica griega. En el arte cristiano tradicional del
medioevo, por su economía espiritual, estaba excluida la representación del
desnudo. La desnudez que podía aparecer en algunas representaciones de Adán y
Eva, o las almas del purgatorio era una desnudez abstracta, sin pretensiones
naturalistas. Las artes plásticas no estaban para revelar ninguna belleza natural,
sino para transmitir y recordar verdades espirituales. La belleza de los montes
o de los cuerpos humanos se podía admirar por todas partes, sin necesidad del
arte. Es a partir del desarrollo de la vida urbana en los siglos XIII y XIV que
aparece el arte que intenta imitar a la naturaleza y traerla al interior de la
ciudad. Y es entonces cuando se nota la ausencia del nudismo y la necesidad de
su representación.
Toda la figura del joven David, con el
movimiento y la gracia que le ofrece el contraposto de su pie sobre la cabeza
cortada del barbudo Goliat, transmite sensualidad, delicadeza y arrogancia. Al
mismo tiempo, está impregnada de ambigüedad: ambigüedad en cuanto a la anatomía
un tanto andrógina de David, y también respecto a las posibles interpretaciones
de la composición. La expresión reflexiva y firme de David parecen indicar la
resolución con que los artistas empiezan a dejar atrás la rusticidad anterior.
Aunque es frecuente oír que la obra
tiene un carácter simbólico, no creo que se trate propiamente de un símbolo. Se
trata de una interpretación de un pasaje bíblico desde un punto de vista
humanista. El papel del símbolo no
es que la imagen pretenda substituir al original; debe respetar siempre la
distancia que separa lo que pertenece al mundo inteligible del mundo sensible.
De ahí su carácter abstracto y hasta tosco en ocasiones. En la interpretación hay una especie de
fórmula alegórica que pretende expresar una ley universal; se trata de
representación figurada de una concepción abstracta.
El arte contemplado en el David de
Donatello nos muestra el tipo de cambio de mentalidad que se está produciendo
en la cristiandad. Se estaba pasando de una sociedad formalmente tradicional y
sagrada a una sociedad laica, cuyo punto de vista al contemplar el mundo es antropocéntrico
e individualista. La obra de arte encuentra su perfección, su acabamiento en sí
misma. La forma ideal es inmanente al mundo, no transcendente.
El lugar del arte medieval es,
sobretodo, el templo, la catedral a partir del siglo XII. En ellas los artistas
son los ejecutores en piedra de los tratados teológicos, morales e históricos,
pero siempre bajo la dirección del clero. Los artistas no hacen sino
interpretar el pensamiento de la Iglesia. Todo allí está simbolizado, empezando
por la misma catedral que es una representación viva de la Iglesia purgante,
militante y triunfante, según se mire a los enterramientos de los suelos y
muros, a las funciones religiosas en torno a los sacramentos o se mirara a las
imágenes de Cristo, Nuestra Señora y también de los ángeles y santos que
constituían todo el mundo sobrenatural.
Pero al igual que la teología se perdió
en la discusión sutil, vacía de contenido y experiencia espiritual, también el
arte se fue agotando en un mundo de símbolos cada vez más artificiales, como lo
muestran los diversos bestiarios. Es la cosificación y mecanización de la fe lo
que, probablemente, llevó a los artistas a alejarse de la tutela del clero y
buscar su inspiración en el mundo clásico greco-romano, y la naturaleza, que a
su modo, también es el templo que recoge, analógicamente, el mundo todo creado
por Dios.
martes, 21 de julio de 2020
¿ES EL «MITO DE GALILEO» EL PROTOTIPO DE LA RELACIÓN TEOLOGÍA–CIENCIAS?
0. Con el «mito de Galileo» nos estamos refiriendo a la imagen formada
alrededor de este autor como “mártir de la ciencia”, “paladín de la libertad
del pensamiento frente al autoritarismo de la Iglesia”, “padre de la ciencia
moderna”, etc. Frente a esa imagen de Galileo aparece la Iglesia católica como
un poder fanático y exterior a la ciencia, opuesto al progreso y al
conocimiento humano. Todavía Bertrand Russell afirmaba en su obra La perspectiva científica, que allí
donde la Iglesia ejerce poder, como en Irlanda y en Boston, “sigue prohibiendo toda literatura que
contenga nuevas ideas”[1].
En la visión ofrecida por este mito, la teología aparece como un
conocimiento ajeno, pero con la pretensión de ser el tribunal ante el que la
actividad científica debe rendir cuentas y con poder para decidir acerca de lo
que es admisible o no en la ciencia. En esa imagen intelectual la relación
entre las ciencias que se van constituyendo y la teología no puede verse de
otro modo que de confrontación o conflicto por la resistencia de las ciencias a
someterse a una autoridad ajena a ellas. Conflicto en el que, por lo demás, la
teología lleva la peor parte, toda vez que la ciencia trata de edificarse sobre
la evidencia de aquello que las cosas son y la teología en la fe puesta en unos
escritos que se creen de inspiración divina.
Pero eso es la imagen que ofrece el mito construido en torno a un caso
que, por otro lado, ha sido único en la historia de las relaciones entre la
actividad científica y la labor de los teólogos. Un caso único y aleccionador
para la Iglesia a la hora de pronunciarse sobre las afirmaciones posteriores
acerca de la naturaleza.
Sin embargo, el que un solo caso
de una sentencia de un tribunal eclesiástico de lugar a la formación de un mito
que viene a expresar atemporalmente el conflicto entre ciencia y religión (o
entre la libertad y la autoridad) plantea ciertas preguntas cuya reflexión
ayuda a comprender no solamente la naturaleza de ambas actividades (la
científica y la teológica), sino también el carácter de sus relaciones. Entre las
cuestiones que se podrían plantear, me limitaré solamente a una por su posible
contribución a precisar las relaciones entre ciencia y teología:
- En
el caso Galileo, ¿se trata de un conflicto entre ciencia y teología o la
expresión del conflicto interno a un determinado orden intelectual que acaba?
1. El caso
Galileo como conflicto interno a determinado orden intelectual.
Si algo mostró el cristianismo tras la caída del Imperio Romano fue su
capacidad para ordenar y cohesionar espiritualmente el mundo europeo. Esa
capacidad se materializó política, social y culturalmente en los siglos XII,
XIII y XIV en la formación de eso que se llamó la Cristiandad, que se ordenó
inspirada particularmente con los pensamientos expresados por San Agustín en su
obra La Ciudad de Dios. En el orden temporal aparecía como cabeza suprema el
Emperador que marcaba como finalidad política a las monarquías la paz necesaria
para que las almas lograran la salud eterna. En el orden espiritual, el Papá,
representante de Cristo en la Tierra, detentaba la máxima autoridad, a la que
debía someterse el emperador. En la Monarquía de Dante puede verse ese orden y
como en el siglo XIV ya se plantea la autonomía de esa esfera temporal.
En ese contexto social y político, la Universidad, nacida alrededor de la
montaña de santa Genoveva de París hacia el año 1200, organiza el saber del
modo como los gremios organizan el trabajo artesanal en las crecientes ciudades
de la época. La propia definición de la universidad como “comunidad de
maestros y discípulos” describe ese modo gremial de entender la
universidad.
Esa corporación académica tiene por misión la elaboración de un trabajo
intelectual en el campo de la teología y de las artes a partir de los
materiales recibidos de la antigüedad y puestos al servicio de la Escritura y la
salvación eterna del hombre. Un trabajo que no por ser intelectual deja de
seguir el esquema de organización de los gremios, con su jerarquía profesional,
control del trabajo de sus escolares, los géneros didácticos que deben
utilizarse, la práctica docente, etc. Toda esta regulación produce unas obras
filosóficas y teológicas monótonas y pesadas, sí, pero también minuciosas en
los análisis de todas las alternativas posibles a los problemas planteados y
precisas en sus soluciones finales.
Además de la Biblia en la versión latina de la Vulgata, los materiales de
estudio que se utilizan son de los primeros escritores cristianos, ocupando un
lugar destacado san Agustín, la antología de sentencias recogida por Pedro
Lombardo, Dionisio de Areopagita y, andando el tiempo, Aristóteles en su
versión latina y vía los musulmanes. Todos estos autores son las autoridades
que proporcionan el material original sobre el que se monta los comentarios,
las cuestiones, las disputationes y hasta las grandes Summas.
En este contexto cultural el teólogo es el sabio por antonomasia y el
encargado de supervisar los saberes de las otras áreas de la actividad humana.
Todo esto produjo una cultura ordenada y libresca cada vez más alejada de
los trabajos y avances que se daban en las ciudades de la cristiandad. Esos
desajustes se van haciendo cada vez más patentes en el siglo XV. Ya en los
libros del Idiota[2],
de Nicolás de Cusa, se hace entrar un nuevo personaje central en el ámbito
cultural: el idiota o el ignorante, como traducen algunos. Con el idiota se
nombra a aquellas personas que dentro del orden intelectual creado en la edad
media no son ni monjes, ni clero, ni espirituales, sino cristianos simplemente
comprometidos con las realidades mundanas. Frente al concepto de litteratus.,
reservado al clero, el idiota viene a ser el ilitteratus, el iletrado el laico.
En el diálogo De mente de este libro, este nuevo personaje dialoga con la sabiduría y muestra otra forma diferente de entender la ciencia. El idiota, privado de toda autoridad intelectual y privado de cualquier título está, precisamente a causa de esa misma ignorancia en disposición de adquirir conocimientos inéditos, pues la ignorancia es el principio de la sabiduría. En cambio, el orador, el teólogo, creyéndose sabio, pierde toda su sabiduría. Tampoco el filósofo, con su seriedad, su palidez, siempre relacionado con los libros y otros filósofos, tampoco consigue embragar con las inquietudes de su tiempo. El idiota, en cambio, es iletrado respecto a los libros escritos por los hombres, pero no respecto al libro escrito por el dedo de Dios, que es la naturaleza.
Además el idiota es un artesano que fabrica cucharas y es en esa
actividad perseverante, recogida en el taller subterráneo, amigo de las formas
geométricas, como va aumentando sus conocimientos. Y como cristiano que es,
alcanza frecuentemente por la fe mayor claridad y libertad sobre su vida que
los filósofos con sus razones.
Esa nueva corriente intelectual manifestada en el idiota es la que se va
manifestando a lo largo del Renacimiento y que ya plenamente consciente de sí
en Galileo busca su propio estatuto y autonomía. En Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias,
Galileo, por boca de Salviati, empieza diciendo en la Jornada I: “Pienso que la frecuente actividad en vuestro
famoso arsenal, Señores Venecianos, ofrece un gran campo para filosofar a los
intelectos que especulan, especialmente, en aquella parte que se denomina mecánica, en donde se
construyen continuamente todo tipo de instrumentos y de máquinas por medio de
un gran número de artesanos, algunos de los cuales han de ser entendidos y con
un talento muy agudizado debido tanto a las observaciones que sus predecesores
hayan hecho como a lo que van descubriendo ellos mismos sin interrupción”.
Galileo encarna esa figura del idiota de Nicolás de Cusa, con todo su
potencial de futuro para entender al mundo.
2. Pasando ahora, aunque sea bruscamente, a la pregunta inicial, no creo
que Galileo sea el prototipo de la relación teología - ciencias, pues
más que expresar una oposición entre ambas, expresa el conflicto, el drama interior
a una cultura, cimentada sobre la fe en un Dios Trinitario, y que no consigue
integrar a un hijo engendrado por su propio dinamismo. Ese drama cultural es al
mismo tiempo el conflicto íntimo de aquellos que viven esa cultura.
Tal vez era necesario ese alejamiento para descubrir los campos propios
de ambas ocupaciones y sus límites. Hoy las ciencias empíricas son conscientes
de su poder para ampliar sus conocimientos e incidir en la sociedad, pero
también saben que sus métodos no pueden proporelativismorcionar la sabiduría necesaria
para que esos conocimientos sean para bien del hombre, como señalaba B. Russell
en esa misma obra “La perspectiva científica”. La teología puede contribuir a
esa sabiduría que complemente la ciencia. Una relación de diálogo puede
contribuir a una vida más humana y más
cristiana.
Hoy el peligro ya no está en la actitud dogmática de la Iglesia o los
teólogos, sino justamente en lo contrario, en el dogmatismo que impera en eso
que se llama el cientifismo y que tiene poco de científico y menos de apertura
a las nuevas realidades humanas… y el descuido y relativismo en el campo de la fe
cristiana.
[1] Russell, Bertrand: La
perspectiva científica, pg 28. Barcelona, 1969
[2] Obra escrita por Nicolás de Cusa escrita en 1450 y que incluye cuatro diálogos, en los que el protagonista es el Idiota o ignorante.