La festividad de Pentecostés es la culminación de la Pascua, la celebración de la resurrección de Cristo. Es la fiesta que muestra la realidad del Espíritu Santo, ese que ofrece como regalo, como don, disposiciones permanentes en el hombre para seguir los impulsos inspirados por el Espíritu de Dios. He aquí esos dones que se dieron plenamente en Cristo y que hace a los cristianos que los reciben dóciles a la inspiración divina.
Son siete: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.
Así los anunciaba el profeta Isaías.
"Saldrá un retoño del tronco de Isaí, y de sus raíces brotará un renuevo. Descansará sobre él el Espíritu de Yahvé; espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y temor de Yahvé. Y su deleite será en el temor de Yahvé; no juzgará según lo que ven los ojos, ni fallará según lo que oyen los oídos, sino que juzgará a los pobres con justicia, y fallará con rectitud en favor de los humildes de la tierra... La justicia será el cinturón de sus lomos".(Isaías 11:1–5)
No se trata de virtudes adquiridas por el esfuerzo humano, sino inspiraciones de lo alto cuya naturaleza le es difícil de describir incluso por aquel que ha recibido ese don.
"El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido de Espíritu". (Jn3,8)
Lo que mueve al hombre ya no es el deseo de adquirir una determinada virtud, sino de abrirse, disponerse para dejarse empujar por esa fuerza que no proviene de él. Para nuestra mentalidad resulta difícil admitir que además de nuestras fuentes de conocimiento ordinarias (los sentidos y la razón) existe también la revelación.
Creo haber leído que Monseñor Munilla, obispo de Orihuela, se servía de una comparación para entender la diferencia entre los dones del Espíritu y el trabajo para adquirir ciertas virtudes. Era la diferencia entre navegar remando y navegar a vela. Me pareció muy sugerente.
El remero ha de estar fuerte, entrenarse para adquirir resistencia, tener disciplina, etc. Sabe que el avance de la barca depende de su fuerza. Todo ello muy meritorio. Pero quien navega a vela sabe que la fuerza no le viene de él, sino del viento. Debe estar muy atento para ver de dónde sopla, adaptarse a él, atender a lo que su dirección e intensidad pide que haga. Y pide para que le sea propicio. Eso le exige recogimiento, concentración que pone orden a la imaginación y los automatismos intelectuales que nos hacen que nuestra mente esté ocupada pasando continuamente de una cosa a otra. Una actitud de escucha, y eso exige silencio, con la mente volcada voluntariamente y en paz hacia aquello que le proporciona la fuerza a la nave.
Pentecostés es un día para enfocarse en ese don del Espíritu que se prometió a los apóstoles y sigue sosteniendo a la Iglesia que a partir de Él se formó.
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