El humanismo fue
el movimiento intelectual que sustituyó a los clérigos en la dirección
espiritual de la Cristiandad. Sus representantes eran laicos eruditos cuyas
ideas ya no se inspiraban solamente en la teología que se impartía en las universidades, sino también en los clásicos
griegos y romanos. Sus pensamientos ya no estaban exclusivamente orientados en
llevar al hombre a Dios, sino en justificar la construcción de un mundo a
medida del hombre.
Dicho de otro modo: el humanismo era expresión del nuevo espíritu que asomaba en el horizonte cultural de la Cristiandad. La siembra de sus ideas pretendían un mayor desarrollo del hombre y una mayor armonía en la sociedad.
La Cristiandad era
ese espacio en el que tras la labor de los monasterios, las sedes episcopales, las
universidades y conventos habían logrado que los hombres vieran, en ese espacio, como lo más
natural del mundo ser cristiano. Creo que esa unidad espiritual dio la
seguridad necesaria para que prosperaran las ciudades por el trabajo de los
hombres y el comercio. Los teólogos eran los sabios que tenían la última
palabra sobre los problemas que enfrentaban a los hombres. Y también los que
daban fundamento a la forma de organizarse la ciudad.
Santo Tomás de
Aquino puede figurar como el máximo exponente de ese saber teológico que
orientaba la vida de los hombres. En su obra parecían resueltas todas las
preguntas que el hombre se hacía sobre su destino sobrenatural.
Pero los intereses
de los hombres que decidían en ese ámbito habían cambiado. Esa misma properidad que facilitaron las instituciones religiosas hicieron posible la aparición de la burguesía, una clase social rica e influyente que se movía en los problemas de este mundo. Esa clase representa el paso al primer plano de la voluntad, inclinada a hacer y a afirmarse así misma.
Ahora se valora la libertad, la razón, como instrumento para lograr lo que se desea, y la experiencia propia. Todo eso hace que la autoridad religiosa tradicional aparezca como algo que oprime la voluntad humana, que la limita en sus aspiraciones. La afirmación de la libertad humana hace que se traduzca en los reyes, príncipes y nobles de la Cristiandad en oposición a Roma.
Las ideas de Martín Lutero en
Alemania o Juan Calvino en Suiza, por ejemplo, cuestionaban la autoridad del
Papado y preconizaban una vuelta a las fuentes bíblicas como fundamento de la
fe y luz que inspirara las prácticas religiosas de las comunidades cristianas. No les fue difícil dar credibilidad a sus ideas dada la distancia que en Papado y alto clero había entre lo que predicaban y lo que vivían. Además contaron con la
imprenta como instrumento que facilitó que estas ideas se extendieran
rápidamente por buena parte de la Cristiandad.
En este contexto
de fragmentación doctrinal del cristianismo, también en Inglaterra surge otra
ruptura respecto a la autoridad de Roma: bajo el reinado de Enrique VIII se
crea otra iglesia nacional, la iglesia Anglicana. Una nueva iglesia que no
solamente responde a los intereses personales del monarca, sino también al
deseo de autonomía y libertad de decisión frente a la tradición religiosa
establecida.
Así, el siglo XVI
se caracteriza por una fragmentación del mapa religioso de la Cristiandad,
donde la diversidad de creencias y la búsqueda de nuevas formas de organización
eclesiástica sustituyen a la unidad doctrinal que había caracterizado la Edad
Media.
Europa será esa
Cristiandad fragmentada. Y esos fragmentos reproducían, intensificados, los
defectos de aquella unidad originaria y que pretendían corregir. El dogmatismo
de las nuevas religiosidades conducían inevitablemente a las guerras de
religión que padeció Europa en los siglos XVI y XVII.
Tal vez la pretensión era “reformar” la Iglesia, mejorarla, pero lo logrado fueron “otras” iglesias con otras formas de entender la liturgia, los sacramentos, la vida religiosa y todo lo que configuraba la Iglesia que abandonaban.
Y esa es la paradoja: la voluntad, finita, afirmada a sí misma como la verdad, endiosada, no puede subsistir más que eliminando a las otras voluntades, asimismo finitas.