Pico della Mirandola en su Discurso
sobre la dignidad del hombre nos muestra sus reflexiones sobre sobre la
acción creadora de Dios y el lugar que ocupa el hombre dentro de esa magna
obra.
“Ya Dios, sumo Padre y
arquitecto, había fabricado, según las leyes de una arcana sabiduría, esta
mundana morada que vemos, templo augustísimo de la divinidad”.
El mundo, obra racional y
bella, es el templo en que mora la divinidad. Es en ese templo donde podemos
encontrar a Dios. Un templo que se asimilará al “libro de la Naturaleza, cuyos
caracteres son de tipo matemático, como entenderán los iniciadores de la
ciencia moderna. Un mundo ya no hecho exactamente de la nada, sino según unos
modelos o arquetipos racionales.
Tanto Moisés, hebreo, como
Platón en el Timeo, nos muestran que el maravilloso espectáculo de la naturaleza
requiere de un Hacedor, sea Padre o Demiurgo. Y todo ese conjunto maravilloso,
¿qué tendría si no hubiera una conciencia que apreciara esa belleza y sabiduría?
Esa conciencia tenía que aparecer
al final de la obra, una vez ejecutada la creación.
“Pero, acabada la obra, el
artífice echaba en falta a alguien que apreciara el plan de tan magna obra, que
amara su belleza, que admirara su grandeza”.
[Sed, opere consumato,
desiderabat artifex esse aliquem qui tanti operis rationem perpenderet,
pulchritudinem amaret, magnitudinem admiraretur.]
La condición para que algo
pueda ser apreciado es la libertad. No puede haber admiración cuando ésta viene
determinada por una necesidad natural. Libertad es no estar determinado frente
al bien…o el mal.
Dios necesitaba al hombre, un
ser libre y semejante a Él, para dar concluida su obra. Pero no puede ser igual a su Creador, pues,
aunque posee la capacidad de admirar y entender la gran obra de la creación, no
deja de ser creado. Dicho de otra manera: no puede dejar de ser objeto y
sujeto. Y en lo que tiene de objeto, de corpóreo, no puede dejar de tener
límites. Es otro, semejante al creador, pero no igual.
Ahora bien, este admirador y
contemplador de la magnífica obra de la creación no puede dejar de ser
admirado. Ciertamente muy superior a las otras criaturas, pero no digno de una
admiración sin límites. Y es por ese leve resquicio de separación entre
el Creador y la criatura, olvidando la distancia que los separa, por donde se
cuela la hybris, el orgullo o la desmesura que arruina al hombre.