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domingo, 21 de junio de 2020

EL PAPEL DEL PROFESOR EN LA CLASE DE FILOSOFÍA


Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.
Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
Ay! ‑‑pensé‑‑Cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: "Levántate y anda"
G. A. Becker

¿Cuál es el papel del profesor en la clase de filosofía?.
Fue una pregunta que me plantearon hace ya bastante tiempo, cuando era un profesor en activo de Bachillerato. Una pregunta que como yo ya me la había hecho a mí mismo muchas veces, encontré que, sin tener una respuesta cerrada, podía fácilmente responder hasta donde había llegado hasta entonces mi reflexión.
Se trata de una pregunta, así la entendí, nacida de la docencia de la filosofía a jóvenes de nuestros centros, por aquel entonces, de bachillerato. 
En esa labor, entre las paredes del aula, el profesor y los alumnos crean unas veces una extraña y motivadora atmósfera y, otras, asisten a una tediosa y aburrida representación. Este vaivén anárquico de éxitos y decepciones en labor docente manifiestan hasta que punto enseñar es un arte, cuyos secretos nos gustaría penetrar para así poder ofrecer a los alumnos, en cada clase, el encanto del saber. Nadie más riguroso  con el profesor  que él mismo, cuando sus clases no han podido captar la atención de los alumnos.
Por eso, probablemente, sea esta una pregunta que todo profesor consciente de su labor  se ha planteado alguna vez de un modo u otro. El hecho de  que se  formule con más frecuencia  entre los profesores de  filosofía,  y, de forma  particular, por quienes intentan con sus clases promover  activamente en  sus alumnos una actitud reflexiva, se debe, al menos en parte, a la naturaleza de la materia que profesan y al  ambiente poco propicio en que se desenvuelve su trabajo. Hoy la enseñanza se ejerce en un contexto de positivación niveladora del saber, lo cual ha devenido en utilidad social y, más estrictamente, profesional.  En  tal contexto,  la Filosofía aparece como una  actividad difícil de clasificar. De ahí a declararla "inútil" o algo que uno puede hacer "por libre" no hay más que un paso. Tal vez sea esta una de las razones que sobrecargan  al  profesor de  filosofía  con la penosa  tarea de  tener que justificar su labor y descubrir su papel en la clase.
Cuando la pretensión es hacer que la clase de Filosofía se desenvuelva en una atmósfera de diálogo, la pregunta puede plantearse en dos ámbitos de amplitud distinta. Uno, más restringido, referido al papel del profesor como árbitro de ese diálogo, y otro más lato, referido al contexto escolar en el que esa pretensión de diálogo se desenvuelve.
En el primer caso nos situaríamos en una perspectiva más técnica: el profesor como árbitro en el diálogo de  clase, creador de situaciones de reflexión, interrogador hábil, etc. En el segundo, la pregunta sería pensada en el contexto que da sentido a todas esas funciones que el diálogo parece exigir al profesor.
Pero ya nos situemos en un ámbito  u otro,  la pregunta me parece en cualquier caso sorprendente, justificada y fundamental.

Una pregunta sorprendente, pues parece que su respuesta debería ser obvia. Para los profesores de otras materias apenas hay espacio mental para la pregunta. Al menos inicialmente, los papeles del alumno y del profesor son claros: yo tengo unos conocimientos, socialmente reconocidos, que vosotros no tenéis; mi misión es transmitiros lo más eficazmente posible esos conocimientos, y la vuestra, aprenderlos. También esto se puede hacer en filosofía. Ciertamente hay un saber filosófico resultado de una historia del pensamiento, y con él, un programa posible de contenidos para la clase de filosofía. Sin embargo, si una respuesta así no satisface a la pregunta, se debe a que el horizonte educativo desde el que ésta se plantea es otro.
En una clase con pretensiones de ser una clase dialogada podría parecer que el papel del profesor consiste en ser un interrogador hábil, animador del grupo, etc. Por necesarias que puedan ser esas “técnicas”, ellas no dejarían de constituir el aspecto exterior o instrumental del diálogo. Aunque útil, podría reducir el diálogo a mera técnica de dinámica o terapia de grupos (esto último muy alejado de un objetivo verdaderamente filosófico).
Si la pregunta no puede quedar enteramente respondida por esta vía se debe, creo, a que no solamente expresa una interrogación, sino también una exigencia. Una  exigencia intelectual y moral.
La exigencia intelectual viene dada por lo que decía el Dr. Limpan cuando afirmaba que los  alumnos "quieren aprender, pero también quieren que lo que aprenden tenga sentido"[1]. Pero esto  sólo  es  posible en la medida  que las  experiencias y conocimientos escolares son referidos  a  un todo  que  les dé unidad. ¿Qué todo?  El de sus propias vidas. Cuando examino mis recuerdos escolares,  encuentro que queda una mínima parte de la materia de la enseñanza recibida. De los profesores sólo recuerdo aquellos momentos  en que, dejando de serlo, me ofrecieron una frase o un ejemplo significativo  para mí. En  esos momentos dejaron  de  enseñarme cosas supuestamente útiles o importantes para la vida para situarme en la vida misma, en diálogo conmigo mismo.  Fue entonces cuando los tuve por maestros,  pues, tal vez sin darse cuenta, despejaron las dificultades que me impedían ver la relación entre las diferentes experiencias de mi vida y su conexión con lo que se me mostraba en las clases.
Cuando se enuncia que el objetivo básico de la clase de Filosofía es lograr que los alumnos piensen por sí mismos mediante una educación  en  la reflexión y la racionalidad, se está pidiendo recobrar aquel coloquio entre maestro y discípulo cuyo objetivo es lo que los clásicos perseguían con las humanioras litterae, las letras que hacen más hombre.  Creo que hoy se sigue sintiendo la exigencia de una cultura  general que, respetando la diversidad de valores, consiga asegurar  la  necesaria unidad intelectual del hombre.
Esta exigencia intelectual lleva implícita una exigencia moral. Solamente un profesor sensible a las inquietudes de sus alumnos y que ame las ideas puede poner a la clase en situación de diálogo. Porque lo que sostiene  el diálogo, el fluir del pensamiento en común, es la forma de  proceder. Cuando esa forma falta, el diálogo se torna debate, y las ideas,  armas arrojadizas con las que intentar dominar al contrario. Esa honradez en  la forma de proceder  supone  una metanoia:  la  exigencia  de  cambiar una inteligencia que posee la verdad por una inteligencia poseída por la verdad y, por tanto, abierta a ella.

La  pregunta  está  justificada.  Saber las exigencias de un programa no significa necesariamente  estar en  ellas.  Entre el punto de partida y la meta entrevista hay todo un camino que debe ser  recorrido, y  que  sólo recorriéndolo nos manifiesta  su realidad.  Es entonces cuando,  además de  saber esas exigencias, las entendemos.
La práctica del diálogo no sólo obliga a los alumnos a poner a la vista las consecuencias e implicaciones de  sus pensamientos, lo  que significa,  con frecuencia  corregirlos,  sino también al profesor.  No se  trata de  un  juego en  el  que el  profesor se reserva las "soluciones"  de  los  problemas  para  darles  a los alumnos la oportunidad de sentir la satisfacción  de encontrarlas por sí  mismos. Eso haría de la clase  no una  comunidad de investigación,  sino un artificio del que pronto se darían cuenta los alumnos y perderían todo interés. Tampoco es el profesor un mero árbitro que conoce las reglas del juego y sanciona a aquellos que no las respetan. Ciertamente vela por la forma de proceder en el diálogo y evita que su intervención prejuzgue el  resultado; pero también hace posible el diálogo interrogando  y animando.  Esto significa participar en  el juego. En  esta  participación  se  ponen de manifiesto   sus limitaciones, tanto de  conocimiento  como personales. Esto resulta muy estimulante para el profesor que ve que en sus  clases puede aprender y superarse a    mismo. Pero, ciertamente, crea un espacio de inseguridad que lleva a plantarse y revisar su  papel  en  el  grupo.  La  clase  se  transforma en aventura,  y no paseo por lo ya repetido.  En tanto que aventura, cada situación pone a prueba lo que creemos ya sabido y dominado.
La pregunta está, además, justificada por otra razón. En nuestros centros de bachillerato se ha compartimentalizado tanto la función docente  que  se  confunde  la  división del trabajo intelectual con una división de la inteligencia misma. Cada profesor permanece en el  rincón de su especialidad sin apenas saber qué  hacen los otros ni qué función desempeñan dentro del conjunto escolar.  Desde ese rincón, la meta que  se persigue ha quedado muy ensombrecida, y sólo se sabe, eso sí, que hay que ir derecho y eficazmente hacia ella.
En esa situación se  da la curiosa ley de  que cuanto  más oscuro es el horizonte educativo que rodea al profesor más claro resulta su papel. En el caso de que no alcance  los resultados  deseados con su enseñanza, siendo que ha puesto los medios  adecuados y posee   competencia en la materia, siempre le cabe tranquilizarse diciendo aquello que respondió Oscar Wilde después del estreno de una obra suya que no gustó en  absoluto:  "la obra ha sido un gran éxito; pero el público, un fracaso".
Y  así,  rodeado y abrumado el alumno por tantos saberes, tan ciertos y verdaderos,  acaba no sabiendo qué sabe ni qué busca. Y la escuela,  de ser un bien,  se transforma con frecuencia en un problema para profesores, alumnos y padres.

La pregunta es fundamental. La relación alumno-profesor es el centro de toda enseñanza.  En ella el profesor toma conciencia de sí y tiene que habérselas con la  esencia misma de  su misión. Se trata de  una relación personal y concreta para la que no hay fórmulas didácticas universales,  por verdaderas y necesarias que éstas sean. Olvidar esto puede llevar a transformar el aula en un taller de trabajo a destajo o de  adoctrinamiento, pero donde se impide que los individuos descubran aquella verdad personal que les hará más personas.
Pero no se trata de una relación personal como cualquier otra. Se trata de una relación mediatizada por el conocimiento. A través del saber y la información es como se va formando la  persona del alumno.  Sin embargo, sería abusivo e injustificado reducir este saber y esta  información a lo  fáctico.  Del mismo  modo  que un montón  de  ladrillos  no  hacen  una  pared,  ni  un montón de conocimientos, una  ciencia,   tampoco  un  montón de  enseñanzas (disciplinas) proporcionan una educación. Lo que hace de todo eso una pared, o una ciencia, o una educación es la forma en que todo eso está dispuesto.  Veo,  a veces,  a los alumnos como un cuarto vacío al que los diversos profesores arrojan  libros  por sus ventanas; son materiales necesarios para que hagan su biblioteca; pero no suficientes, pues lo que hará de todo eso una biblioteca útil y manejable es el que estén dispuestos y ordenados según ciertos criterios.
Hay dos grandes tipos de filósofos: los que lo saben todo, como Aristóteles o Hegel, y los que no saben nada, como Sócrates o San Agustín. De los unos y de los  otros participamos, según los momentos. En las clases de filosofía dialogadas se sigue más a los segundos. Esto proporciona la posibilidad de ensanchar el espacio mental hasta coincidir o tocar el espacio vital.  Este camino tiene la ventaja de representar  para muchos alumnos una efebía de la razón, el descubrimiento de la reflexión como el lugar en el que se van elaborando  sus propios criterios. De este modo, el pensamiento adquiere su dimensión moral al acercar la racionalidad a la  vida. Sorprende la frecuencia con que personas de gran eficacia racional en su trabajo técnico son absolutamente primitivas en sus relaciones familiares  o en temas que no son de su especialidad.
Posiblemente nada pueda enseñar el maestro, si el alumno no llega a esa consideración interior que le permite  entender lo hablado. Eso nos dice San Agustín en  su obra "Del  Maestro",capítulo XIV: "Mas se engañan los  hombres en llamar maestros  a los que  no lo son,  porque,  la mayoría de las veces no  media ningún intervalo entre el tiempo de  la locución y el tiempo del conocimiento; y porque, advertidos por la palabra del  profesor, aprenden pronto interiormente, piensan haber sido  instruidos  por la palabra exterior del que enseña".  Tal vez sea así. Pero también sabemos que sin la  palabra temporal  del  maestro, que actúa como un catalizador, no se despertaría ese maestro interior permanente.
¿Cuál  es  el  papel del profesor?  Hay preguntas que  se hacen y otras en las que se está. Las primeras muestran su enjundia en la respuesta; las segundas muestran su fecundidad al pensarlas. Esta pertenece a las segundas. 


[1] Matthew. Lipman. Filosofia a l’escola, pg 29.Barcelona 1991.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

PENSAR: UNA PRIMERA APROXIMACIÓN

La filosofía va asociada al pensamiento. Pero si nos preguntan “qué es pensar”, puede que nos desconcertemos y encontremos dificultades para responder con precisión a tan insólita pregunta. Por otro lado, todo el mundo parece saber eso, por lo que no es necesario pararse demasiado en esa cuestión. Sin embargo, son muchas las ocasiones las que nos solicitan “pararse a pensar”, de modo que la consideración de esa actividad, aunque solamente sea de vez en cuando, puede ayudarnos a esclarecer un poco el carácter de esa “parada”.
El Manuel García Morente (1886 – 1942), magistral exponiendo
filosofía, abordó este tema en un articulito publicado en el número 114 de la Revista de Pedagogía (1931) y recogido en su obra “Escritos pedagógicos” (Madrid, 1975). Y tomó como apoyo para su reflexión y exposición el modo en que algunos artistas, escultores, han tratado de plasmar la actividad del pensamiento. Son el Pensador, de Rodin, el Pensieroso, de Miguel Ángel y el Doncel de Sigüenza, obra anónima atribuida al maestro Sebastián de Toledo.


El Pensador de Rodin, musculoso, concentrado, en tensión, con todas las energías canalizadas hacia la frente, nos muestra a alguien en pleno esfuerzo mental. Piensa en algo, indudablemente, pero aunque no podamos saber en qué exactamente, sí sabemos en qué no piensa. Su meditabunda postura y recogimiento nos indica que se halla ante un problema. Está preocupado, esperando el momento en que, por fin, encuentre la solución y pueda actuar. No está pensando en temas alejados de la vida inmediata, como las propiedades del triángulo o la providencia divina. Inquiere la solución de un problema que la vida le ha planteado.
Asocia García Morente el Pensador de Rodin con la que él llama inteligencia práctica o activa, con la inteligencia como capacidad para la resolución de problemas, capacidad común a los hombres y animales. Por supuesto, esa capacidad es infinitamente superior en el hombre, pero se trata de una diferencia de grado, no cualitativa. No hay una diferencia esencial entre el chimpancé que resuelve como conseguir un plátano fuera de la jaula sirviéndose de un palo y los inventos de Edison. Bueno, eso decía García Morente.
Y consideraba que el pensamiento es otra cosa. En qué consista esa otra cosa lo intenta aclarar a partir de esas otras dos esculturas que bien pueden representar eso que genéricamente llamamos pensamiento.
Vayamos, pues, al Pensieroso de Miguel Ángel. Esta soberbia escultura representa a Lorenzo de Médicis en una actitud relajada, sentado, cómodamente descansando, con la mirada vaga, un poco perdida. ¿En qué piensa? Pues no sabemos bien en qué, pues por su mirada no parece que su pensamiento esté ocupado en ningún objeto interno o externo; tampoco en ningún problema acuciante o inminente. Su mirar laxo parece más bien indicar que su pensamiento parece abandonado a las imágenes que espontáneamente van apareciendo en su mente. Como dice García Morente, “por ella van sucediéndose en encantador tropel los recuerdos, las ilusiones, los deseos, los amores, las penas, toda la fauna brillante de la selva del alma”.
En definitiva, es esa actitud de ensimismamiento en la que cuando nos preguntan que en qué pensamos, solemos responder que “en nada”, pues hay de todo y nada en concreto. Se trata de una figura que bien puede representar al pensativo, al meditabundo, la ensoñación, pero en ningún caso al pensador.
Si la tensión y concentración de la escultura de Rodin puede representar el pensamiento activo que antecede a la acción, el Pensieroso es el pensamiento descansando de la acción.
Y entonces, ¿qué es el pensamiento? ¿Cómo simbolizarlo plásticamente?. García Morente empezará por decirnos a lo que más se parece eso que llamamos pensamiento. Y considera él que a lo que más se parece el pensamiento es a eso que llamamos ver o, mejor aún, mirar, que es un ver con voluntad, voluntad de ver. ¿Ver, qué? Ver aquello en qué realmente consiste lo mirado. En definitiva, contemplación o lo que los griegos llamaban teoría.
Así considerado el pensamiento, podemos definirlo como intuición de las esencias. La inteligencia, los métodos, la atención, etc. serán instrumentos utilísimos para lograr esa intuición, pero no son ella.
Y siendo el pensamiento un ver, éste se constituye necesariamente en el diálogo. Pues tanto si se trata de ver una cosa visible para los ojos de la cara, como un árbol, o no visible para esos ojos, como la justicia, cada uno puede ver aspectos de esa cosa que se le escapan al otro. En el intercambio de lo visto, la visión va agudizándose y enriqueciendo.
Y, añadimos, en el diálogo la distancia entre el parecer y el ser se va acortando, pues el que algo no sea lo que parece solamente indica que nuestra visión no era suficientemente precisa. Si algo en todos sus pormenores pareciera oro, sería entonces oro.
En el diálogo el pensamiento se modula, se enriquece y se construye. En ese diálogo el árbitro, la norma, es la referencia al objeto. Y eso marca el ritmo del pensamiento: “lo esencial del pensamiento consistirá en ver si los pensamientos son o no efectivamente del objeto (son o no verdaderos)”.
Este carácter dialogante del pensamiento es lo que marca su diferencia con la inteligencia y la ensoñación. La ensoñación es necesariamente monólogo y solamente se puede dar aislado o aislándose. A la que alguien entra en contacto con nosotros, el vagabundeo mental se retira. La inteligencia también funciona en monólogo. Ella está centrada en el yo que se ha planteado un problema; ese es su punto de referencia. Ciertamente los otros pueden ayudarme a encontrar la solución a ese problema, pero su presencia o participación aparecen siempre como algo externo a ese yo. A la inteligencia pueden venirle muy bien las ayudas, pueden serle imprescindibles, pero ella es esencialmente monológica.
El pensamiento, sin embargo, no se enfrenta a un problema ni a nada que necesite ser resuelto. Simplemente contempla algo para que hable, para que diga algo de sí. De ahí la íntima unión del pensamiento con el habla. No podemos pensar sin palabras. Y es a través del entramado de las palabras que nos intercambiamos como las cosas van desenvolviendo su panorámica riqueza. Por eso el pensamiento es dialógico. Hasta cuando se hace en soledad, pensar es un diálogo interior, como dijo Platón.
Pensar no es ni esfuerzo ni descanso relajado. Es diálogo.
Lo que el pensamiento es está, parece ser, mejor representado por esa estatua yacente del Doncel de Sigüenza, Don Martín Vázquez de Arce, muerto a los 25 años por las espadas moras en la guerra de Granada, en 1486. Se trata de un cruzado (así lo indican las piernas cruzadas) tendido sobre su propia tumba, con un libro abierto en las manos, una biblia o tal vez un libro de las horas. Pero no duerme ni reposa, sencillamente piensa. Todo en esta figura es diálogo: el detalle del libro que lo pone en comunicación con todos los pensamientos que hay en él, la cabeza levantada, apartada de la lectura, los ojos entornados y la leve y enigmática sonrisa nos indican su meditación sobre el misterio de la muerte, meditación serena de quien sabe que ha muerto por defender su fe. Por eso sobre la horizontal de un cuerpo yacente, el se eleva serenamente en la esperanza de la resurrección.
En ese gesto de pensamiento, el Doncel está en comunicación con el mundo todo y con otros espíritus afines, asistiendo al espectáculo de las cosas ya sin otro ánimo que el de conocerlas. Por eso, y sin pretenderlo, puede esta escultura ser una mejor representación de eso que llamamos pensar.